Por qué los centros de datos en el espacio de Elon Musk son una mala idea
El magnate, que fusiona SpaceX y xAI, anuncia que lanzará un millón de satélites para convertirlos en centros de datos, mientras ingenieros y astrónomos lo consideran un despropósito
La Fiscalía de París registra las oficinas de X en Francia y cita a Elon Musk a declarar
Una de las noticias de la semana, a medio camino entre la tecnología, la ciencia y la economía, fue el comunicado en el que Elon Musk anunciaba la fusión de dos de sus empresas (SpaceX adquiría xAI) y de paso prometía lanzar al espacio una constelación de un millón de satélites para convertirlos en centros de datos orbitales.
Una declaración alocada y exuberante, como la mayoría de las que provienen del magnate surafricano, que se presentaba como el visionario que lleva la inteligencia artificial al espacio para salvar a la humanidad del colapso energético.
La fusión de SpaceX y xAI, que podría salir a bolsa el próximo junio con una valoración de 1,25 billones de dólares, podría haber sido un buen punto de partida para esa historia.
Pero la realidad tardó poco en estropearle el día. Unas horas después no solo tenía que enfrentarse al registro de las oficinas de X en París y a una citación de la Fiscalía francesa por Grok, sino que ya se acumulaban las críticas de ingenieros y expertos del sector espacial, cuestionando abiertamente si la propuesta técnica de Musk tiene algún sentido más allá del powerpoint.
Su propuesta de lanzar un millón de satélites adicionales para crear esa infraestructura orbital tampoco fue muy bien recibida, por motivos que tienen que ver no solo con la observación astronómica, sino con el tráfico.
Los centros de datos espaciales: física vs marketing
La idea suena bien: llevar los servidores al espacio, donde hay energía solar constante, refrigeración gratis gracias al frío del vacío, y capacidad ilimitada de expansión. El problema es que la física es más compleja que un comunicado de prensa.
La energía
Empecemos por la energía. Musk argumenta que el espacio ofrece energía solar "casi constante" y que eso resolverá el problema del consumo energético de la IA.
Es cierto que en ciertas órbitas heliosíncronas los satélites pueden estar iluminados casi permanentemente. Pero generar energía no es magia. El mayor sistema solar jamás desplegado fuera de la Tierra es el de la Estación Espacial Internacional: sus paneles cubren unos 2.500 metros cuadrados y generan entre 84 y 120 kilovatios en condiciones ideales.
Para poner esto en perspectiva, un solo rack de servidores GPU de alto rendimiento puede consumir entre 40 y 80 kilovatios.
Según los cálculos de un ex ingeniero de la NASA con experiencia directa en infraestructura de IA en Google, igualar la capacidad de un centro de datos terrestre mediano requeriría lanzar cientos de estructuras del tamaño y la complejidad de la ISS. Y cada una equivaldría apenas a unos pocos racks de servidores terrestres.
Los generadores nucleares utilizados en el espacio, los RTG, producen entre 50 y 150 vatios, ni siquiera lo suficiente para alimentar una sola GPU moderna. La alternativa nuclear no resuelve nada.
La refrigeración
El segundo mito es la refrigeración. Se repite como un mantra que el espacio es frío y que eso facilitaría disipar el calor de los servidores. Pero eso es, según múltiples ingenieros consultados por medios especializados, una de las ideas más engañosas de todo el debate.
En la Tierra, la refrigeración se basa en la convección: el aire o el agua se llevan el calor. En el vacío del espacio, la convección no existe. Todo el calor debe eliminarse mediante radiación, un proceso mucho menos eficiente que exige radiadores gigantescos.
El sistema de control térmico activo de la ISS es buen ejemplo: una red extremadamente compleja de circuitos de amoníaco, bombas, intercambiadores y radiadores gigantes. Y aun así, su capacidad de disipación está en el orden de decenas de kilovatios.
Refrigerar el calor generado por GPUs de alto rendimiento en el espacio requeriría radiadores todavía mayores que los paneles solares que las alimentan. El resultado sería un satélite colosal, más grande y complejo que la ISS, para realizar una tarea que en la Tierra se resuelve con mucha más sencillez.
La radiación
Luego está la radiación. En órbita, la electrónica está expuesta a partículas cargadas que pueden provocar errores de bits, reinicios inesperados o daños permanentes en los chips.
Las GPUs comerciales no están diseñadas para el espacio. La solución es el blindaje, que añade peso y, por tanto, coste de lanzamiento.
El mantenimiento
Y el mantenimiento no es posible con la tecnología actual: cuando un servidor falla en órbita, simplemente se pierde. En la Tierra, un técnico puede reemplazar un componente en minutos. En el espacio, cada fallo significa lanzar un satélite de reemplazo.
Los costes de lanzamiento
La viabilidad económica de todo esto depende de una revolución en los costes de lanzamiento que aún no se ha materializado. Algunas estimaciones hablan de umbrales de unos 200 dólares por kilogramo para que los centros de datos espaciales puedan competir económicamente con los terrestres.
Ese escenario se apoya en cohetes totalmente reutilizables como Starship, que todavía no han demostrado esa capacidad a escala operativa. El coste actual con Falcon Heavy ronda los 1.500 dólares por kilogramo. Mientras tanto, las energías renovables terrestres siguen abaratándose y los sistemas de almacenamiento mejoran año tras año.
La constelación del millón de satélites: un problema astronómico
La propuesta de Musk de lanzar un millón de satélites adicionales para crear esa infraestructura orbital genera otro tipo de preocupaciones, esta vez relacionadas con la sostenibilidad del espacio orbital mismo.
La constelación Starlink ya ha sido objeto de críticas por parte de astrónomos que señalan que los satélites interfieren con las observaciones telescópicas del cielo nocturno. Multiplicar esa cifra por cien podría tener consecuencias impredecibles para la investigación astronómica.
Pero el problema va más allá de la contaminación lumínica. Existe un riesgo real y creciente de lo que se conoce como síndrome de Kessler: una reacción en cadena de colisiones que podría hacer inaccesibles ciertas órbitas durante décadas.
Cada colisión genera fragmentos que aumentan la probabilidad de nuevas colisiones y, con millones de satélites en órbita, la gestión del tráfico espacial es todo un desafío.
Musk menciona en su comunicado que el plan "se basará en estrategias ya aplicadas por la compañía, incluida retirada al final de vida", pero una constelación de esa magnitud tensaría al máximo la gestión de basura espacial, coordinación y seguridad operacional. No existe actualmente un marco regulatorio internacional preparado para gestionar infraestructuras de esta escala.
La coordinación de espectro radioeléctrico, responsabilidades legales en caso de colisión, y el cumplimiento en múltiples jurisdicciones no se resuelven con ingeniería: requieren acuerdos geopolíticos complejos que podrían tardar décadas en negociarse.
"Ad Astra", concluía Musk en su comunicado, hacia las estrellas. Mientras tanto, los ingenieros siguen señalando que los centros de datos espaciales no tienen sentido económico ni técnico con la tecnología actual y los astrónomos continúan advirtiendo sobre los riesgos de saturar aún más la ya poblada órbita terrestre con millones de satélites adicionales.
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