Varda o el arte como cine
Un recorrido por la exposición que dedica el CAAC a la mítica 'abuela de la nouvelle vague', la primera individual que realiza en un museo español.
Las dos orillas de Agnès Varda. Agnès Varda. Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (Avenida de Américo Vespucio, 2), Sevilla. Hasta el 31 de marzo.
Una foto encontrada entre las páginas de un libro o suelta, en una caja donde las demás están cuidadosamente ordenadas. La foto es un enigma: reconocemos el lugar pero no recordamos por qué se hizo, quiénes son las personas que hay en ellas y qué están haciendo. Pero la imagen está ahí, como un testimonio de algo que indudablemente ocurrió y nos llamó la atención. Podría empezar así un filme de intriga, como Blow Up: el fotógrafo avista una pareja que se oculta en la espesura de un parque. No es lo que parece: la foto desmiente el aparente encuentro amoroso y levanta en cambio acta de un asesinato. Antonioni unió en su filme dos ideas, una surrealista y otra sobre la fotografía. La surrealista, tomada de un cuento de Cortázar, habla de vínculos afectivos que se celan a la mirada: las babas del diablo, esos hilos brillantes que abundan en el campo en primavera, sirven de metáfora a esos vínculos tan ocultos como la diminuta araña que genera aquellas fibras. La reflexión sobre la fotografía procede de Roland Barthes: una foto suele recoger cosas sabidas de la vida diaria, pero puede de repente mostrar algo extraño, inusual, intrigante que parece punzar la mirada. Agnès Varda recoge estas tradiciones modernas (Cortázar, Antonioni, Barthes) en su breve filme Les gens de la terrasse. Era en efecto La Terraza de Le Corbusier donde tomó la vieja foto, en 1956, y vuelve a ese enclave cincuenta años después. Nos muestra la instalación de cámaras, raíles para el travelling y la llegada de los actores que se convierten de inmediato en personajes. ¿Desvelará el filme algún misterio? Varda prefiere la ironía. Con ella mira cariñosamente la foto y la propia tradición moderna.
La terraza de Le Corbusier está ante el mar y es éste el protagonista de las dos instalaciones de la muestra. Orilla del mar (2009) reúne fotografía, cine y un poco de arena. La imagen fija precisa el vibrante romper de una ola y la filmación marca en el suelo el ir y venir de las aguas. En la otra instalación, Las viudas de Noirmoutier (2005), hablan trece mujeres. Todas perdieron al marido en el mar y cuentan cómo era y cómo es su vida, cruzada por la pérdida. Una vista de la playa, donde las mujeres andan en torno a algo que recuerda a un altar, ocupa la pantalla central. A su alrededor hay otras pantallas desde las que habla cada mujer. Auriculares individualizados permiten oírlas. Estas pequeñas pantallas son catorce. A las trece viudas de Noirmoutier se incorpora la propia Agnès Varda, que desde su lugar guarda silencio.
Hay en la muestra otros autorretratos de Varda, tocados esta vez con una gota de humor. En uno de ellos, fechado en 1949, la fotografía, una vez revelada, se ha cortado en pequeños trozos y esos fragmentos se han ordenado como si fueran teselas de un mosaico romano. Otra fotografía asimila a la autora, en 1962, a una comitiva de un cuadro de Gentile Bellini. La tercera, Autorretrato quebrado (2009), recoge el rostro de la autora reflejado en pequeños espejos que dispersan las facciones de la cara.
Cuenta la exposición además con dos documentales y un espacio para televisión. ¡Hola cubanos!, producido en 1962-63 recoge con un brillante ritmo los esperanzados primeros años de la revolución cubana. Hay dosis de heroísmo (¿cómo si no oponerse a la dictadura de Batista y al desembarco en la bahía de Cochinos?) pero sabiamente combinado con sensualidad y humor. Así se pensaba la utopía en aquellos años. Más analítico es el documental de 1968, Panteras Negras, centrado en las luchas de los afroamericanos por hacer valer su identidad y en la represión que siguió al asesinato de Martin Luther King. El aficionado hará bien en compararlo con el amplio trabajo fotográfico de Alfred Lonidier que puede encontrar en la red.
Distinto es el sketch televisivo hecho en 1975 para Antenne 2 TV que había pedido a varias realizadoras que dijeran en siete minutos qué es eso de ser mujer. Varda responde de manera directa y clara desde el plano mismo con que inicia su trabajo. Mujeres que hablan de su cuerpo, del sexo, de cómo se las ve a su pesar y de qué modo querrían ser vistas. Una chica embarazada y desnuda es la expresión más acabada de la alegría de vivir.
Con esto casi se completa la muestra. El casi no es baladí. Queda por reseñar una obra que Varda no hizo pero que eligió y es sabido el valor que desde Duchamp se concede a la elección del artista. La exposición se desarrolla a lo largo de un claustro y frente a las obras se abren ventanales que dan a recogidos patios ocupados casi por completo por un árbol. Los ventanales suelen estar cubiertos con un store que tamiza la luz. Varda eligió sin embargo el árbol. Sus ramas marcaban el paso de la luz y de las horas. Debía formar parte de la muestra. El store quedó alzado.
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