La terna de Curro y Espartaco
calle rioja
Despedida en San Bernardo. Fernando Carrasco le habría sacado mucho partido a ese abrazo en su funeral entre Fernando Parias y Juan Espadas
Aél no le hizo falta, como a esos turistas que completan el cartel taurino de los reclamos turísticos con el consabido your name. Fernando Carrasco completaba la terna con Curro Romero y Espartaco. Como el personaje de El estudiante de Salamanca de Espronceda, era completamente verosímil imaginárselo allí cubriendo la información de su propio entierro, departiendo con los maestros a los que vio en tantas tardes de gloria. No se cabía en la iglesia de San Bernardo, la hermandad de los toreros. Más cornás da el periodismo, piensa uno repasando la lista de las bajas que se han producido en el oficio. Sin salir de la iglesia en la que con emotiva homilía de Adrián Ríos, cura y periodista, despedimos a Fernando, allí estaban Concha Mejías y Gloria Gamito, viudas respectivas de Manuel Ramírez Fernández de Córdoba y Antonio de la Torre. Uno murió en el atril en el que se disponía a pronunciar el pregón de la Semana Santa de Talavera de la Reina, el Gólgota de Joselito; el otro fue amortajado con la túnica de nazareno de Pasión. Los dos tutelaron a Fernando Carrasco en su ejemplar aprendizaje periodístico.
Habría hecho una crónica espléndida del acto. El llanto incontenible de los fotógrafos, los últimos mohicanos del periodismo de calle con el que nunca acabará el Leviatán tecnológico; el saludo cordial de Fernando Parias Merry y Juan Espadas, cuatro décadas les separaban como alcaldes de Sevilla. Fernanda Parias, hija del primero, fue compañera del periodista que noveló la Sevilla de los imagineros.
Forma parte de una generación de periodistas que dieron el salto a la novela: en la iglesia estaban Paco Pérez Gandul, que dejó sin Goyas la Academia con su historia de Malamadre y Celda 211; José Luis García, el padre literario del inspector Santana; o José Joaquín León, el biógrafo de Álvarez Duarte a quien le debo la adicción a las novelas de Philip Roth.
Su padre, un hombre joven, entero, debía estar muy orgulloso de su hijo. Lástima que muchas veces sólo conozcamos bien la vida de alguien cuando se va. Allí estaba su currículum: en el dolor de sus amigos, en el desgarro de sus compañeros, en las sonrisas cómplices de las vivencias compartidas. En el grupo heterogéneo de los críticos taurinos: Rafael Moreno, Juan Manuel Albendea, Antonio Lorca, Luis Nieto. Le ha salido una de sus mejores crónicas. Ojalá, y la vida, en su misericordia, hubiera convertido este regate del infortunio en una broma macabra de la ficción. Dicen que ya preparaba el tercer viaje a Tierra Santa. Se fue ligero de equipaje.
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