El sobrino era un buen tío

calle rioja

Historia. En el centenario de su nacimiento, aquí se recuerdan dos visitas de Julio Caro Baroja a Sevilla: una en 1947 con su madre; otra en 1949 con el norteamericano Foster.

Francisco Correal

13 de noviembre 2014 - 01:00

LLEGAN a Sevilla desde Granada. En 1947, Julio Caro Baroja (1914-1995), acompañó a su madre, Carmen Baroja, la hermana del novelista, en un viaje al sur. "Estaba muy floja de salud y quiso romper la monotonía de su vida". En el tren, unos turistas italianos los confundieron con ingleses. Don Julio, de cuyo nacimiento hoy se cumple un siglo, estuvo a punto de ser inglés consorte, pero aquella novia británica se terminó casando con un dentista egipcio.

En Granada los atendió como cicerone Manuel Alvar. Se interesó por los moriscos. Pío Baroja había estado dos décadas antes. A su tío no le gustó nada el ambiente social de la ciudad, pero estuvo a punto de comprarse una casa en Salobreña o Almuñécar. "La Granada trágica pesaba", escribe Caro Baroja. Nueve años antes fusilaron a García Lorca, que muere antes de tiempo, en 1936, el mismo año que Valle-Inclán y Unamuno, compañeros de generación de Pío Baroja.

Sevilla no les produjo tanto efecto "acaso porque allí no conocíamos a casi nadie y porque la gente es, con apariencia, menos bronca y bravía". Le impresionó el retrato del hijo del Greco en el Museo de Bellas Artes. Dos años después, en 1949, vuelve a pasar por Sevilla en el viaje por Andalucía que hizo con el antropólogo norteamericano George M. Foster. Como era sobrino de Baroja y no de Azorín, la indiferencia que sentía por La Mancha se convirtió en entusiasmo al atravesar Despeñaperros. "¿Había en esta sensación un efecto de la sangre andaluza de mi padre?". Se refiere al editor Rafael Caro Raggio. El segundo apellido era italiano. De los ascendientes del primero fue muchos años después a buscar noticias de los Caro a Carmona con su amigo Ramón Carande, su padrino de ingreso en la Academia de la Historia.

De aquel viaje con Foster sobresale el encuentro en Grazalema con Julian Pitt-Rivers. El antropólogo británico le dedica a Caro Baroja Un pueblo de la Sierra, libro pionero de la antropología española centrado en un pueblo que eligió porque le invitaron al casino y le dieron de beber con providencial diligencia.

"No saqué gran cosa en limpio de mis andanzas por calles y callejuelas", dice de su visita a Sevilla. En una librería escuchó un soneto contra el cardenal Segura, personaje en el que se detiene. De él dice en el libro Los Baroja que "traía al retortero a los señoritos sevillanos, bien por cuestiones de bailes y diversiones, bien por la Semana Santa y el modo de celebrarla, bien por las inscripciones que no permitía poner en la Catedral, bien porque el palio lo reservaba a las jerarquías eclesiásticas y no lo cedía ni a la de tres a otras superiosísimas".

De Caro Baroja quedan muchas huellas por aquí. Una biblioteca con su nombre en Tocina; los paseos con Carande por Matacanónigos; una dedicatoria de su libro El Carnaval en el hotel doña María; el padrinazgo que dio a los jóvenes filósofos de la revista Er. Parte de su impresionante legado puede verse todavía hoy en el Ateneo: los Sanfermines, el Olentzero, el baile de la Revoltosa en las fiestas de Tudela.

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