La Ventana
Luis Carlos Peris
Debut rico en dudas
Lo más parecido a un torero era Salvador Távora, que lo fue hasta que se cortó la coleta en Mallorca. Esta vez no se premió a ningún torero. O sí. Porque hay que ser muy torero para preguntar como preguntó el hijo del vaquero: "¿Me van a introducir o me introduzco yo?". Ni toreros ni futbolistas. El último presidente del Betis antes de Lopera, aunque al que conoce bien Felipe González, por ser de la misma promoción de abogados, es a Gerardo Martínez Retamero.
Fue una mañana de sevillanas barrocas. Un canto al consenso. Que estaba en Antonio Torrijos abriéndose paso en la puerta del teatro entre las Hijas de la Caridad, o en Felipe y Olivencia, pelillos a la mar, hablando distendidamente mientras Francisco Javier Gutiérrez dirigía a la Banda Municipal en los compases de la Danza de la Gitanilla.
Amparo Rubiales y Antonia Heredia se quejaron de lo mismo: muy pocas mujeres entre las premiadas. Una monja, una empresaria y una viuda, Elena Ruiz, que se emocionó al recoger el reconocimiento póstumo para Francisco Morales Padrón, el único canario que ha sido pregonero de la Semana Santa. Se casaron en La Rábida, como mandan los cánones colombinos, y ella es tan americanista que incluso escribió un libro sobre piratas del Caribe antes de la saga de Johnny Dep.
Los trajes de los premiados se arrugaron en la retahíla de glosas. Entre ellos, un sastre en quinta generación de sastres, maestro del chaqué y de los uniformes de maestrantes. Fernando Rodríguez Ávila le podía tomar medidas a Luis Yáñez-Barnuevo, a quien alguien le atribuyó en una ocasión linaje de maestrantes. Zoido abrazó a Ventura Rico, de la Orquesta Barroca: ha sido juez como su padre, Manuel Rico Lara.
La Expo, como el Quijote, tuvo dos partes: la de Pellón, a la que Felipe se refirió en el homenaje de Radio Sevilla, y la de Olivencia, que ayer selló las paces con su antiguo alumno. La sombra del nuevo hijo predilecto es muy alargada en su ciudad. Su mandato en la presidencia abarcó a cuatro alcaldes: el final de su amigo Luis Uruñuela, los ocho años de Manuel del Valle, los cuatro de Alejandro Rojas-Marcos y el comienzo de Soledad Becerril. Sólo faltó Alejandro. "Cuando dejó de ser alcalde, lo dejó del todo", dice Enriqueta Vila. Tampoco fue el posfelipista Sánchez Monteseirín.
Las cámaras se repartían entre Arenas, que saludó cordialmente a Chaves, y Griñán; se disponían a entrar al teatro y retrocedieron. Bajaba de un coche oscuro la duquesa de Alba. Acompañada por su esposo Alfonso Díez, se limitó a preguntar: "¿Llegamos tarde?"
Entraban los invitados y fuera quedaba el cartel con la temporada del Lope de Vega. Muchas de las obras podían ser titulares de prensa: El Avaro; La Escuela de Desobediencia; Yo, el Heredero; Uvi-Zona Cero; Carcajadas Salvajes. Hoy llega al Lope Concha Velasco con un espectáculo cuyo título asumiría Felipe González ahora que está apartado de la política: Yo lo que quiero es bailar. A ser posible, sevillanas lentas de Rafael del Estad sobre un mapa mundi de Carrillo Salcedo.
Hubo casi pleno de la foto de la tortilla: Isabel Pozuelo, Josele Amores, Luis Yáñez, Carmeli Hermosín, Manuel Chaves, Felipe, Manuel del Valle, autor de la foto con la cámara de Pablo Juliá. Faltaba Alfonso Guerra, que se movió para no salir en la foto. El canónigo Francisco Navarro acudió por Emilio Cassinello, a quien conoció en Dar-es-Salaam, capital de Tanzania. Y Emilio Calderón, párroco de las Letanías, por Rafael del Estad. "A Felipe lo conocí en la parroquia, vino un día con Santos Juliá". A González le gusta el flamenco. Es padrino de un hijo de Rancapino, que se llama Felipe José por él y por Camarón.
Hubo premiados de otras ediciones y los tres mosqueteros del Proceso 1001: Acosta, Soto y Saborido. A éste estuvo a punto de defenderlo un joven Felipe González, pero el sindicalista prefirió el clasicismo de Adolfo Cuéllar.
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