Los primeros días de Pompeya
JOSÉ Alcaide nació en Arahal, trabajó de panadero, pero su sueño era ser mecánico de aviación. Se casó con Esperanza, una sevillana que cosía para la calle lo que llamaban ropa de batalla, para los soldados. El panadero vivió las penurias de la posguerra. Todos los jueves iba al mercadillo de la calle Feria y compraba libros usados que en su casa desmontaba, cosía de nuevo e ilustraba con nuevas portadas. Así se forjó la vocación de lectora de su hija Esperanza. Recuerda alguno de aquellos libros: La muerte de una dama, de Llorenç Villalonga. "Me lo regaló con 13 años cuando cogí una gripe. La febrilidad es un estado extraordinario para la lectura". Y, sobre todo, Los últimos días de Pompeya, de Edward Bulwer Lytton.
La hija del panadero y la modista iba a buscar su acomodo vital y profesional entre los libros. Los saca a la calle para celebrar los quince años de El Gusanito Lector en la calle Feria. Esperanza Alcaide (Sevilla, 1956) empezó en los impares y ahora está en los pares, junto a la Churrería La Esperanza, que en octubre cumplirá treinta años de presencia junto al mercado de la Feria. Esperanza empezó en el negocio de los libros en 1978 en la Carretera de Su Eminencia, "frente al semáforo de los tirones". Su primera librería se llamaba Libertas. De allí pasó a República Argentina para montar la librería del VIPS previo curso de formación en Madrid.
"¿Dan algo?", pregunta un hombre. Son quince años. La niña bonita. "¿Tienen sopas de letras?", tercia una señora. Hay platos combinados. Un puesto a la intemperie a modo de tarta de cumpleaños donde domina el expositor monográfico de Roberto Bolaño y títulos de Miguel Hernández en el centenario de su nacimiento. "No se está vendiendo lo que debiera. Habrá que hacer algo". Esperanza tiene una relación muy poco comercial con esta mercancía. "Yo soy muy mala comerciante, pero me encanta lo que hago". La librería es como una farmacia. Viene gente que pide un libro para levantar el ánimo. Para ese propósito, sugiere Mujeres de ojos grandes, de Ángeles Mastretta.
Vende libros y periódicos. El periódico, el pan espiritual del que hablaba Marcel Proust. Versos patrios junto a prensa extranjera. Siempre se rodea de personal que ama los libros. Si antes trabajó con ella Marga, incondicional de la poesía de Javier Salvago, ahora atiende al público Alesio Espínola (Madrid, 1985), que tiene una debilidad que se llama Vladimir y se apellida Nabokov. El Gusanito Lector es la traslación anglosajona del ratón de biblioteca. Un hallazgo de Enrique, su compañero. Pasada la fiebre de Millenium, que ya no vende como churros, cogió el testigo Venganza en Sevilla, de Matilde Asensi, y un libro de bebés titulado Cucú-tras. Esperanza es catadora de literatura infantil. "Me leo todo lo de niños antes de ponerlo a la venta".
El Viernes Santo es el único día lectivo del año que no abre al público. "Con la Macarena es imposible". Ese día le hace el relevo la vecina calentera de Joaquín que la nutre de café y tostadas. No es catastrofista en tiempos de crisis. "No se venden menos libros. Lo que se vende es más ensayo, como si la gente se hubiera vuelto más reflexiva". Otro signo de estos tiempos es que en el expositor del aniversario no hay un Nobel de Literatura, sino de Economía, Paul Krugman, autor de Las expectativas limitadas. "Fue el que más vendí en la última Feria del Libro de Sevilla".
Su Eminencia. Los Remedios. Feria. Y varias generaciones de clientes. "Es una satisfacción ver a una señora que entraba a comprar el Pronto y la ves llevándose un libro o que viene con sus nietos". A esta librera le apasiona la música y "todo lo que tenga que ver con el mar". En quince años ha vendido un ejemplar del Ulises de Joyce. "Se te caen los mitos". Ha sacado los libros a la calle para celebrar que hace quince años la calle entrara en los libros. "Una calle con más años y más historia que la Gran Vía, ¿dónde va a parar?".
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