Sevilla

Como si el mundo se acabara esta noche

  • La Policía Local de Sevilla se ve desbordada durante las noches del último fin de semana antes del estado de alarma

  • Desde la tarde del sábado hubo más de 50 avisos al 092 por fiestas privadas en domicilios

Varias personas brindan en una terraza, con la Girlada al fondo. Varias personas brindan en una terraza, con la Girlada al fondo.

Varias personas brindan en una terraza, con la Girlada al fondo. / Juan Carlos Muñoz

Parece que el mundo se acaba. Eso al menos debieron pensar los policías locales que atendieron el teléfono 092 la tarde y la noche de este sábado. Los agentes se vieron desbordados. Hubo hasta 50 avisos por fiestas privadas que se celebraban en domicilios particulares con más de las seis personas que se permiten como máximo. Y recibían llamadas que alertaban de botellonas en sitios en los que nunca antes se había celebrado una reunión de jóvenes para beber.

Varias personas comen en un bar de Sevilla. Varias personas comen en un bar de Sevilla.

Varias personas comen en un bar de Sevilla. / Juan Carlos Muñoz

Los policías que estaban trabajando el fin de semana hacían lo que podían en la inspección de los bares y denunciaban a los jóvenes que encontraban bebiendo en la calle y a los que no llevaban mascarillas. Gracias a ese trabajo, se cerró un restaurante del paseo Juan Carlos I, junto al río, en el que había en el momento de la inspección (a las 23:45 del sábado) 225 personas. De ellas, 180 estaban en una zona de baile, sin mascarilla y sin guardar las distancias mínimas de seguridad.

Entre el viernes y el sábado, la Policía Local interpuso 340 multas por botellona y 80 a personas que no llevaban la mascarilla obligatoria. Pocas denuncias fueron para la cantidad de gente que había en la calle. El centro parecía un día de Navidad y los bares estaban repletos. Como si la mayoría de los sevillanos decidieran aprovechar el último fin de semana de libertad completa, las últimas horas antes de que un nuevo estado de alarma les mandara a recogerse antes de las once de la noche. Y, lo que nadie esperaba, todo eso durante seis meses.

Decenas de personas pasean por la avenida de la Constitución, este domingo. Decenas de personas pasean por la avenida de la Constitución, este domingo.

Decenas de personas pasean por la avenida de la Constitución, este domingo. / Juan Carlos Vázquez

Por si alguien aún tenía dudas acerca de la Semana Santa y la Feria de 2021, la medida que pretende sacar adelante el martes el Gobierno parece disiparlas. En Sevilla este domingo fue el primer día de los próximos 14 en que los bares cerrarán sus puertas a las diez, lo que supone la puntilla para un gremio que pierde al menos dos semanas de cenas en un país acostumbrado a cenar tarde. Y tampoco hay turistas que cenen entre las siete y las ocho de la tarde como para que el sector resista.

Como mucho, si el Ayuntamiento afloja en estas medidas, podrán abrir hasta las once, hasta el toque de queda. O la hora en la que empiezan las restricciones de movilidad, si prefieren el eufemismo que utilizó este domingo el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. El caso es que el panorama es desolador para el sector. Más negro aún lo tienen los que viven del turismo, es decir, media Sevilla, que ve como hasta mayo difícilmente vendrán turistas extranjeros a la ciudad. ¿Quién va a venir a un país con toque de queda?

Cuatro jóvenes con sus mascarillas, por el centro de Sevilla. Cuatro jóvenes con sus mascarillas, por el centro de Sevilla.

Cuatro jóvenes con sus mascarillas, por el centro de Sevilla. / Juan Carlos Vázquez

Mientras se preparan para la dura travesía del desierto que empieza este domingo y termina en mayo, los bares siguen sirviendo comidas, cervezas y copas a mediodía. Hace buen tiempo. El cielo está gris y corre de vez en cuando una brisa fresca que hace que no sobre una manga larga. Pero se está bien en un velador. No hay tanta gente como el día anterior y todo el mundo cumple con las distancias de seguridad y las medidas higiénicas. 

En la Alameda de Hércules es difícil ver a alguien sin mascarilla. Hasta los niños las llevan. Sólo se la baja alguien que fuma en la puerta de un bar y una joven que habla por teléfono móvil y a la que su interlocutor le pide que se quite la mascarilla porque no la entiende. Toda la actividad hostelera está en las terrazas. Dentro de los bares apenas hay gente. A partir de ahora el aforo se limita a la mitad y no se podrá servir en las barras. Otro rejón de castigo para muchas tabernas en las que no se entiende la vida sin el servicio en barra.

Clientes de un bar, en mesas separadas con más de dos metros. Clientes de un bar, en mesas separadas con más de dos metros.

Clientes de un bar, en mesas separadas con más de dos metros. / Juan Carlos Muñoz

La incertidumbre es grande. Se ven menos niños en las calles. Quizás porque hay decenas de clases confinadas en la ciudad y cientos de niños tienen que quedarse en casa este fin de semana. La tristeza de los abuelos no mata como el virus, pero deja huella. Rara es la persona que ya no ha estado en contacto con algún positivo y la que no ha sufrido la desagradable sensación de un PCR, esa prueba en la que un enfermero le introduce un bastoncillo alargado por la nariz y hurga bien dentro, tanto que uno no sabía que sus fosas nasales eran tan profundas. Lo normal es salir llorando.

Es mediodía y apenas hay deportistas. Ha pasado ya la hora para hacer ejercicio. Como este nuevo estado de alarma no implica confinamiento estricto y se podrá seguir saliendo, no hay avalancha de corredores como el primer día que se pudo salir tras la primera cuarentena. Ahora hay que llevar mascarillas mientras se practica deporte. Salir a correr será salir a asfixiarse y darse un paseo en bici dejará de ser agradable. Al menos los parques siguen abiertos en Sevilla, aunque con los columpios precintados y sin que nadie pueda organizar ni un triste cumpleaños en ellos. Ciertamente, el mundo no se acaba esta noche pero es mucho más feo.

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