Toros

Aguado para el tiempo y Perera sale en hombros en Santander

Pablo Aguado, en una media verónica. en la plaza de Santander Pablo Aguado, en una media verónica. en la plaza de Santander

Pablo Aguado, en una media verónica. en la plaza de Santander / Pedro Puente / Efe

El diestro Miguel Ángel Perera, con dos orejas, fue el triunfador de la tarde de hoy en Santander, en la que El Juli sumó otro trofeo y en la que Pablo Aguado, aun sin tocar pelo, paró el tiempo con su toreo excelso.

Amplio y largo esqueleto el del primero de Domingo Hernández. Profusa y extensa la labor de El Juli, que aplicó seda y temple desde el inicio por delantales, acompañando una embestida enclasada pero lastrada por la poca fuerza de un burel que se gastó mucho empujando con los riñones en el caballo.

Comenzó afianzándolo el Juli, aliviando por alto al colorado. Hasta que lo atacó. Una de naturales en una loseta y, ya, la muleta dejada en la cara sin solución de continuidad para ligar: Cuatro Caminos rendido al temple y a la ciencia del de San Blas, que aseguró el espadazo y el primer trofeo de la tarde.

De manos largas y más alto de cruz el cuarto, que pasaba, sin más, sacando la cara por encima del palillo. Sin entregarse hasta el final. El Juli lo pasó de muleta y lo mató con solvencia.

Planeó en el capote de Javier Ambel. Galopó luego en el quite por saltilleras de Miguel Ángel Perera y en el planteamiento novilleril de los pases cambiados por la espalda de rodillas.

La nobleza superlativa del 'garcigrande' encontró contrapunto en series diestras impecables. Profusas, profundas y ligadas. De total acople, que no fue tal a izquierdas, por donde le faltaba un tranco. Tan aparentemente sencillo y fluido todo, tan dócil la embestida, que faltó un puntito de transmisión. De calambre. Y así quedó satisfecho el personal con la oreja tras una estocada inapelable.

De menor calidad fue el quinto. Casi nunca fue hasta el final ni se salió de los vuelos. Perera se esforzó por prolongar un viaje las más de las veces corto. Lo logró por momentos. Afanosa y larga labor. Con sus altibajos. El aviso sonó antes de entrar a matar, como en el toro anterior. La estocada un punto caída desató una petición mayoritaria, atendida.

'Veronés' sacó al caballo de picar que montaba Mario Benítez más allá de las rayas. Fijeza en el peto, a su altura natural la cara. Que soltaba en la muleta de Pablo Aguado. La Banda Municipal interpretó una marcha procesional. No pasó un quinario Aguado, pero tampoco llegó al éxtasis. Tardeaba finalmente el toro, que se venía a veces por dentro.

Y se paró el tiempo en el saludo a la verónica al sexto. Aguado meció el capote. Con el mérito y dificultad que tiene reducir así la velocidad a un toro de salida. Más despacio es imposible torear. Naturalidad y compás, ritmo y cadencia que no tuvieron continuidad en el quite, algo frustrado. Para entonces el toro se había partido el pitón izquierdo.

Comenzó yéndose más allá de los vuelos de la muleta, que voló Aguado con alada magia. Con grácil verticalidad. Pero el toro fue a menos. Faltó empuje. La torería desbordada del sevillano no encontró la adecuada respuesta en el motor finalmente gripado del de Garcigrande.

Los naturales de frente y a pies juntos, recetados de uno en uno, trajeron los ecos de Manolo Vázquez hasta que se produjo el desarme. Y el pinchazo. Que fue metáfora de una tarde de medias tintas. Del cartel estrella de la Feria, que ofreció un brillo tenue.

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