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El culto al libro

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El culto al libro
José León-Castro Alonso
- Catedrático de Derecho Civil

17 de diciembre 2016 - 02:32

De las cosas que con más deleite recuerdo de mi infancia sin duda eran las escapadas que, dos o tres veces por semana cuando al caer la tarde y acababa su consulta, hacía con mi padre a la calle Villegas esquina ya con la plaza de El Salvador, donde radicaba la Librería Internacional Lorenzo Blanco. Aunque al principio, no me cabe la menor duda que él lo sugería por disciplina y por irme introduciendo en el ambiente intelectual y el culto a la lectura y de paso conocer a auténticas personalidades de Sevilla o de fuera de Sevilla, al final tanto el paseo y su charla como el rato que allí pasábamos se convirtieron para mí en el mejor de los premios.

Y es que a pesar de mis cortos diez o doce años, pronto pude calibrar que aquello que ya empezaba a frecuentar con cierta aunque algo tímida familiaridad era un verdadero templo del Libro, un santuario de la Cultura donde se daban cita señores verdaderamente venerables. Algún tiempo después llegué a comprender algo que debería presidir los frisos de todas las librerías del mundo, el tan hermoso como hoy depauperado axioma de Heinrich Heine de que allí donde se quiere a los libros necesariamente también ha de quererse a los hombres.

Debo decir, además, que en aquellos años en que apenas unos pocos leían en Sevilla, tal vez ese fuera el mayor mérito de don Lorenzo Blanco. Él, lector infatigable, solía dar información puntual y precisa relativa a las más variadas obras a cuantos por allí recalaban, algunos por cierto poco avezados en la lectura pues no olvidemos que nuestra ciudad es tierra abonada de mitos... Siempre recordaré a don Lorenzo con sus leves gafillas en la punta de la nariz, su bien planchado traje de mil rayas, su corbata casi siempre negra, ojeando un montón de libros apilados sobre el mostrador ya fuera para cumplir con un encargo de Sevilla o de fuera de nuestra ciudad, ya para irlos seleccionando según los pedidos y llamando uno a uno a los interesados para explicarles que se trataba de una edición muy original, una muy buena traducción, o la fecha de la primera y sucesivas reediciones, o hasta los capítulos o las páginas sobre las que presuntamente la censura había percutido inmisericordemente.

De ese modo, hábil y espontáneo, se iba generando una tertulia sobre cualquier tema, casi siempre con tintes políticos y en la que finalmente el propio don Lorenzo, liberal y republicano según se decía, acababa integrándose tras echar la pesada y ruidosa persiana metálica con la que cada noche cerraba el establecimiento. Yo, tanto ignoraba las conversaciones, confesiones, sueños y frustraciones que allí se iban desgranando como, a la recíproca, era ignorado por aquel grupo de intelectuales de muy distintas profesiones, edades, credos o ideologías.

Hoy recuerdo con cariño su figura, severa y desaliñada aunque siempre impecable, respetuoso con unos, indisimuladamente escéptico para con otros, pues conocía a la perfección de qué pie cojeaba su más habitual clientela y, sin embargo, sorprendentemente paternalista con un chiquillo que se sentaba en un rincón con los libros propios de su edad que el mismo don Lorenzo le aportaba y que casi siempre acababa obsequiándoselos. No se piense que esa lectura juvenil eran tebeos o cuentos, o esos denominados cómics recién llegados al mercado del libro, antes muy por el contrario don Lorenzo siempre buscaba algún matiz educativo para el que poseía indudables dotes. Así fui poco a poco familiarizándome con los grandes genios e hitos de la humanidad; se me vienen a la memoria los preciosos ejemplares de Galileo para jóvenes, Los secretos y misterios de Leonardo, la inmensa colección de Salgari, y muchísimos otros de ese tenor, como la lectura que aquel niño consumía con avidez en medio de una espesa nube de humo, entre voces que a veces se alzaban más de la cuenta. Aquel personaje que sabía imponer, cortés y contundente, su serena autoridad en tan selectos grupos, llegó a ser verdaderamente entrañable.

Pero aquella imagen quedaría incompleta, además de no ser justa, si no desviáramos la mirada apenas un par de metros más allá para descubrir la no menos entrañable figura de su hijo Pepe. Encargado de llevar los pedidos y la contabilidad de la librería, siempre detrás de la caja registradora, en una mano su inhalador para el pertinaz asma que lo aquejaba y en la otra lo que para él significaba el complemento menos idóneo aunque inevitable para su mal: un incombustible cigarrillo de tabaco negro que le provocaba una tos constante y rebelde. Pepe Blanco era un personaje aparentemente errático en sus diversos quehaceres, pero enormemente profesional y culto, embutido en su sempiterno traje gris, apoyado en su fino y sobrio bastón de ébano, y a menudo subido a una escalera o agachado entre una montaña de libros. Así lo recuerdo también a él con idéntico cariño.

Ese natural puesto de mando sólo lo abandonaba Pepe para entrar a la trastienda donde se ocultaban, y nunca mejor dicho, los libros prohibidos que le llegaban sobre todo de Argentina y de México. Era seguramente el único lugar de Sevilla donde uno podía hacerse con las Obras Completas de León Felipe, Neruda, Miguel Hernández, Alberti, de aquella magnífica Editorial Losada, o la buscadísima colección de El Ruedo Ibérico. Al fin salía con un paquete envuelto en un papel que en absoluto delataba su procedencia y se lo entregaba con gran sigilo al conspicuo cliente. Pepe murió en 1990 y desde entonces su hermana Mari y su propia viuda se hicieron cargo del negocio que, sin embargo, terminaría por no soportar el novedoso comercio de los grandes almacenes y finalmente desaparecería pocos años después. Bien puede decirse que don Lorenzo y Pepe Blanco "enseñaron" a leer a buena parte de aquella Sevilla, además de revelarle muchas verdades como lo que fueron, auténticos señores y custodios del libro.

Lorenzo Blanco Troyano, una nieta y su hijo Pepe Blanco.

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