Viajes

Marruecos: un mundo fascinante a una hora de Sevilla

  • El aeropuerto de San Pablo ofrece vuelos directos con Marrakech, Rabat y Fez

  • Una oportunidad para gozar del imperio de los sentidos

El minarete de la Koutoubia, en Marrakech. La hermana mayor de la Giralda. El minarete de la Koutoubia, en Marrakech. La hermana mayor de la Giralda.

El minarete de la Koutoubia, en Marrakech. La hermana mayor de la Giralda. / Alfredo Guardia

A poco más de una hora de vuelo se desatan los sentidos y, lo que es más importante, se hacen trizas muchos prejuicios. Marruecos es el país vecino al que los españoles pocas veces le hemos prestado la atención merecida a la hora de planificar un viaje. Ya nos costó en su día hacer lo propio con Portugal, a la que con el tiempo hemos convertido en uno de los destinos preferidos. Algo parecido ocurre con el país alauita. Cuando se descubre resulta difícil no volver a pisar sus ciudades, dejarse atrapar por sus medinas y hacerse adicto a una gastronomía donde lo dulce y lo salado no conocen fronteras (las pastelas son una auténtica perdición, lo puedo asegurar).

Los sevillanos disponen de vuelos directos –a través de Ryanair– con tres de las cuatro ciudades imperiales marroquíes: Marrakech, Rabat y Fez. La más lejana de ellas es la primera que visitamos en este viaje. También la más explotada turísticamente, lo que no le resta un ápice de atractivo. De ella hay que destacar dos referentes: el minarete de la mezquita de Koutoubia (gemela de la Giralda) y la Plaza Jemaa El Fna.

Marrakech

Sus murallas de adobe aportan a esta ciudad un color ocre inconfundible. Constituyen el primer anzuelo para adentrarse en sus laberínticas calles. Porque Marruecos es eso: pasear, meterse en la bulla de los zocos y medinas, sentir el acoso de comerciantes, prestarse a un continuo regateo y, de vez en cuando, dejarse tentar por los puestos de comida y de . Frente a este trasiego, el remanso de paz que se encuentra en muchos de sus restaurantes, cafés y riads, que tras fachadas sobrias y envejecidas esconden amplias casas distribuidas alrededor de un patio donde el agua, la cerámica y la flor son una constante. Si acude al país vecino, no se prive de disfrutar de uno de estos negocios.

A la hora de hospedarse, la oferta es bastante amplia. Se encuentran los mencionados riads, apartamentos turísticos que en Marruecos atesoran años de tradición y, sobre todo, de autenticidad, pues ponen al servicio del visitante un tipo de casa propia en la que reside el ciudadano autóctono. Los hay con todo tipo de comodidades y lujos, en función de la disponibilidad del bolsillo. Si el viajero acude en familia, le resultarán más cómodos los hoteles que existen a las afueras de las ciudades, auténticos complejos vacacionales (con piscinas, spa y bufet).

El color ocre de las casas de Marrakech, signo de distinción de esta ciudad imperial. El color ocre de las casas de Marrakech, signo de distinción de esta ciudad imperial.

El color ocre de las casas de Marrakech, signo de distinción de esta ciudad imperial. / Alfredo Guardia

Marrakech ofrece dos caras bien distintas. Una ciudad bifronte que muestra en su plaza principal la estampa más conocida. Por la mañana abundan en ella los puestos de fruta (perfectamente distribuida) y los encantadores de serpientes (una excelente oportunidad para acabar con la fobia a estos reptiles –éste que escribe no tuvo valor suficiente–); y por la tarde los acróbatas, contadores de cuentos y danzantes (la mayoría de ellos hombres vestidos de mujer) devuelven a dicho enclave el aspecto de zoco medieval, aunque eso sí, con focos de gran voltaje y pedigüeños que exigen una compensación económica (un dirham, al menos) por tomar una foto del paisaje urbano. Escapar de sus reclamaciones se convierte en un severo ejercicio de destreza.

El otro rostro de la ciudad se muestra por la noche en L’Hivernage, un barrio de nombre francés donde los restaurantes en los que trabajan reputados chefs, hoteles en los que se alojan futbolistas de renombre y locales de espectáculos aportan una imagen de lujo –en el límite entre lo sofisticado y lo hortera– que en nada tiene que ver con la sensación que transmite su viejo casco almohade.

