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El clave es sevillano (también)

Casal & Núñez | Crítica

Javier Núñez y Alejandro Casal en el Espacio Turina / Luis Ollero

La ficha

Casal & Núñez

**** Clave en Turina. Alejandro Casal y Javier Núñez, claves.

Programa: A due cembali

Johann Ludwig Krebs (1713-1780): Concerto a II Cembali obligati, Krebs-WV 840 [c.1753]

Jean-Philippe Rameau (1683-1764): Concierto V de las Pièces de Clavecin en Concerts [1741]

Antonio Soler (1729-1783): Concierto nº6 en do mayor de los Seis Conciertos de dos Órganos Obligados R.463 [1770]

Luigi Boccherini (1743-1805): Cuarteto en fa menor Op.26 [Op.32] nº6 G. 200 [1778]

Manuel Castillo (1930-2005): Introducción y Pasacalles para clave a cuatro manos [1985]

Lugar: Espacio Turina. Fecha: Viernes 19 de mayo. Aforo: Un cuarto de entrada.

No tienen el nombre ni la trayectoria como solistas de los grandes clavecinistas internacionales que han visitado Sevilla en los últimos meses, pero los sevillanos Alejandro Casal y Javier Núñez llevan toda su vida trabajando con grupos de primerísimo nivel (la OBS y la Accademia del Piacere, por ejemplo, se benefician de su trabajo desde hace muchos años) y en proyectos diversos en los que muestran de continuo sus innumerables virtudes musicales. El Turina los reunió para un programa singular, ya que no hay mucho repertorio para dos claves y la fórmula no se emplea con frecuencia. Feliz reunión.

Con dos copias de instrumentos alemanes del siglo XVIII, acaso más robusto y potente el Christian Vater de Casal que el Michael Mietke de Núñez, ofrecieron un recital que ya desde el inicio mostró sus poderes: virtuosismo infatigable, capacidad para escucharse y un trabajo detallado para diferenciarestilos, matizar dinámicas y contrastar tímbricas (lo que no era demasiado fácil, porque los dos instrumentos se parecen mucho en este sentido). Krebs marcó la pauta desde el mismo arranque del recital: tres movimientos, cada uno dominado por un carácter: contrapuntístico el primero, melódico el segundo, rítmico el tercero, y ya, ahí, una riqueza en los diálogos y en las ornamentaciones ciertamente fastuosa. En Rameau, las texturas se complicaron (es lo normal en Rameau), pero la sensación llegó a ser hipnótica en La Marais, una gavota convertida en un auténtico magma sensual y expresivo, mientras que en Soler el contraste se planteó entre un arranque en el que el mejor Scarlatti parecía haberse hecho ya pura melodía clásica, estirada en un fraseo de enorme elegancia, y el virtuosismo desmedido de las variaciones del minueto, tocadas por un arrollador impulso, que casi dio vértigo.

Aún quedaba un Cuarteto de Boccherini en una curiosa transcripción, con un minueto grácil y leve, casi una parada en el camino, una bocanada de aire fresco antes del colosal colofón con una obra serial de Castillo que fue interpretada con una nitidez y una transparencia soberbias. Hay un enorme trabajo detrás de este proyecto, un dúo que, por el bien de la música sevillana, debería consolidarse. Bravo.

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