Málaga cantaora
Paco Vargas hace en su nuevo libro un recorrido por la historia y las formas del flamenco malagueño desde el siglo XIX hasta hoy
Paco Vargas. Almuzara. 375 páginas.
La relevancia de Málaga en el flamenco cabe en una sola palabra, malagueña, que es uno de los estilos más ricos, tanto en el aspecto emocional como en el formal, de la baraja flamenca. O en unos cuantos nombres: Juan Breva, el cantaor más popular de su tiempo. El Canario y la Trini, que firman algunas de las melodías más bellas de este arte. Rocío Molina, flamante Premio Nacional de Danza a sus 26 años. Estamos ante una obra muy ambiciosa pues analiza los cantes oriundos de Málaga y repasa concienzudamente la historia de este arte en la provincia, desde mediados del siglo XIX hasta hoy mismo. Los dos primeros capítulos tratan sobre las formas flamencas malagueñas: el primero dedicado al sustrato folclórico y otro a los estilos puramente jondos. Entre los cantos y danzas folclóricos destaca el ritual de los verdiales, auténtica celebración de vida y ceremonia de fertilidad, que ha llegado a nosotros desde una lejana edad de oro. Fandangos propios, como verdiales, jabegotes, jaberas y varios estilos de rondeñas, por un lado, y malagueñas, por otro, son los estilos flamencos más característicos de Málaga. Lo cierto es que la segunda mitad del siglo XIX fue una etapa áurea del flamenco en esta zona, con un importante número de creadores de estilos de malagueñas entre los que destacan La Trini, El Canario, El Perote y Paca Aguilera. Obviamente, no fueron los cantaores oriundos de Málaga los únicos creadores de variantes melódicas por malagueñas, de manera que Vargas se ocupa ampliamente de las figuras de Antonio Chacón y Enrique el Mellizo, jerezano uno y gaditano el otro. Otros cantaores, jiennenses (El Personita), gaditanos (Fosforito) o sevillanos (Fernando el de Triana) también crearon estilos por malagueña que analiza concienzudamente el autor de esta obra. El libro se ocupa de los tangos de la zona, los atribuidos a la Repompa y los creados por el Piyayo. También analiza de forma pormenorizada el vínculo de otros estilos como la liviana, la serrana, el polo y la caña, con Málaga.
Tres son los capítulos sobre la historia y el presente del cante malagueño. Vargas hace un profundo estudio sobre el fenómeno de los Cafés de Cante Flamenco, aludiendo la negativa visión que la prensa de la época ofrecía de estos locales. El capítulo dedicado al siglo XX se articula, con buen criterio, en torno a las biografías de los principales intérpretes de Málaga: Juan Breva, El Pena, Paca Aguilera, Cojo de Málaga, El Pena Hijo, Antonio de Canillas, La Cañeta, El Chino, etc. Lo más interesante, a mi juicio, además de los datos biográficos que ofrece Vargas, es el análisis que hace de las discografías de estos cantaores. El capítulo del baile está centrado en la época actual, con nombres tan jóvenes como importantes: Luisa Palicio y Rocío Molina entre otros. También podemos considerar a la actual una época dorada del toque malagueño si pensamos en Daniel Casares, Paco Javier Jimeno, Antonio Soto, etcétera.
El capítulo dedicado al flamenco actual se completa con una breve reseña de los festivales, concursos y peñas que hoy funcionan en Málaga, difundiendo este arte a lo ancho de toda la geografía provincial. Tampoco se olvida Vargas de dar cuenta del importante papel llevado a cabo por los tablaos de la Costa del Sol en lo que se refiere a la difusión y mantenimiento del flamenco en Málaga.
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