Rabat

La segunda parada de este circuito es Rabat, capital del reino marroquí. Aquí también se rompen los prejuicios. Detrás de la principal función administrativa y empresarial que ejerce esta gran urbe se esconden recónditos lugares donde la autenticidad aún se mantiene viva y, sobre todo, intacta de la masificación turística.

El minarete inacabado de la mezquita de Hassan (Rabat), que debía haber sido la mayor del mundo. El minarete inacabado de la mezquita de Hassan (Rabat), que debía haber sido la mayor del mundo.

El minarete inacabado de la mezquita de Hassan (Rabat), que debía haber sido la mayor del mundo. / Alfredo Guardia

Los monumentos más comunes a la hora de ser visitada son el minarete inacabado y el arranque de las columnas de la que debía haber sido la mezquita mayor del mundo, así como el mausoleo del abuelo del actual rey de Marruecos. Pero les sugiero que se pierdan por unos minutos en la Kasbah de los Oudaya, una ciudadela amurallada, balcón del Atlántico. Sus calles de pavimento irregular y el color añil y blanco de sus casas les recordará al aspecto que muchos barrios andaluces presentaban no hace mucho tiempo. Corralones con ropa tendida y macetas en latas. Vecinas que escapan del objetivo de la cámara fotográfica. Gatos dormidos plácidamente, con el embeleso sonoro de las olas. Y lo que es más importante para quien esto escribe, ningún puesto de souvenir. Marruecos puro.

Fez

Aunque si vamos buscando una ciudad que guarde su esencia, el destino idóneo de esta ruta es Fez. Tres ciudades en una: la del siglo XX, la del XIV y la del IX. Nos quedamos con las dos últimas. La del XIV está dividida en dos barrios, el judío (el único cuyas casas tienen balcones y donde se venden exquisitos dulces de hoja y miel) y el árabe (con los minaretes de las mezquitas). Además, en él se encuentra el imponente Palacio Real.

La famosa Puerta Azul, por la que se accede a la medina más antigua de Fez, del siglo IX. La famosa Puerta Azul, por la que se accede a la medina más antigua de Fez, del siglo IX.

La famosa Puerta Azul, por la que se accede a la medina más antigua de Fez, del siglo IX. / Alfredo Guardia

Adentrarse en la medina más antigua, la del siglo IX, es dejarse atrapar por un laberinto de 9.400 calles (mil de ellas sin salida). Imprescindible acudir con un guía, a no ser que prefiera la aventura de llevarse un día entero intentando volver al punto de partida (que suele ser la Puerta Azul). Esta ciudad aún mantiene la tradición medieval de que cada barrio esté organizado en función de los gremios: carpinterías, telares, metal, mármol y, por último, las curtidurías de piel con las típicas pozas donde los tintes naturales suponen el triunfo del color. Y del olor (hay que acudir con una mata de perejil para soportarlo). También hay calles para degustar la comida tradicional a precio económico.

Si lo acompaña un guía, le adentrará por recovecos (en los que se pasa rozando las paredes) donde vive la población autóctona. Verá a niños en la calle jugando a la peonza. Al escondite. Ajenos al ocio digital que impera en los menores de la cultura occidental.

Las famosas curtidurías de piel de Fez. El triunfo del color. Las famosas curtidurías de piel de Fez. El triunfo del color.

Las famosas curtidurías de piel de Fez. El triunfo del color. / Alfredo Guardia

En este laberinto de color y olor hay que detenerse delante de dos edificios. El primero de ellos es la universidad Al Qarawiyyin, la primera del mundo, creada por una mujer, Fátima al-Fihri. Aquí estudió el filósofo judío Maimónides. El segundo es el mausoleo del fundador de la ciudad, Mulay Idrís. Aproveche, cuando se lo permitan, para asomarse al interior de alguna vivienda. Le sorprenderá el contraste con el exterior, donde todos los inmuebles presentan un aspecto homogéneo. Austeridad que nada tiene que ver con la suntuosidad de dentro. Reflejo de un estilo de concebir la sociedad que aún se mantiene viva en esta medina, donde las clases altas y bajas conviven en un mismo barrio y sólo hacen alarde de su estatus económico en el ámbito privado.

Como última sugerencia, con la puesta del sol, acuda a algunos de los montes que rodean la ciudad para observar desde ellos las impresionantes vistas que le brindan. Comprenderá entonces toda la belleza que encierra Marruecos, el país vecino que está a una hora de vuelo. La fascinación a 60 minutos.

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