Campos de Llerena, semilla de valor

El novillero llerenense Tomás Campos, en una ceñida manoletina, dejó una gratísima impresión en la Maestranza sevillana.
Luis Nieto

13 de mayo 2013 - 01:00

Tomás Campos, Campos de Llerena -por ser el lugar donde vino al mundo-, guarda en su corazón la semilla del valor sereno, primera y fundamental para que germine un torero. Ayer, en la arena de la Maestranza, ante un encierro serio de Conde de la Maza, fue el novillero con mayor disposición en lo que supuso su debut con picadores en el coso del Arenal. Con una espada contundente, hubiera conseguido dos orejas a ley en la plaza sevillana, en lugar de sendas vueltas al ruedo, muy merecidas. La exigencia de la presidenta ante la petición del público en el que cerró plaza, no resta un ápice a una actuación muy completa y en modo alguno debe tocarle la moral. Es más, puestos a exigir, algunas de las orejas concedidas a figuras últimamente en la plaza sevillana tienen menos valor que las vueltas al ruedo de un chaval que se estrenó con nota alta. Sus compañeros, Miguel Ángel Moreno y Roberto Blanco, que también debutaban, con varias lagunas, se marcharon de vacío.

Tomás Campos, que en su turno de quites al segundo ya apuntó sus ganas con unas chicuelinas muy ajustadas, se las vio en primer lugar con el ejemplar menos voluminoso de la novillada. Un animal con unas velas muy astifinas, que apretó a lo largo de su lidia y que resultó exigente en la muleta. El novillero pacense, que había lanceado con garra a la verónica, apostó fuerte. Con la diestra, tiró bien en una tanda. En la siguiente, se le quedó el cornúpeta debajo y aguantó lo suyo. Y en otra posterior, el astado lo arrolló sin contemplaciones. Manejó bien la izquierda, para alargar la reticente embestida. Y ya con la derecha, completó una serie en la que empalmó hasta cuatro muletazos y el de pecho. Las cuatro manoletinas del epílogo fueron de infarto para escuchar una nueva ovación. Acariciaba premio. Pero el novillo no cayó tras un pinchazo hondo arriba, que precisó de un descabello. Todo quedó en su primera vuelta al ruedo.

Con el sexto, con motor, volvió a demostrar firmeza y capacidad. Quietud y zapatillas atornilladas para hilvanar muletazos meritorios con la diestra. Con la zurda tragó y acabó entre los pitones. De nuevo, asustó en el cierre de su faena, en esta ocasión con unas bernadinas muy ceñidas. La suerte suprema fue como un calco de la anterior: otro pinchazo hondo arriba y un descabello. En esta ocasión, el novillo tardó en caer. Flamearon pañuelos. El torero paseó nuevamente el ovalado ruedo maestrante en su segunda y triunfal vuelta al ruedo.

Miguel Ángel Moreno, con menos tablas, se vio desbordado por el que abrió plaza, un novillo largo, vareado, huido de salida y en el primer tercio, que desarrolló genio y resultó peligroso en la muleta. El torero, con voluntad, intentó un trasteo en el que faltó mando. Para colmo, estuvo muy desacertado con los aceros.

Con el castaño cuarto, un novillo que resultó un toro en cuanto trapío, Moreno se mostró más decidido ante las embestidas inciertas del condeso y concretó una labor voluntariosa, que en esta ocasión remató de un único espadazo.

Roberto Blanco, seguro en la suerte suprema, solventó su estreno sevillano sin conseguir brillar. Ante el segundo novillo, bien armado, realizó una labor con solvencia y oficio, que acabó en arrimón, pero que no caló en los tendidos.

Con el quinto, otro astado con problemas, la labor de Blanco resultó muy dilatada, pero sin intensidad artística.

Si todo crece paso a paso y más si es buen orejero -como decía el maestro Cañabate a aquellos toreros que sabían escuchar-, con los consejos de profesionales -ayer su apoderado, Francisco Rivera Ordóñez, no sólo le alentó, si no que marcó las pautas de la lidia de los novillos a la cuadrilla-, éste Campos de Llerena puede germinar en buen torero. De momento, posee la semilla fundamental: el valor natural.

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