Antonio González Cordón

En el primer Ensanche de Europa

  • Fue monaguillo en la Soledad de San Lorenzo, nazareno en las Penas de San Vicente. Santoral cofradiero de su arquitectura de interiores, allende la tapia

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TARDÓ 18 días en cruzar el Atlántico a vela y lleva 63 años dándole la vuelta a su barrio. Literalmente. Antonio González Cordón (Sevilla, 1950), nace en una casa de la calle Miguel Cid, padre de Bornos, madre de Rute, serranías de Cádiz y Córdoba que confluyen en la planicie sevillana. Cuando se casa, se traslada a un piso de la calle San Vicente donde ahora tiene su estudio, "casi toda la gente está en la obra de Ceuta". De allí, sin salir de esa calle-río tan pegada a su memoria, es arquitecto, con su amigo Félix Pozo, e inquilino de una de las viviendas del corralón San Vicente, 100, con salida a Teodosio, "formato del corral-puente".

Su vida desemboca en la calle Santa Ana, una casa que fue de monjas seglares, "sólo mantuve el naranjo del patio". La casa consagra el Hortus Conclusus, modelo de vivir y de construir que define el barrio. "Si ves el plano de Olavide, es la zona más cartesiana y reticular de la ciudad, un ensanche muy anterior a los de Madrid o el de Cerdá en Barcelona, y no digamos el de Manhattan".

Siempre le fascinó qué había al otro lado del muro, "como en un libro de Wells". Se guarece contra una arquitectura "de colorines y de huecos. Con el amarillo y el rojo se hace muy mala arquitectura. Y Manzano puso de moda el albero". Hoy es Domingo de Ramos y el arquitecto recuerda al niño que fue monaguillo en la Soledad de San Lorenzo, alumno del colegio de don Pedro, "donde ahora está la Basílica del Gran Poder"; el asombro ante las rarezas del barbero loco que le arreglaba el bigote a su padre o ante las maravillas de la imprenta El Sol. El nazareno de Las Penas de San Vicente, "donde me bauticé, aunque mi madre era muy devota del Gran Poder y tiraba más para San Lorenzo". Tiempos de "montar los pasos y repartir las túnicas. La evolución de las cofradías es cosa de la democracia".

Trabaja en la calle de los arquitectos, donde vivieron Díaz Langa, que era profesor en la misma Escuela en la que él es catedrático de Proyectos, o Galnares Sagastizábal, casa que ahora es sede del PSOE. "Tenía una piscina-torreón en la azotea y una mujer muy compleja que iba siempre detrás limpiando el polvo". En esa calle, Castillo Lastrucci hizo el Beso de Judas. "No había polígonos industriales, y esto estaba lleno de talleres".

Su primera vocación fue la pintor, antesala coherente del arquitecto. "Éste es un barrio de conventos, que se los repartieron a las órdenes religiosas cuando echaron a los árabes tras la Reconquista. Yo me asomaba a la azotea y veía a las monjas tender la ropa o cuidar el huerto. A veces se nos embarcaba la pelota e íbamos a pedírsela por el torno".

Aficionado a la navegación y a la cartografía náutica, con cerca de doscientos mapas en su colección. Algunos encontrados en Londres o Buenos Aires. Para pasear, este ensanche doméstico. Y muy cerca, la Alameda. En 1977 ganó el concurso que convocó el Colegio de Arquitectos. "Una zona interesantísima en la que sin aparcamientos para residentes se impone un modelo de familia monoparental con bicicleta y con perro. Está bien como modelo alternativo, pero no vale para toda la población, a la familia con niños o que no sabe cómo entrar con sus cajas de leche o cerveza".

Domingo de Ramos y hay derbi en Heliópolis. "De niño, toda la familia acompañábamos a mi padre, cogíamos el tranvía en el Archivo de Indias, iba paralelo al río, mi padre entraba al fútbol, años del Betis en Tercera, y nosotros visitábamos a unos familiares en un chalecito de Heliópolis". En su estudio tiene el documento que le acredita como ganador del premio para rehabilitar el estadio. Con la firma de Lopera y arquitectos como Enrique Haro o Aurelio del Pozo. "Sólo hicimos un Gol y el Fondo".

El día del paseo comen en su casa los tres hijos: Antonio, arquitecto; Nacho, guionista; y Manuela, que hizo Ciencias del Mar. La mesa está puesta dos veces con el mismo mantel: donde van a comer y la que se ve en un cuadro con la firma del arquitecto. En su paseo por el tiempo, cree que la ciudad tiene una deuda con Balbino Marrón. "La imagen que tenemos de la ciudad desde el siglo XIX se la debemos a un solo arquitecto. Definió espacios como la Plaza Nueva, la propia Alameda de Hércules. Es la época en la que entra el ferrocarril y se hace el puente de Triana".

Los hijos viven en casas proyectadas por el padre. Los varones, en San Vicente; Manuela, en Torneo. La Torre Pelli al fondo. "El objeto no me gusta, pero sí la escala. Sevilla es ciudad-vado y esa torre es el faro de Tartessos; con esas cintitas naranjas que le han puesto van a convertir la linterna para navegantes territoriales en una joyita tallada trianera".

Trabaja cerca y la vista lejos. En perspectiva, un concurso para un complejo deportivo en Argelia.

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