Care Santos. Escritora

"Aspirar a la originalidad es inútil"

La autora narra una saga familiar en la Barcelona modernista en 'Habitaciones cerradas', su obra más ambiciosa y una reflexión sobre "la debilidad de nuestro legado"

Braulio Ortiz | Actualizado 06.04.2011 - 10:20
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Care Santos presentó ayer su nuevo libro en la Biblioteca Infanta Elena, dentro del ciclo 'Letras Capitales' del Centro Andaluz de las Letras.

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Care Santos (Mataró, 1970) quería escribir sobre "la debilidad de nuestro legado", sobre la inconsistencia de la memoria que dejamos y la fiereza con la que el olvido lo carcome todo. ¿Quién conoce, por ejemplo, el nombre de sus bisabuelos? "Y si te sitúas en la mitad de la cadena es peor todavía: los hijos de mis hijos no sabrán cómo se llamaba mi madre", señala la escritora con pesadumbre. La incógnita de "qué queda de nosotros" marcó la gestación de Habitaciones cerradas (Planeta), la obra más ambiciosa de la narradora hasta la fecha. Una saga familiar ambientada entre la Barcelona de finales del siglo XIX y principios del XX y que inicia su acción en el presente, cuando Violeta Lax, directora del Art Institute de Chicago, recibe una misteriosa carta desde un pueblecito del Lago Como, un texto por el que sabe que su nombre está incluido en el testamento de una mujer que no conoció. Hay otra razón por la que Violeta viajará a Europa: para visitar el palacete barcelonés donde vivió su abuelo, un pintor de renombre internacional, y enfrentarse a los secretos que esconde la historia de sus antepasados.

La cantidad de escenarios y de episodios que recoge la narración hace que a la propia Santos le cueste definirla. "Cuando se me ocurre una novela extensa como ésta se me ocurren en realidad dos o tres. Escribir un libro es buscar la forma de que esas historias aparentemente inconexas se crucen", observa. Componer el rompecabezas, esta vez, no fue fácil: la barcelonesa llegó a deshacerse del borrador "el día que cumplí los 40 años", pero sus lectores de confianza, por fortuna, pudieron revisar el texto y la animaron a continuar. "Yo me vanagloriaba de no sufrir mientras escribo, y en esta he sufrido muchísimo. Pero he aprendido", expresa, "que hay que ambicionar, que vale la pena".

Santos juzgaba "una locura" retratar una ciudad como Barcelona, ya descrita en otras ocasiones con mano maestra. "Cuando estás con una historia, el diablo quiere que te des cuenta de la cantidad de autores que han tratado el mismo tema que tú. Pero", opina, "hay que hacer oídos sordos, porque aspirar a la originalidad es inútil". Y además había una serie de lugares y personajes que echaba en falta en la literatura, como los grandes almacenes El Siglo -que ardieron en un incendio el día de Navidad de 1932- o la figura de Francesc Canals Ambrós, conocido como el Santet de Poble Nou y aun hoy venerado por sus poderes curativos en el cementerio que alberga sus restos. La época le permite adentrarse igualmente en el movimiento espiritista, cuyos integrantes le interesaban "no sólo por lo que tenían de visionarios, por esta cosa del más allá que es muy simpática, también por lo que tenían de librepensadores, era gente muy avanzada que pedía el voto femenino, la libertad de culto y otras cuestiones muy modernas".

Entre las reflexiones que propone Habitaciones cerradas, hay una mirada a cuanto de impostura esconde la creación. "Violeta pretende reconstruir la memoria de su abuelo a través de su obra, pero el arte no es la memoria: lo que hace un artista no es su vida, sino la parte que quiere que conozcamos, una falsedad". La pintura de Amadeo Lax sirve a Santos para denunciar la falta de compromiso de los políticos en la conservación y la defensa del patrimonio artístico. La autora defiende que "una de las responsabilidades de los creadores es que debemos ser críticos con las administraciones. La cultura ya no importa ni para ganar votos", asegura Santos, indignada con unos "politicuchos" que "nos desgobiernan más que gobernarnos".

Aunque algún lector pueda identificar en Habitaciones cerradas pasajes y motivos muy cinematográficos, Santos se siente más deudora de los textos teatrales que de cualquier guión para la gran pantalla. "A los autores que leemos teatro se nos nota en los diálogos y en la construcción de personajes. Me fastidia cuando me dicen que es una novela muy cinematográfica. Creo que la literatura tiene la obligación de buscar un lenguaje propio, y yo me preocupo mucho de eso, de que tenga un estilo literario y no audiovisual", observa.

Sobre su futuro, esta autora prolífica y versátil, ganadora del Ateneo Joven y finalista del Premio Primavera, descarta seguir por mucho tiempo con los libros infantiles -"ahí no puedo estar en primera división, lo sé"- pero alternará su obra para adultos con las narraciones juveniles, porque "me identifico mucho con el apasionamiento de los adolescentes, su forma de ver el mundo". Y se mantendrá atenta al juicio de los lectores, porque sabe que los autores "de repente se vuelven tontos. Espero no estar en ese momento, pero llegará un día en que haré algo que no esté a la altura, e iré para atrás y no para adelante. Por ahora creo que voy hacia adelante".
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