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Porque la vida se mueve

La Escuela Andaluza de Salud Pública compila en una web más de 338.00 gráficos y 12.000 mapas para analizar la evolución de los fallecimientos

A. Pedrosa / Granada

El nuevo atlas interactivo de mortalidad en andalucia, 26 de marzo 2009 - 01:00

Nombrar las cosas es domesticar la realidad, porque crea una imagen manejable de la existencia. Pero, a veces, los trazos del dibujo no se corresponden con el modelo. Y hay consecuencias. Eso es lo que ocurre cuando se infieren conclusiones incorrectas de datos, en principio, correctos. Eso es lo que ocurre cuando se manejan inadecuadamente las estadísticas relacionadas con la salud en general y con la mortalidad en particular. La Escuela Andaluza de Salud Pública (EASP) ha echado su cuarto a espadas en este asunto y, desde la premisa de que no merece la pena torturar estadísticas, ha puesto en marcha el Atlas Interactivo de Mortalidad en Andalucía (AIMA), el primero que en España incorpora un sistema integrado de información geográfica y que ofrece una visión de los datos dinámica y no estática, más parecida a un vídeo que a una foto fija, en armonía con el ritmo natural de las cosas; porque la vida se mueve.

Más de 12.000 mapas y 338.000 gráficos de tendencias para 19 causas de muerte por grupos de edad, sexo y municipio de residencia, incorporados a una web interactiva. Ése es el material que ha manejado el responsable inmediato del proyecto, Ricardo Ocaña, profesor de Estadística del Área de Salud Pública, Promoción y Prevención de la Salud de la EASP, que coordina Luis Andrés López.

El enfoque tradicional de los atlas de mortalidad por áreas pequeñas (como son las comarcas o los municipios) parte de la base de la recopilación de datos sobre los fallecimientos y sus causas agregados en un periodo determinado de tiempo. Y presume que la población de la que se habla es fija y permanente, a pesar de que la gente se mueve y no es infrecuente que el fallecimiento de alguien acaezca en un lugar diferente al de su nacimiento o al del empadronamiento.

Toda esa información es útil en función de para qué se utilice. Desde la EASP defienden que no se puede extrapolar al presente la foto fija resultado de sumar informaciones de diversos años. Y alertan, desde luego, de los riesgos de malinterpretación. No tanto en el ámbito de los científicos como en el del discurso político y la percepción social de las cosas. Un ejemplo clásico, muy conocido en Andalucía, es el de la asociación general entre presencia de determinadas industrias y más muertes por cáncer en el suroeste de la comunidad. Los expertos de la EASP no niegan que la contaminación influya en los procesos oncogénicos, pero rebaten la asociación directa, sin demostrar, entre determinados agentes cancerígenos y la mortalidad por tumores en una comarca, visualizada mediante mapas; una asociación que estaría basada, además, en datos que no hablan de la evolución de la mortalidad a lo largo de los años, sino en una imagen fija. Es lo que los técnicos denominan la falacia ecológica: establecer, ante un hecho dado en un contexto, determinadas relaciones de causalidad atendiendo a que varios fenómenos se dan al mismo tiempo. De la misma manera que posicionarse contra la falacia ecológica implica negar relaciones de causa-efecto ante determinados problemas de salud, tampoco, por coherencia, se pueden atribuir a la intervención política, basándose en ese tipo de datos, mejoras en el estado de salud de una determinada población. Y toda esa sensatez corre el riesgo de derrumbarse cuando esos datos entran en la liza del debate político o de la reivindicación social.

Por eso, el proyecto de la EASP, además de regenar de cualquier uso torticero de los datos, pone sobre la mesa información bajo una óptica inédita: la de la evolución, la del cambio. A fin de cuentas, la de la experiencia de la gente. Si se siguen en el AIMA, año a año, los datos de mortalidad de los municipios andaluces desde 1981, se ve con claridad que una gran mayoría (en concreto, un 95%) han ido convergiendo en los indicadores hacia la media española. Si se analizan cortes de edad, esa convergencia con el perfil medio español persiste, con la excepción de las personas mayores, que, en general, tienen peores indicadores que sus contrapartes de la estadística nacional. Es aquí donde surge la tentación de la falacia ecológica si se pide a los datos respuestas que no pueden dar. Como atribuir esos peores indicadores de los mayores andaluces a las condiciones de vida de décadas atrás o asignar a, por ejemplo, la política social de los gobiernos autonómicos la convergencia con la media española. En este punto, dicen los responsables del AIMA, lo científico es no sacar conclusiones, sino plantear hipótesis de trabajo que sirvan a otros grupos de investigación.

La principal utilidad del AIMA es que permite seguir el movimiento de las manchas de mortalidad a lo largo de los años, de ahí que los expertos lo vean como un estímulo para hacer preguntas, para generar hipótesis. Pero no para inferir consecuencias. Conscientes de que este proyecto (que ya ha recibido diversos reconocimientos científicos) va a ser tenido en cuenta, comentado y, también, criticado, los expertos de la EASP ligados a esta iniciativa siguen trabajando en ella, como si estuvieran en una especie de versión beta permanente. Para añadir fortaleza informativa a la recopilación de datos, los investigadores andan ahora ocupados en afinar en la calidad de los reportes relativos a los registros municipales de fallecimiento y al establecimiento de las causas de muerte en cada persona.

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