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Pájaro en el alambre | De Libros

Con prólogo de Ahmed Burić, 'Pájaro en el alambre' (Sajalín Editores) recoge los mejores relatos de "ese talento roto" que fue el sarajevo Dario Dzamonja

El escritor Dario Dzamonja (Sarajevo, Bosnia, 1955 - 2001). / D. S.

La ficha

'Pájaro en el alambre'. Dario Dzamonja. Traducción de Marc Casals. Prólogo de Ahmed Burić. Sajalín Editores. 167 páginas. 18,50 euros

Hace un par de años Sajalín Editores publicó Cartas desde el manicomio del escritor bosnio Dario Dzamonja (Sarajevo, 1955-2001). Dio uno cuenta aquí, en estos mismos papeles, de aquellos relatos escritos por quien fuese llamado en los ambientes como “el Bukowski nostálgico de Sarajevo”. En el prólogo a este otro Pájaro en el alambre, Ahmed Burić recoge también el elogio que Miljenko Jergović, el gran escritor posyugoslavo, le dedica a ese talento roto que fue Dario Dzamonja, esencia del Sarajevo urbanita y contracultural, aquella capital inquieta y viva que existió antes del asedio y de la guerra. Le honra decir a Jergović que debe buena parte de su aprendizaje como escritor al Nobel Ivo Andrić y a Dario Dzamonja. Y añade: “Andrić describió maravillosamente la desgracia ajena, mientras que Dzamonja lo hizo con la suya propia”.

Minimalista, autobiográfico, conciso, melancólico, descarnado, vitriólico. En parte carveriano, a Dzamonja hay que leerlo como lo que fue en su rincón balcánico: un prescriptor de la nada. Exploró los garitos tabernarios de Sarajevo lo mismo que revisitaba una y otra vez los bajos fondos de sí mismo. El fatalismo oriental eslavo permea también su literatura. Murió alcoholizado, pero ya antes había muerto como apátrida y como retornado. Su mundo bohemio –y golfemio– había desaparecido ya con la atroz guerra de Bosnia. En Cartas desde el manicomio ciertos relatos hablaban del vacío que envolvía al inmigrante balcánico en aquellos Estados Unidos de finales de los 90. Dzamonja logró escapar del asedio de Sarajevo gracias a una hermanastra. Se instaló como pudo en Estados Unidos y ejerció varios oficios diversos e intermitentes. En 1998 regresó a la ciudad del río Miljacka para verse reflejado él mismo en la pavorosa destrucción de su ciudad. Ahora la nostalgia y el subterfugio del alcohol y la noche sólo mostraban los orificios de la balacera. Sarajevo, aquella taifa por libre en la Yugoslavia socialista, sólo era ya un queso gruyere cercado por campos de muertos.

Ahmed Burić resalta las notas que definen su estilo literario. Minimalismo. Desnudez sombría. Autoparodia. Desamparo. Tuvo especial agudeza y oído para registrar lo que escuchaba en la calle, entre vecinos fisgones o en el bareto donde empinaba el codo y empeñaba la vida. Dzamonja nació para el fatalismo. Su padre se suicidó y su madre lo abandonó. Se crió con su abuelo paterno (presente en relatos como Un talento hereditario). Su abuela había fallecido siendo él un crío (también la recrea en Visita a unos parientes con posibles).

Con esta mochila sobre el espinazo, no se le pedía a Dario Dzamonja que escribiera bondades orientalistas sobre el Sarajevo de la era de los turcos otomanos, sobre el crisol de las culturas o sobre la pátina mestiza, a caballo entre oriente y occidente, que envolvía a la ciudad como parte de la niebla en este punto frío, enigmático y contaminado de los Balcanes. Uno diría que en sus relatos hay como un fondo de ternura hacia los caídos, los derrotados y los expulsados de la convención de la vida. Él fue uno de los que hizo de avanzadilla cual pájaro en el alambre, como en la canción de Leonard Cohen: “Como un pájaro en el alambre, / como un borracho en un coro de medianoche, / he intentado, a mi manera, ser libre”.

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