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Crítica de Danza 'Romeo y Julieta'

El dinamismo de un clásico del siglo XX

romeo y julieta. Aalto Ballett Essen. Director Artístico: Ben Van Cauwenbergh. Música: Sergei Prokofiev. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Dirección Musical: Johannes Witt / Yannis Pouspourikas. Coreografía: Ben Van Cauwenbergh. Intérpretes principales: Breno Bittencourt, Yanelis Rodríguez, Davit Jeyranyan, Moisés León Noriega, Wataru Shimizu, Yuslemy Herrera León, Nwarin Gad, Denis Untila. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Jueves, 7 de enero. Aforo: Lleno.

En la tradicional cita con la danza con que el Maestranza comienza cada año tuvimos anoche la oportunidad de conocer al Aalto Ballet Teatro de Essen, un nombre que hace honor al célebre arquitecto que realizó su sede y que encierra a un conjunto extremadamente joven y homogéneo de bailarines, caracterizado por una formación técnica fuera de lo común.

El título elegido, Romeo y Julieta, les ofreció una partitura potente y casi cinematográfica, compuesta por Prokófiev en 1935 por encargo del Teatro Kiron, aunque tuvo que esperar algunos años para poder estrenarla, primero en Brno, en 1938, y luego, en 1940, en Lenigrado.

Siguiendo claramente la narración ideada por Shakespeare, la coreografía del belga Cauwenbergh se mueve con una libertad absoluta y aprovecha el material humano que posee para componer una pieza que rebosa dinamismo y, en las escenas de conjunto, una espectacularidad que la hace conectar con públicos de toda edad y condición.

En ese sentido, son ejemplares las escenas callejeras del segundo acto, con sus juegos de banderas -guiño a los abanderados de Siena y otras poblaciones italianas-, sus peleas de espadas y la irrupción de un acróbata en zancos cortos de muelle. Se repiten las citas de películas como West Side Story y se llega al punto más alto de dramatismo con la muerte de Mercucio y de un Tibaldo. (Moisés León Noriega) cuya arrogancia y expresividad se apoyan en una técnica extraordinaria. Incluso los personajes de carácter bailan sin cesar. Fray Lorenzo es aquí un joven sacerdote capaz de interpretar un hermoso paso a tres con los amantes y la nodriza nos regala una hermosa danza casi giróvaga, amén de unas escenas de mercado llenas de imaginación y comicidad.

Los protagonistas dibujan también una pareja llena de juventud y de vehemencia en la que el amor se convierte en el motor principal. La escena del balcón (o mejor de debajo del balcón) se podría definir como efervescente y la muerte final de ambos está a la altura del excelente relato.

También la escenografía que sube y baja resulta funcional en esta historia perfectamente contada y llena a rebosar de buena danza. Es lógico, sin embargo, que tal exuberancia de pasos vaya en detrimento de ese vuelo lírico que impregna otras versiones, como la inolvidable de Nureyev/Fontain de 1965, pero no cabe duda de que el público la disfrutó y la aplaudió calurosamente al final.

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