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Sevillanas de Di Stéfano

Calle rioja

Lazos de Alfredo Di Stéfano con Sevilla. La amistad con Quino, el regate de Enrique Magdaleno, ocho goles en la temporada 58-59. Ecos sevillanos de la Saeta Rubia.

Sevillanas de Di Stéfano
Francisco Correal

09 de julio 2014 - 05:03

HOY juega Argentina en el Mundial y mañana canta Andrés Calamaro en Sevilla, dentro de su gira Bohemio. En ambos acontecimientos estará presente la ausencia de un futbolista que era a la vez pánzer y bailarín. Ya se extendió con rigor y con afecto ayer el compañero Luis Carlos Peris sobre las relaciones de Alfredo Di Stéfano con el fútbol sevillano. Hoy son baja Di María y Di Stéfano. Demasiada ventaja para la naranja mecánica.

El tiempo del fútbol se me detuvo cuando estaba aprendiendo a andar. Todos los años repaso crónicas, marcadores y alineaciones de una de las joyas bibliográficas de mi librería. Tiene el nombre y apellidos de mi padre, arranca con dos páginas de publicidad de Ulloa Óptico y Molino Rojo, "la Sala Castiza de Madrid" y se titula Anuario del Fútbol Español. Temporada 1958-1959. Se iniciaba por tanto poco después de que Brasil ganara en Suecia el primero de sus cinco Mundiales. La única vez que un equipo americano lo hizo en Europa.

Era una temporada importante para los equipos sevillanos. El Betis regresaba quince años después a Primera División después de una larga travesía del desierto. Y el Sevilla inauguraba su remodelado estadio. Lo hizo oficialmente el 21 de septiembre de 1958 con el 2-4 frente al eterno rival. En la primera vuelta gobernaba en el Vaticano Pío XII y en la segunda Juan XXIII.

En las treinta jornadas de aquella Liga de 16 equipos que ganó el Barcelona el verdadero rey se llamó Alfredo Di Stéfano. La bestia negra de los equipos sevillanos. El Madrid le marcó a Sevilla y Betis un total de 18 goles. Ocho de ellos, dos al Betis, seis al Sevilla, llevaban la firma de Alfredo Di Stéfano. Más de un tercio de los 23 goles que le dieron el Pichichi como máximo goleador por encima de los 21 que marcaron su compañero Puskas y el blaugrana Evaristo. En esa década de los cincuenta, después del dominio de Zarra, el sevillista Juan Arza fue el único que se metió en el podio de goleadores (temporada 54-55) en un trofeo en el que mandaron Di Stéfano y Puskas.

Gracias, Vieja. Así tituló Aguilar, editorial con nombre de pelotero, la autobiografía que Di Stéfano realizó con la ayuda de dos carrileros de excepción, Alfredo Relaño y Enrique Ortego. El lector de Sabato encontrará en este libro un vaso comunicante con los atorrantes que aparecen en Sobre héroes y tumbas.

El primer futbolista español que aparece en estas apasionantes Memorias es Enrique Magdaleno. El futbolista que militó en el Burgos, Sevilla y Mallorca, nunca perteneció digamos a la élite del balompié nacional. Fue un delantero corajudo, racial, inverosímil, a quien Miguel Ángel León le hizo una insólita fotografía abroncado por la hinchada del Betis en un partido contra el Mallorca. Pero Di Stéfano lo menciona porque en un partido de veteranos del Madrid lo vio hacer una marianela.

El nombre de esa jugada no se debe a la obra de Benito Pérez Galdós, sino a que su primer ejecutor fue un lateral de Boca Juniors llamado Mario Evaristo. "Consiste en tocar la pelota hacia delante", relataba Di Stéfano, "la pasas con el cuerpo, y entonces cruzas las piernas y, con la derecha, la enganchás aquí, por ejemplo, y tiras ¡zas!, tiras para atrás y haces el centro". Magdaleno estará orgulloso. A veces me cruzaba con él en su época de sevillista, porque vivía en el mismo bloque de mi amigo Ignacio González, el colombiano que organizaba sesiones de ballenatos y martes santo.

Siempre asocio la figura de Alfredo Di Stéfano con la de Joaquín Sierra, nombre de pila del futbolista Quino. Peris contaba ayer el cruce del comienzo de Quino con el crepúsculo de un argentino a punto de cumplir los cuarenta años, la edad en la que según Gil de Biedma empieza la nostalgia. Quino y Gualberto eran dos de las figuras de los Salesianos de Triana. El Betis se llevó a buena parte de aquella hornada. La amistad de Quino con Di Stéfano se consolida en la temporada 71-72. "Quino venía del Betis y había amenazado con dejar el fútbol si no lo traspasaban al Valencia", contaba Di Stéfano en ese mismo libro. Dice que el futbolista, el primer rebelde del fútbol español, tuvo que poner medio millón de pesetas de su bolsillo porque el Betis pedía catorce millones y el Valencia no daba más de trece. Hay una presencia insólita de Di Stéfano en la vida de Quino. En 1992 se presentó en el Alcázar la antología poética de Juan Sierra, poeta del Mediodía y padre del futbolista trianero.

En una cuidada edición de La Veleta, editorial granadina, con prólogo de Jacobo Cortines, el libro se cierra con un bellísimo poema En un pueblecito de Milán. Pertenece a la obra Álamo y Cedro de este creador, antiguo empleado de la delegación de Hacienda, que vivía en el barrio de San Gonzalo. Conservo un ejemplar con dedicatoria de la viuda del poeta y madre del futbolista. Creo que Quino, en aquel acto del Alcázar, me contó que el poema alude a un viaje que hicieron juntos el futbolista, su padre biológico y Di Stéfano, en cierta forma su padre intelectual, de las emociones en el campo, de los tiempos en la forma. Quino colgó las botas en el Cádiz, al que subió a Primera en 1977. El estadio Carranza donde Di Stéfano hizo debutar al Buitre con dos goles a Andoni Cedrún.

Un viaje a Italia de un poeta y dos futbolistas. Una visita de Di Stéfano a la patria adoptiva de sus amigos Peiró, Luis Suárez y Luis del Sol, que aquella temporada 58-59 jugaba en el Betis y un año después fue cómplice del argentino y de Puskas en la final de Glasgow de 1960.

Marcelo Culasso, argentino, futbolero, tiene una tienda de marcos en la calle Feria y ha puesto un mapa político de España, de Seix-Barral. No hay una sola ciudad importante donde no haya un recuerdo de Di Stéfano. Un gol, una frase, una marianela. Siglo XX Cambalache.

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