Pecado de inocencia (1-0)
Liga bbva. Villarreal - Betis
Un Betis al que el Villarreal le cede el balón se muestra impotente y, además, regala la jugada del gol rival. Ni con otros 90 minutos añadidos hubiera sido capaz de inquietar a Diego López.
Al Villarreal de Juan Carlos Garrido apenas le queda el nombre, el escudo y algún jugador como Borja Valero de ese equipo que se presentaba como alternativa a los grandes. El técnico ha asumido su inferioridad ante tanto contratiempo en forma de lesión para plantear un estilo de juego alejado de su patrón de antaño, que disgusta a su gente pero que le sirve para arañar esa victoria ante el Betis que tanto necesita para conseguir la tranquilidad.
El cuadro verdiblanco, que trató de reinventarse de forma parecida durante su racha de derrotas, no sabe convertirse en un equipo de contragolpe. Esa incapacidad para colocarse otro traje diferente a cuando comenzó la Liga le está costando puntos. Ayer, sin ser excesivamente inferior a su contricante, como casi siempre durante las derrotas, acabó perdiendo después de un error infantil de Beñat al que no supieron corregir sus compañeros. Una simple pérdida de balón le ocasionó un daño irreparable. Y es que este Betis de Mel, ahora mismo, se muestra incapaz de perforar la portería contraria pese a que sea dueño de la pelota y del campo durante casi todo el partido.
Tras la experiencia de Cornellà, el Betis se pidió a sí mismo no perder su sello de identidad, ése que le indica que debe salir desde el primer minuto a adueñarse del balón. Pero en El Madrigal equivocó su objetivo. Y es que el conjunto de Juan Carlos Garrido, en una situación aún más delicada que la bética, jugó a contraestilo, o al menos radicalmente diferente a como pregona. Desde que Muñiz Fernández decretó el inicio, el equipo amarillo le cedió la pelota a los de Mel que, con ese pecado de inocencia que le llevó a estar seis jornadas si ganar, se dedicó a sobarla sin profundidad alguna y, lo que es peor, a arriesgarla en zonas donde el rival le podía crear peligro. Así, en el único acercamiento del Villarreal, exceptuando las jugadas a balón parado, Borja Valero adelantó a los suyos. Beñat, desaparecido no se sabe si por su distinta ubicación o por una falta de frescura física, se apresuró a enviar un balón a tierra de nadie que facilitó la rápida contra local. Dos toques de Hernán Pérez, una pantalla de Marco Ruben con una apertura a la izquierda donde Borja esperaba para superar con una sutil vaselina a un Casto que no tapaba portería. 1-0 y enésimo encuentro que el Betis de nuevo se planteó con el marcador en contra.
Los restantes 25 minutos del primer tiempo sirvieron para exhibir la incapacidad de este Betis para generar peligro. Rubén Castro, una sombra de lo que fue, no pisaba área; Pozuelo se perdía en sus intentos de ayudar en la creación; y el trío de centrocampitas dominaba la pelota donde su contricante lo prefería, a 40 metros de la portería defendida por Diego López. Un disparo de Iriney, que el meta villarrealense despejó a saque de esquina, fue casi el único acercamiento bético, demostrando la incapacidad de ese once para asaltar a un Villarreal que se bastó con pertrecharse sobre su campo.
Ni las entradas de Matilla, con más movilidad que en anteriores ocasiones, de Jefferson o de Santa Cruz enmedaron ese Betis plano y sin pegada que acumula un gol en ocho jornadas. Un pobre bagaje para un conjunto que tampoco tiene la defensa como su mejor virtud, que ofrece espacios y ocasiones al rival por su propio modus operandi.
Aseguran los que mandan en el club que el puesto de Mel no corre peligro, que a su Betis no le faltan ni actitud ni compromiso, que los rivales no le pasan por encima, pero esa inocencia que exhibe en cada jornada ya le cuesta demasiados puntos. No se trata de renunciar al estilo, ni mucho menos, pero sí debe aprender a realizar la lectura correcta de los partidos. Cuando un rival como el Villarreal, con una grada incluso más nerviosa que la bética, te cede el terreno de juego en su propio estadio no se le puede facilitar que te haga daño al contragolpe, como ocurrió en el gol de Borja.
Un disparo de Iriney, un quiero y no puedo de Rubén Castro o dos internadas de Pozuelo o Jefferson representan un pobre bagaje para un equipo que llevó siempre el peso del partido. Los equipos ya han descubierto su punto débil, esa falta de contundencia en las áreas y bien que se están aprovechando de esa virginidad, que diría Bosch, de este inocente Betis.
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