Perfil: El buen humor de un caballero filósofo
A Juan Antonio Rodríguez Tous (Sevilla, 1960) le gusta que le diga que su novela corta La Torre (Premio Ignacio Aldecoa) parece estar escrita por un Borges cachondo. No nos extraña en este digno hijo de la década de los 80 que hace del humor una manera de estar, de escribir y de pensar. La vacuna contra la pedantería se la debió poner hace mucho tiempo, quizás cuando era un niño y acudía a la huerta y fábrica de salazones que tenía su abuelo paterno en un solar de la actual calle Salado, donde los Maristas levantan hoy su colegio. "Mi abuelo era un sportman, un caballero que no trabajaba, pero que siempre estaba inventando cosas y haciendo deportes". De este abuelo debió heredar su altura y cierto donaire a la hora de colocarse la bufanda y la chaqueta de tweed con las que acude a la entrevista. Sin embargo, en la expresión que dibuja ante algunas preguntas se descubre, a veces, un rastro de amargura. Es obvio que tiene cicatrices, pero, quizás debido a su sentido del humor o quizás debido a la influencia de su abuelo gentleman, apenas las enseña. Es el pudor del filósofo, la discreción del caballero, la educación del buen humor. Cree que en Twitter no se puede hacer filosofía, porque esta disciplina, que comenzó cuando el ocio sustituyó al negocio en la Grecia de nuestros antepasados, necesita "tiempo y espacio". "El pensar y el vino necesitan eso, tiempo y espacio" repite el filósofo mientras pierde la vista en el cielo de la Alameda.
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