Sevilla

"Aquello era una catarata de piedras"

  • Un sevillano superviviente del terremoto en Katmandú narra la experiencia vivida desde el primer seísmo hasta que fueron repatriados.

Nuria Fernández y Miguel Ángel Bracamonte llevaban tiempo planeando el viaje a Nepal. Esta pareja, que trabaja en Canal Sur, tienen a dos antiguos vecinos, Fernando Martínez y Rosario Medino, que se trasladaron allí por motivos laborales. Fernando Martínez trabaja en las obras que desarrolla la Constructora San José en el país asiático, donde su pareja está introduciendo la comida española. Nuria y Miguel Ángel aprovecharon la Feria para visitarles. El sábado 25 de abril los anfitriones del viaje estaban de descanso, por lo que organizaron una excursión a un pueblo cercano que horas más tarde quedó totalmente destruido.

Desayunaron y estaban preparando las mochilas cuando oyeron un ruido tan "espantoso" que el propio Bracamonte -al que los amigos conocen como Willy- confundió con "un trueno". "Nos encontrábamos en el séptimo piso de un edificio de 12 plantas. Al instante, las paredes estallaron, la vivienda oscilaba un metro de un lado a otro. El ruido del movimiento hacía imposible que nos escucháramos. Pensé que de allí no saldría vivo". Así relata este superviviente la angustiosa "eternidad" de los cuatro minutos que duró el primer seísmo.

Cuando se percataron de que los temblores eran "más suaves", bajaron a la calle. "En las escaleras los peldaños se nos venían encima. Aquello era una catarata de piedras", describe Bracamonte, quien sabía que en pocos minutos vendrían más réplicas. Por tal motivo, se refugiaron en el jardín de una casa cercana. Allí permanecieron casi siete horas, en las que cada 40 minutos sufrían un terremoto de entre 5,8 y 6,5 grados en la escala de Richter. "Había un pavo real que se ponía a gritar minutos antes de una sacudida. Era el aviso para ponernos a salvo", añade este sevillano.

De allí se trasladaron en unos coches de la Constructora San José al edificio que posee esta empresa sevillana junto al aeropuerto de Katmandú. "Es un centro de oficinas de una sola planta y con un gran espacio al aire libre, mucho más seguro que el hotel que nos ofrecía el Consulado", motivo por el cual, según Bracamonte, la Embajada Española montó allí el punto de encuentro, donde llegaron a reunirse un centenar de españoles para ser "repatriados".

En cuanto llegaron hicieron acopio de agua, gasoil y comida ante el peligro de que empezaran a escasear. "En Nepal sólo hay 12 horas de luz eléctrica, lo que obliga a que los edificios de las oficinas cuenten con generadores, como ocurre en el que estábamos", recuerda Bracamonte, que pasó dos noches durmiendo en el suelo y otras dos en una silla. El jueves llegaron a la base aérea de Torrejón de Ardoz. Concluía así una experiencia de difícil olvido.

Atrás quedaban cinco días de colas de cuatro kilómetros en el aeropuerto nepalí formada por chinos e hindúes para regresar a sus países de origen. "Allí sufrían robos y se hacían sus necesidades encima para no perder su sitio. Existía un gran caos", recuerda Bracamonte. "En el viaje de vuelta le dejé claro al ministro de Defensa mi desacuerdo con algunas de las medidas del Consulado", asegura este superviviente, que resalta el lado "humano" de muchas personas: "Los españoles que se han quedado allí para ayudar y los nepalíes que dejaron a sus familias para socorrer a los turistas".

"Me temo que lleguen a los 10.000 muertos. Hasta que no vimos los cadáveres amontonados no fuimos conscientes de la dimensión de la catástrofe", explica Bracamonte, quien, si las circunstancias económicas se lo permitieran, volvería a Nepal: "Estoy en deuda con los nepalíes, gracias a ellos estamos vivos".

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios