Mientras miramos a otro lado; los 22 meses de Salma
La autora hace un análisis psicológico y social sobre el caso de la mujer secuestrada en Murcia durante 22 meses y la importancia de comprender en qué consiste la violencia machista y cómo nos impacta como sociedad
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En una primera sesión ella me dijo: “Mire usté, señorita, mi marío no me pega”, esa fue la primera frase de aquella paciente. Por aquel entonces yo trabajaba en una asociación para una población con pocos recursos económicos, nos convertimos en centro de tratamiento de todos los “trastornos mentales” que parecían no tener solución. Más que por una cuestión económica, las pacientes llegaban por pura especialización. Esta mujer presentaba crisis muy severas de picos “de agresividad” acompañadas de tentativas de suicidio. No olvidaré su mirada perdida mientras intentaba encontrar algo parecido a una emoción dentro de sí misma para poder empezar a elaborar su historia. Progresivamente retiramos la medicación juntas mientras ella recuperaba la fuerza, fue solo entonces cuando pudo hablarme de “lo contextual”; claro que tras aquella primera frase en su primera sesión, no me cabía la menor duda de que detrás de esa exculpación del marido de algo que no le había preguntado, se escondía una verdad más imponente aún de lo que ella misma era consciente.
Con la recuperación, volvieron las explosiones de violencia reactiva por su parte; porque cuando te has convertido en esclava, ama de casa, niñera y hasta recolectora de verduras a la vez; es difícil mantenerte en equilibrio. En una sesión abordábamos sus resistencias hacia la mejora y hablamos sobre sus ingresos previos en el hospital psiquiátrico. Me agarró la mano y me dijo: “allí yo no estoy mal, son muy amables, me dan la medicación para que esté tranquilita y así yo puedo descansar, estoy mejor que en casa”. A la siguiente sesión ya no volvió: su marido habló con la administrativa del centro, comentó que su mujer ya no volvería a vernos. Y así fue.
Por más que queramos resistirnos a la evidencia científica: la violencia psicológica genera un impacto a nivel cerebral muy similar al de la física; las áreas implicadas en la percepción del dolor son las mismas. Además, la violencia psicológica genera un impacto real en el procesamiento de la información, afectando a la corteza prefrontal, el hipocampo y la amígdala (estructuras realmente complejas implicadas en cuestiones tan esenciales como la toma de decisiones o el almacenaje de nueva información). No es una opinión personal, es hacerme eco de datos más que contrastados que se pueden observar en pruebas de imagen como Resonancias Magnéticas; y esto está recogido en el manuales como “El Síndrome de la mujer maltratada”, de Leonore Walker; literatura científica revisada en décadas distintas que explica con contundencia por qué la mujer es más vulnerable o vive con mayor riesgo a sufrir violencia, haciendo un recorrido por distintas culturas y países explorando las creencias de cada grupo de mujeres para encontrar las similitudes. Y en todas: la violencia es estructural.
Aún hoy, seguimos haciéndonos preguntas sobre ellas: ¿por qué permiten?, ¿por qué no se fueron antes?, son las “acusaciones populares” a las que se enfrentan las víctimas continuamente, lo que las retraumatiza y culpabiliza.
La semana pasada la historia de Salma llenaba informativos y muchas páginas de prensa; y la historia de Salma no es solo una historia, es la demostración de que algo está fallando, pero no es un “algo” accesorio ni una cuestión de creencias; es realmente la muestra de que la violencia vive entre nosotros y estamos tan habituados a ella, que nada es asombroso. Pero no se trata de violencia sin más, se trata del ejercicio más profundo de la violencia sobre lo femenino, una vez más. Otro día más.
Y como siempre: todas las preguntas señalan a la víctima. Preguntas sobre ella o su nacionalidad, sobre las personas que la rodeaban o a quién avisó para pedir auxilio.
Cuando se trata de un crimen machista, el móvil va implícito en la etiqueta
También preguntas sobre el móvil del crimen. Las personas que trabajamos con perspectiva de género sabemos que cuando se trata de un crimen machista; el móvil va implícito en la etiqueta, es decir: es abuso de poder, la imposición total sobre la víctima, el control, y el ensañamiento contra la mujer solo porque es mujer. No hay más.
Y ante casos tan escandalosos, la sociedad se pone las manos en la cabeza; como si no supiéramos que esto nos rodea y atraviesa como colectividad. Al ser humano le incomoda profundamente que “lo íntimo” empiece a formar parte de lo público; le molesta de verdad ver “de frente” la evidencia de lo implícito.
Cuando leemos titulares, la indignación es instantánea, pero el resto del tiempo “no miramos, no vemos, no hablamos”. Hemos interiorizado tantas violencias distintas que nos comunicamos de forma continuada con agresiones permanentes, especialmente hacia personas a las que vemos vulnerables, como la mujer.
Cuesta creer que en la era de la comunicación, en este mundo de interconexión continuada, nadie supiera nada sobre el secuestro de una mujer durante casi dos años. Pero aún asumiendo que esto pueda ser así: ¿cómo se llega a esta situación? Se llega dividiendo a la sociedad, discutiendo que la violencia machista existe, convirtiéndola en marketing y poniendo de manifiesto continuamente que es “una construcción” de un grupo de mujeres que están en contra de los hombres solo por ser hombres. Es curiosa la forma de darle la vuelta al relato; cuando alguien reinterpreta una evidencia cambiándola de sentido, es porque sin duda, obtiene algo a cambio.
Es realmente rentable para la clase política que la ciudadanía tenga “un enemigo común” y cuando deja de ser físico y es tan volátil como el pensamiento, es aún más rentable: nos lleva a la parálisis. Lamentablemente, hay muchas “Salmas” secuestradas por la violencia en muchos hogares y relaciones; quizá no con demostraciones tan físicas de las agresiones, pero insisto: hay otras muchas formas de secuestro.
Necesitamos hacernos cargo como sociedad de que el negacionismo es la destrucción del equilibrio y de que en cada uno y cada una de nosotras existen creencias machistas muy implícitas que tenemos la obligación de cuestionar. Por Salma y por todas las demás.
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