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Adiós al tallista de un equipazo

Fallece a los 97 años Rafa Iriondo, entrenador artífice del título de Copa en 1977. Emblema del Athletic, fue mito del beticismo tras aquella final ante los rojiblancos.

Adiós al tallista de un equipazo
Luis Carlos Peris

24 de febrero 2016 - 22:15

Rafael Iriondo Aurtenetxea, uno de los emblemas futbolísticos de la posguerra y un icono en la historia del Real Betis Balompié, falleció ayer a la edad de 97 años. Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza fue lo que se dio en llamar la segunda delantera histórica del Athletic tras aquella de Lafuente, Iraragorri, Bata, Chirri y Gorostiza que en los años treinta colmó de plata la sala de trofeos bilbaína.

Rafa Iriondo jugaba de extremo derecho, estuvo en el Athletic desde 1940 a 1953 y era el único superviviente de aquella delantera que movía Panizo y que tenía en Telmo Zarra a un implacable ejecutor. Iriondo había nacido en Guernica el 24 de octubre de 1918 y ganó con los rojiblancos una Liga y cuatro Copas del Generalísimo. Fue internacional en dos ocasiones, en sendos amistosos que acabaron en derrota ante Eire y en aquella histórica primera vez que nos ganó Portugal, aunque le cupo el honor de haber conseguido el gol español.

Rafa Iriondo fue un futbolista que tenía en una técnica depurada su mejor cualidad. Su puesto lo dejó cuando emergió pujante un futbolista muy parecido a él, Arteche. Cuando dejó San Mamés en 1953 jugó una temporada en el Baracaldo para colgar las botas en 1955 defendiendo la txuri urdin de la Real Sociedad tras la retirada del mítico Epi.

Hizo el curso de entrenador y se hizo cargo del Athletic Club en 1968 sustituyendo a su amigo del alma Piru Gaínza. Y se estrenó ganando la Copa de 1969 al Elche, lo que no fue suficiente como para seguir en el banquillo de San Mamés. En Bertendona, la sede de Athletic Club por aquel entonces, entró la fiebre de ir a los ancestros britanizando el club de arriba abajo contratándose a un entrenador del prestigio de Ronnie Allen. A Iriondo le ofrecieron ser la mano derecha del inglés, que ejercería de mánager, pero se negó en redondo y salió de San Mamés muy contrariado.

Entrenó a la Real Sociedad, al Zaragoza aquél de paraguayos como Ocampos, estuvo una temporada en el Athetic y llegó al Betis en una situación bastante convulsa. Otoño de 1976 y el entrenador del Betis ha de marcharse. Las autoridades húngaras reclamaron la vuelta de Ferenc Szusza, aquello no tuvo forma de arreglarse y José María de la Concha pensó en el vasco como sustituto.

Era un Betis muy cimentado por Szusza y Rafa Iriondo iba a darle un plus de solvencia mediante la calidad y el fútbol combinativo. Los entrenamientos con él eran espectaculares mediante el protagonismo del balón. Enamorado de las condiciones de Antonio Benítez, lo bajó varios metros y una tarde de invierno cerrado en Heliópolis decidió darle cancha a un joven extremo del filial llamado Rafael Gordillo Vázquez, que, precisamente, cumplía 59 años el mismo día en que murió el hombre que lo hizo debutar.

Y el Betis, que había despedido a un entrenador sacándolo a hombros del estadio, se encontró con un sustituto que iba a sacarle al equipo todo lo que encerraba en sus adentros. Esa 76-77 pudo el Betis hasta ganar la Liga tras haberle ganado al Real Madrid en casa y en el Bernabéu, pero una mala noche ante el Málaga como local sería mortal. Claro que el premio gordo no tardaría en llegar y sería, precisamente, frente a su equipo de toda la vida.

La final de la primera Copa del Rey propiciaría que Rafa Iriondo entrase para los restos en el Olimpo bético. Aquel 25 de junio de 1977 quedó grabado en oro para los béticos tras los dos goles de López a servicios de Cardeñosa y una tanda penaltis interminable que culminaría con la parada legendaria de Esnaola a Iríbar.

En la Recopa sería memorable la eliminatoria con el Milan de Albertosi, Capello y Rivera con gol decisivo de Javier López en San Siro. Exhibición grandiosa en el Olímpico de Lepzig y una encerrona en Rusia que el bueno de Rafa quiso arreglar a grito pelado en el aeropuerto moscovita de Sheremetyevo reclamando la presencia inmediata de Leonidas Breznev, el omnímodo inquilino del Kremlin.

Esa temporada hubo una tarde crucial en Carranza. 12 de febrero y el Betis golea al Cádiz, pero pierde a uno de sus puntales para lo que queda de curso, Antonio Benítez. La ausencia del genial jerezano sería mortal para una plantilla cogida con alfileres y que se fue de Rusia a Murcia sin solución posible. Se fue Iriondo por la puerta de atrás, pero sin un reproche de nadie. Era tan querido por los béticos que cuando, en septiembre de 1981, Luis Aragonés tiró la toalla a causa de unas migrañas insufribles, el Betis volvió a tirar de Iriondo. Fue destituido a cuatro partidos del final y sustituido por Pedro Buenaventura, que devolvería al equipo a competición continental.

Se le ha ido al beticismo un hombre emblemático, bueno y muy peculiar. Parecía su gabardina parte de su cuerpo, tuvo en Megido y en Ladinszky sus mayores tormentos y confiaba en la palabra de Pepe Núñez sin dudarlo. Cuando el Betis iba a Bilbao, él no faltaba y se plantaba en el hotel Villa de Bilbao, a tiro de piedra de su casa, para visitar a esa gente que le dio la satisfacción más grande de su vida, la primera Copa del Rey. Esas visitas se dieron durante mucho tiempo, justamente hasta que en la expedición bética ya no figuraba su mejor amigo en el vestuario, Vicente Montiel Cortés. Descanse en paz un hombre bueno y un entrenador excepcional.

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