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Con postres y postrimerías

El Laredo abrió sus puertas 15 meses después del cierre con la tutela comercial de Robles y la intrahistoria de una polémica rehabilitación del local de 1939

El Laredo abrió ayer sus puertas 15 meses después. Incorpora veladores junto al Ayuntamiento.
Francisco Correal

26 de septiembre 2008 - 05:00

31 de mayo de 2007. Rodrigo, el último dueño del bar Laredo, se fotografió el día que cerraba definitivamente bajo la bandera cántabra con nueve de sus clientes. El almirante Bonifaz tiraba la toalla. La fotografía está en el restaurante Don Carlos, en la calle General Polavieja. El establecimiento de Carlos López Ruán, que también estuvo en aquellas postrimerías. “A mí me gusta cómo ha quedado. La vista es la misma. El único pero es que el expositor de los postres ocupa demasiado sitio”. Lo dice Tobalito de Arahal, que así se presenta este empresario de aceitunas que está en la foto del último día del Laredo “con Gonzalo Queipo de Llano, Carlos, Rodrigo y Rafael, mi chófer”, y ha querido estar en el primero de Robles.

Ayer abrió sus puertas con las iniciales RL y con el rótulo original que Cultura le obligó a colocar sólo en Sierpes, no en el lateral de la Plaza de San Francisco. Laredo es el sexto establecimiento de la familia Robles desde que en 1954 el patriarca, Juan, vino desde Villalba del Alcor y abrió una bodeguita junto a la Catedral. Ayer Paquita, su esposa, se sentaba orgullosa en una de las mesas, rodeada de sus nietos. La estirpe, que en el gremio no es una ciencia exacta.

“Laredo era la crónica de una muerte anunciada”, dice Pedro Robles, que atiende a los primeros clientes en una jornada sin inauguración “porque podía parecer un gesto de prepotencia”. “El negocio estaba en manos de personas mayores, cansadas, con problemas de corazón y la descendencia que no quería hostelería. No sabían cómo ni a quién traspasarle el testigo”, añade.

Conforme se entra, a la derecha, justo donde Rodrigo llevaba la caja y la manija, la visión de la plaza y la tostadora, están las delicias de la repostería de Laura Robles. La barra está en el lugar que ocupaban los servicios. “Había cuatro personas trabajando y ahora hay catorce”. Un bisnieto de Castillo Lastrucci hizo los frescos de la entrada. Unos amigos italianos les buscaron dos lámparas de cristal araña de procedencia veneciana. “Hay quien confunde el glamour con la ostentación. Es lo que te puedes encontrar en cualquier lugar del centro de Praga, Viena o Venecia. Le hemos devuelto a Sevilla una esquina fundamental en un momento en el que todo el mundo huye despavorido del centro. Con lo que nos ha costado, podíamos comprar un cortijo en Carmona y dar bodas a diestro y siniestro”.

Abre a las once de la mañana porque no quieren interferir el primer desayuno de los bares de General Polavieja. En el primer día de la nueva etapa había dos pregoneros de la Semana Santa: Enrique Esquivias, abogado y hermano mayor del Gran Poder, y José Luis Peinado, párroco de San Isidoro. “Como el Salvador ya no es parroquia, vendré el miércoles a bendecirlo”. Con ellos Francisco O’Kean, que vio desde su tienda de ropa la Plaza Nueva patas arriba y el Laredo cerrado.

Tiene siete veladores en la fachada y otros diez junto al Ayuntamiento. Una proximidad que no significa nada. “Conozcas a quien conozcas, tienes que tener todos los papeles en regla. Da igual que tengas un primo socialista o un hermano comunista”, dice Pedro Robles. La clientela local se adueña del mostrador. Los veladores municipales los ocupaban en su mayoría clientes foráneos.

Han recuperado una cocina del Laredo primigenio que se usaba de almacén. Robles jr. jura y perjura que “no hemos destruido nada. Hubo dos demoliciones anteriores. La obra es una alegoría del proyecto del padre de Rodrigo de los años treinta que no se pudo llevar a cabo por falta de medios”.

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