un sevillano en texas

Macareno y bético

  • Fidelidad. Pese a toda una vida viviendo en EEUU, el articulista se define por su pertenencia a una hermandad y a un equipo de fútbol.

HOY, en vez de escribir sobre Texas, EEUU o de la televisión española voy a referirme, en vena orteguiana, a mí y a mis "circunstancias". El año que viene voy a cumplir noventa años. Desde la cúspide de mi larga vida, llena, como la de muchos, de éxitos y fracasos, diviso dos "circunstancias" que brillan con luz propia: la de ser macareno y la de ser bético. Ambas, directamente, por herencia paterna. ¡Virgen de la Esperanza Macarena! A mí me hizo hermano de la Macarena mi padre. Tenía yo trece o catorce años. Fue el año 1938, en plena guerra civil. Al incendiar los rojos la iglesia de San Gil, nuestra Virgen se refugió en la capilla de la antigua Universidad, en la calle Laraña, cortesía de la hermandad de los Estudiantes gesta que no podemos olvidar. Por entonces Sevilla rebosaba de gente. No solo eran los miles de militares de tres naciones que atestaban sus calles. Eran también los miles de refugiados, mayormente de Madrid y Barcelona que habían huido de la persecución roja. Fue entonces cuando comenzó la fama de nuestra Esperanza. La capilla de la Universidad, solitaria antes de la guerra estaba entonces llena día y noche. Porque al barrio de la Macarena, relativamente remoto, "había que ir". En 1938 para ver a la Esperanza Macarena no había que ir a ningún sitio: Estaba allí, a la mano en pleno centro.

En los años cuarenta fue elegido hermano mayor el glorioso don Francisco Bohórquez Vecina. Don Francisco transformó la hermandad. Bajo su mandato, pasó de ser una hermandad escuálida, de barrio, a una bien conocida en España y fuera de ella. Creó los cimientos de la potente organización de nuestros días y la fama y veneración de nuestra Virgen traspaso las fronteras. A don Francisco le serví en dos situaciones. Como fiscal primero en una junta de gobierno presidida por él y como alférez de complemento en la Auditoría de Guerra de la Segunda Región Militar en la que, como auditor, era mi jefe. También en los años cuarenta fue elegido mayordomo de la hermandad mi padre, Federico Cazorla Martínez. Mi padre se convirtió en el rain maker (literalmente hacedor de lluvias) de la hermandad. En los grandes bufetes norteamericanos llamamos los abogados rain maker al socio abogado cuya única misión es atraer clientes al bufete, es decir, dinero. Raramente pone los pies en el despacho. Se le encontrará en los campos de golf, codeándose con los potentados, los "ricos por su casa" y con los presidentes de multinacionales, a los que atraerá a fuerza de simpatía y a lo que antiguamente llamabamos "don de gentes". Mi padre tenía "don de gentes". Cuando la hermandad empezó a vender lotería de Navidad hubo un año en el que mi padre vendió un millón de pesetas. No las miserables pesetas de los años noventa, que hizo millonarios a tantos miles de españoles. En los años cuarenta la peseta era poderosa. Por una peseta se podía comprar un periódico, un café y un mazo de calentitos. Hoy la hermandad premia mis setenta y cinco años de hermano. Un premio inmerecido, porque para poder festejar tal efeméride lo que único que se necesita es buena salud y pagar los recibos. Más mérito tiene mi heroica hermana Antonia (Chica) que ha salido y posiblemente salga esta próxima madrugada de nazarena con más de ochenta años. Ella representa la casta de mi familia.

También mi beticismo me viene de mi padre. Mi padre fue tesorero del Betis en los años veinte, los años heroicos de su consolidación. Su presidente fue nada menos que Ignacio Sánchez Mejías, el famoso torero inmortalizado por Federico García Lorca (A las cinco de la tarde...). Conservo una foto de ambos juntos en el viejo campo de El Patronato. El Betis, aunque no en quiebra, no tenía un duro. Entre los papeles viejos de mi padre figuraba un recibo por 100 pesetas firmado por el vicepresidente. Mi padre había prestado veinte duros al club para que pudiera trasladarse a las Canarias en un partido de liga. Yo viví los años peores, cuando descendió al infierno de la tercera división. Recuerdo una tarde que llovía a mares. Un grupo fuimos en taxi a Utrera, donde, como de costumbre, perdió ante el equipo local. Tantas tristes tardes. Fue entonces cuando nació el Viva el Betis manque pierda. Yo creo que los béticos deberíamos usar como lema "Desdichado pero Fiel", una transposición del "Fiel pero Desdichado" en el escudo de armas de John Churchill, duque de Marlborough (antepasado de Winston Churchill) el famoso Mambrú cuyas aventuras bélicas (Mambrú se fue a la guerra/montado en un perra/Mambrú se fue a la guerra/Qué dolor qué pena, etcétera) cantaban la niñas en la plaza de San Lorenzo de mi niñez. Pero, pelillos a la mar... Qué importa donde esté el Betis, si en primera, segunda, o tercera. El Betis está donde tiene que estar, en Sevilla y en el corazón de miles de sevillanos. Como donde tiene que estar Sevilla, que fue lo que contestó Rafael el Gallo a su cuadrilla que, cansada, después de torear en La Coruña, quería dormir en la capital gallega y salir para Sevilla al día siguiente. El Gallo dijo que no, que "pa Sevilla ahora mismo". -Es que Sevilla esta mu lejo-, le repuso el mozo de espadas. El Gallo cortó la discusión: -Sevilla está donde tiene que estar". Como el Betis, pierda o gane. En Sevilla, siempre en Sevilla.

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