Cierre del bar de las codornices de Relator

El último mohicano de la esquina

  • Cierra la legendaria taberna de Gonzalo Molina en Relator con Parras l Abrirá un local más pequeño y todos sus libros se los ha pasado a su vecino, el carbonero Luis Astola

Gonzalo Molina, en las últimas horas de su taberna, entre dos espontáneos en plena actuación. Gonzalo Molina, en las últimas horas de su taberna, entre dos espontáneos en plena actuación.

Gonzalo Molina, en las últimas horas de su taberna, entre dos espontáneos en plena actuación. / José Ángel García

El ambiente era el de un local que acababa de abrir, pero Gonzalo Molina acaba de cerrar el telón de una hermosa historia. Un bar, el de las legendarias alitas de pollo y las codornices, que ya existía antes de que Gonzalo naciera. “Mis primeros pasos los di por aquí”. Es, era, qué precisos pero qué injustos los pretéritos, mucho más que un bar; un lugar para el cante, la poesía y la amistad.

Gonzalo se llama en realidad Manuel Molina, como la pareja artística de Lole Montoya. Los auténticos Gonzalos son su padre y su hijo. GonzaloMolina padre vino a Sevilla desde Jaén. Se estableció en el local, calcula que sobre 1947, el año de la visita de Evita Perón a Sevilla, de la primera boda de la duquesa de Alba y de la cogida mortal de Manolete en Linares. Torero que es uno de los iconos de la taberna. Como Marilyn, Cassius Clay y otros fin de época, como la propia historia del bar. GonzaloMolina hijo ha venido expresamente desde Bilbao, donde trabaja en un restaurante, para acompañar a su padre en este momento agridulce, de recoger velas y cariños por igual.

En el mostrador servían botellines, vino de naranja y restos de existencia los vástagos del tabernero: Gonzalo y Manuel. La prole la completa con Raquel, que ha cantado acompañando a Fernando Sanz. Ya lo han hecho abuelo, pero no quiere jubilarse. Como en los primeros noventa abrió una tabernita en la misma calle, allí se llevará su legado. “No tengo ganas de jubilarme, mis amigos vienen a verme y yo también tengo ganas de verlos”.

Es una contraseña de Relator esquina con Parras. En esta calle nació Juanita Reina y vivía Enrique Pavón, el derribista. Dos personajes que resumen la intrahistoria de este local con su legendario cartel: Tome su copa con pajarito. Pura ornitología. La tonadillera representa el papel del cante, duendes que se han sumado a estas últimas horas. El hombre de los derribos, a quien Romero Murube llamó el verdugo de Sevilla, parece reencarnarse en esta historia de hacer quincalla con los recuerdos.

Su padre venía de Jaén y su madre, Estrella, de Córdoba. Este Gonzalo figurado es tocayo literario de ilustres Gonzalos: Berceo y Torrente Ballester. Se incorporó al negocio paterno cuando dejó el teatro, miembro del grupo Tabanque que dirigía Joaquín Arbide. También pasó por la Escuela de Arte Dramático. Ha publicado tres libros de poesía, todos ellos con la rúbrica de Gonzalo Molina. La personalidad del tabernero marcó al poeta. Libros que han leído muchos de sus clientes y que tituló Poema de deuda tremenda, Gracias por su visita y Esos ojos que pasan.

Se echó una voz al ruedo con sillas de tablao. A la guitarra, José Ríos. A su lado, Carmen, novia del guitarrista. “Acaba de entrar en el Conservatorio”, dice con entusiasmo GonzaloMolina. Ya no está la completa y heterogénea biblioteca de libros perdidos y hallados. “Se los he dado todos al carbonero”. El cisco de Luis Astola, la carbonería de Parras, para que ese préstamo libresco mantenga vivo el fuego de esta sociedad de la esquina.

Los dos hijos varones no dan abasto para atender tanto botellín cargado de nostalgia del futuro, la que estaba en su sitio en el poema de García Montero. Junto al tirador de cerveza, un póster con esa imagen de Silvio que diseñó Rafa Iglesias, uno de los más fieles parroquianos del local, igual que el enmarcador Marcelo Culasso. Aquello sí que era un marco imcomparable.

Fotos en claroscuro de artistas del flamenco, se distingue a Mayte Martín, captadas por la cámara de Juan Silva. Una foto dedicada por José Domínguez El Cabrero. Molina cuenta que una pareja le hizo una foto a las últimas codornices. Aunque la fama en las bodas se la lleven las perdices. Hijo y padre de Gonzalos, hay en estos pájaros un trasunto laico de espíritu santo. Milagros de Nuestra Señora de Berceo traducidos al romance sevillano con el regreso triunfal de la Macarena por Parras, en la esquina del adiós. El hasta luego en la nueva bodeguita que abrirá en el número 94. En la misma calle que une Feria con San Luis y que atraviesa el C5, el producto más coqueto y personalizado de Tussam.

Abrazos cómplices, el imperio de la penúltima, clientes en la calle. Una foto de Orson Welles en un cóctel de imágenes de un fetichista de la vida que convirtió el mostrador en un gabinete de amigos y confidentes. Ha estado siete años pleiteando con la propiedad y da un paso al frente. Cambió el teatro por un gremio donde el público está mucho más cerca que en el patio de butacas. Retomó el negocio paterno. “Empezó con una bodega en la calle Alhóndiga. Se puso en la puerta de Parras con un puesto ambulante de verduras y alguien le ofreció el local”. La historia llega a su fin, que no es el final. Como Molina tiene dos nombres, se ha inventado una segunda vida.

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