Disney no es país para lingüistas
Síndrome expresivo 100
Los creativos de Disney siempre han jugado en sus campañas publicitarias con la emotividad de los mensajes y la construcción de imágenes cautivadoras para envolver al espectador en un mundo de magia, fantasía y experiencias personales puras. Un mundo multicolor teñido de purpurina, donde los clientes (previo pago) silencian por unas horas el fragor de la existencia para disfrutar de un paraíso artificial inmaculado.
Por supuesto, es obvio que el pequeño de la casa nunca olvidará la visita a un parque temático de la multinacional norteamericana. Es innegable el impacto de las innumerables atracciones inverosímiles, los espectáculos deslumbrantes y los fuegos de artificio imposibles. En este punto, nada que objetar. El problema se plantea cuando a un lingüista le da por mover un poco el inquieto cerebro y empieza a calibrar la paradoja de todo aquel tinglado empresarial luminoso, orientado al lucro económico a través de la infantilización de la conducta y el lenguaje de los adultos.
Supongo que algunos doctos lectores me tacharán de carca y aguafiestas impenitente, de amargado profesional y recalcitrante; de pseudoerudito de la nada sin corazón. Tal vez tengan razón o quizás me dé igual. No obstante, mi objetivo es señalar una paradoja en las formas de comunicación típicas del siglo XXI. Si nos detenemos a reflexionar un momento, nos daremos cuenta, casi al instante, de que el uso precoz de la tecnología está provocando que los niños dejen de ser niños cada vez antes. Si no me creen, prueben a leer los mensajes de Whatsapp de un alumno de diez u once años o el historial de búsqueda en cualquier dispositivo. Mal asunto, bro. A este problema se le suma uno aún más grave: el vacío léxico y sintáctico en los diálogos de los puretas y carrozas, disfrazados con las orejas del archiconocido ratón sonriente.
Según el nobel Mario Vargas Llosa, “vivimos en una época en que todo debe ser divertido, fácil de consumir, ligero, y, sobre todo, desprovisto de profundidad. El lenguaje ha seguido este camino, y se ha vuelto una herramienta más de entretenimiento que de pensamiento”. O lo que es lo mismo, muchos mayores de cuarenta años se pasan el bibi calentito del peque de la casa, mientras desayunan con las imágenes del último y sangriento bombardeo del loco de turno. ¡Es que a mi gordi lo vuelve loco la mermelada de frutas del bosque edénico! ¡Mi cari adora las mantitas finitas para estar calentita con la estufita! No sigo que me caliento…
La lista de ejemplos es infinita y os juro que no deja indiferente a nadie que crea en el poder del espíritu crítico. Así, ya sea en el circo político (perdón a los profesionales de las artes circenses), en las agresivas campañas de manipulación publicitaria o en la escuela del “muac, muac. Diviértete, mi campeón. Pásalo superbién. Muac, muac”, los de arriba juegan a su antojo con los de abajo a través de un lenguaje despreocupado y digerible. A continuación, un pequeña muestra sin ánimo de ofender ni complicar la existencia a los lectores más susceptibles:
- El otro día me enteré de que la economía española juega en la “Champions League de las economías mundiales”. ¡Qué díver, my friend! ¡Somos ricos, Patricio! Pero, claro, como a mi mujer no le gusta el fútbol, tuve que explicárselo con palabras no tan crípticas y técnicas: “Mira, cari, es una noticia bomba. El presi lo que quiere decir es que “la economía española va como una moto”. ¡Ay, qué horror! ¡No vendrán vestidos de negro! No, bomboncito mío, no son los malvados hombres de negro. Además, conducen despacito para que no te despeines. ¡Eres mi héroe, George!”.
- Los publicistas son unos monstruos. Los truhanes saben que la peña mastica lo fácil y, además, paga por ello lo que haga falta. ¿Resultado? Una retahíla de mensajes breves y redondos para no estropear la experiencia. Por ejemplo, la orgía del colesterol y las cantidades industriales de azúcar en torno al Happy meal porque “tú lo vales” o el desafío a la tiranía del me gusta (“Me enfado, no salgo, no hablo, no como, no respiro y… ¡Me voy a la Mutua!”.
- En la escuela, te miran mal si hablas de exámenes (prueba escrita, mejor), si le mandas deberes a unos tíos de quince años (“¡invades la vida privada de mi niño!”), si evalúas con la calificación 0 o muy deficiente en lugar de “el logro de adquisición de la competencia clave es iniciado” o si cometes el error de aludir a la teoría del tema o los conceptos en lugar de “los saberes básicos”.
Consejo final
Kant alertó al ser humano de la necesidad de salir de la minoría de edad a partir del desarrollo del entendimiento propio. No cabe duda de que algunos lo consiguieron con el estudio diario y la fe en el poder de la razón. El problema surgió cuando algunos se dieron cuenta de que la mayoría pasaba del tema. Uno de ellos fue el criminal ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, quien defendía que “la propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos. Así, cuanto más grande sea la masa para convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental”. Tal vez yo no tenga ya el derecho de nombrar aquello que la mayoría no quiere oír. Vale.
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