L'Arpeggiata | Crítica

Pilares para el belcanto

L'Arpeggiata en concierto L'Arpeggiata en concierto

L'Arpeggiata en concierto / Michael Uneffer

La trayectoria de L’Arpeggiata, uno de esos conjuntos que ha hecho del crossover barroco el fundamento de su éxito, no parecía ajustarse demasiado a un programa centrado en la figura de Francesco Cavalli, aquel discípulo de Monteverdi en quien recayó la tarea histórica de llevar el primer estilo de la ópera, el del cantar parlando, a la brillantez del belcantismo.

Pero Christina Pluhar domina a la perfección los mecanismos de la escena y del espectáculo y supo aunar con inteligencia el rigor que exigen las breves pero expresivas arias de Cavalli con los habituales recursos de su estilo, desplazados a la música instrumental, ritornelos, sinfonías (a veces, extendidos) y alguna danza, como la Chacona de Cazzati, usada para ese desprejuiciado juego de semiimprovisación cercano al ambiente jazzístico que el conjunto tanto frecuenta.

En la parte vocal, dominó la tradición interpretativa de esta música (acaso sobraron los excesos de la percusión), expuesta en el color lleno de matices del continuo y las disminuciones de los violines y la corneta de Doron Sherwin, siempre muy presente.

Y dominó por encima de todo la voz limpia, clara, luminosa, el estilo elegante y la capacidad tanto para el jocoso sarcasmo (aria de Satirino de La Calisto) como para la profundidad dramática (lamento de Casandra de La Didone) de Lucía Martín, esplendorosa en las agilidades y aún más en la declamación. Muy diferente Céline Scheen, voz más trasera e impostada, menos clara e inteligible, cuidadosa especialmente con los matices dramáticos, como en esa versión abreviada del Che si può fare de Barbara Strozzi intercalada entre cavallis.

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