Una vida de apariencia
El personaje
"A ver si os portáis bien". Jenaro Jiménez Hernández se dirige de esta manera a los dos periodistas que cubrieron el juicio por estafa por el que fue condenado a dos años de prisión y que, al final, se convirtió en el motivo de su segunda fuga. Jenaro siempre ha sido un tipo echado para adelante, con mucha locuacidad y, por lo tanto, no podía desaprovechar la oportunidad para lanzar una recomendación a los periodistas en los juzgados.
El empresario gaditano llevaba desde el año 2009 saliendo en los medios de comunicación un día sí y otro también debido a su desaparición cuasi novelesca, sino fuera porque en este periplo quedaban demasiadas víctimas en el camino. Jenaro Jiménez se había convertido en un personaje famoso pero posiblemente no del modo que le hubiera gustado a una persona que siempre quiso aparentar más de lo que era.
Desde su época de juventud en el entorno del Opus siempre se caracterizó por ser un tipo fanfarrón que no pasaba desapercibido. Hasta para buscar una identidad falsa en Paraguay se buscó un nombre de alta alcurnia, Alvaro Domecq y Colón de Carvajal.
Jenaro Jiménez siempre pensó que estaba llamado a grandes gestas y por ello no se conformó con llevar una vida de empleado en la oficina de su padre sino que en una época de pelotazos inmobiliarios decidió sumarse al carro del boom del ladrillo, para lo que se valió también de algunos socios que pusieron denuncias contra él también por apropiación indebida y estafa entre otras cuestiones cuando apareció 16 meses después de simular su muerte en aguas de Tarifa.
En esa transformación de oveja a lobo también se metió en un negocio de petróleo pero acabó estafado en Rusia y lo intentó con la hostelería, pero como casi todo en lo que se metía se iba quedando a medias.
Jenaro no sólo quería aparentar más ante la sociedad gaditana, ante sus amigos y la familia sino que también ante los bancos necesitaba hacer ver que tenía una situación solvente que realmente no tenía. Para ello, tal y como apareció literalmente en un informe de la Policía Nacional, había falsificado todo tipo de documentación económica para obtener financiación mediante créditos.
Jenaro simuló su propia muerte para romper con su vida anterior, la del empresario fanfarrón y el padre de familia que había sufrido la pérdida traumática de un hijo, que tenía otro de apenas siete años y que venía otro en camino, porque la que era su mujer estaba embarazada de ocho meses.
Pero detrás de ese escenario con coche abandonado y aleta flotando en el agua, había demasiadas evidencias que a la Policía le daba en la nariz que aquello había sido una fuga en toda regla. Así, además de la desaparición de los 47.000 euros, había realizado numerosas extracciones de dinero en los días previos a su salida y había contratado en los últimos meses hasta 14 seguros de vida. Las denuncias de los acreedores fue la puntilla.
En Paraguay montó su propio negocio de vinos y mantuvo una relación sentimental con una mujer que en su día ganó un concurso de belleza, Miss Boquerón, con la que tuvo una hija en su papel de Álvaro Domecq.
Pero desaparecer de la faz de la tierra no es tan fácil y la Policía lo localizó en Paraguay, que lo convenció para que volviera a España a entregarse y cumplir con la Justicia. Sin embargo, seis años después Jenaro vio que las cosas se iban a torcer y no quería volver a la cárcel en la que estuvo durante un mes de manera preventiva desde que regresó a España.
Jenaro ya tuvo una primera orden de detención cuando todavía no se había fugado, ya que era imposible entregarle las certificaciones de los juzgados. En aquella ocasión estaba en Chiclana y lo único que quería era hacerse el remolón. Lo de ahora ha sido mucho más serio y a su condena se le puede añadir el agravante de la fuga.
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