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Comesaña & Lapaz | Crítica

Javier Comesaña y Enrique Lapaz en el Espacio Turina / Micaela Galván

01 de febrero 2026 - 17:22

La ficha

COMESAÑA & LAPAZ

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Música de Cámara en Turina. Javier Comesaña, violín; Enrique Lapaz, piano.

Programa:

Manuel de Falla (1876-1946) / Paul Kochanski (1887-1934): Suite populaire espagnole para violín y piano [1914 / 1925]

Igor Stravinski (1882-1971): Divertimento para violín y piano, a partir de El beso del hada [1934 / rev. 1949]

Francis Poulenc (1899-1963): Sonata para violín y piano FP 119 (A la memoria de Federico García Lorca) [1942-43 / rev. 1949]

Maurice Ravel (1875-1937): Tzigane [1924]  

Lugar: Espacio Turina. Fecha: Domingo, 1 de febrero. Aforo: Un tercio de entrada.

Javier Comesaña (Alcalá de Guadaíra, 1999) es el gran violinista sevillano del momento. El joven volvió al Espacio Turina para un concierto extraordinario con obras bien representativas de la Francia del siglo XX. Desde la recreación del folclore español filtrado por el París de entreguerras hasta el neoclasicismo severo de Stravinski, pasando por la violencia expresiva de Poulenc y el virtuosismo caleidoscópico de Ravel, el recital ofrecía una panorámica coherente y nada complaciente del repertorio para violín y piano, con obras que exigen tanto solidez instrumental como una clara conciencia estilística. Desde el inicio quedó claro, además, que no se trataba de un protagonismo unilateral del violín. El acompañamiento de Enrique Lapaz fue siempre atento, flexible, con una sonoridad bien graduada, en escucha de su compañero, y con un sentido muy claro de la función estructural que le corresponde en este repertorio. Su manera de sostener el pulso, de articular los planos y de respirar con el violín contribuyó decisivamente a que el discurso del dúo fluyera con naturalidad incluso en los pasajes de mayor complejidad rítmica (y había unos cuantos) o textural.

Ya en la Suite populaire espagnole –título que dio Paul Kochanski a los arreglos que hizo de seis de las siete canciones populares armonizadas por Falla– Comesaña dio muestrs de la ductilidad de su instrumento, con un control del sonido y del color capaz de adaptarse al carácter de cada pieza . En los números más líricos –El paño moruno, Canción y una Asturiana particularmente lograda– el violín cantó con una dulzura exquisita, apoyado en un vibrato bien dosificado y en una afinación impecable. Resultaron especialmente llamativos los armónicos de Canción, emitidos con extrema seguridad y perfectamente integrados en el fraseo. Frente a ese recogimiento, Polo surgió como un auténtico grito, con ataques enérgicos y un sonido más rugoso, mientras que la Jota final desplegó un brillo incisivo y rítmicamente firme. El piano, siempre atento, sostuvo con solidez tanto los climas introspectivos como los momentos de mayor expansión sonora.

El Divertimento de Stravinski confirmó el excelente entendimiento entre ambos intérpretes. La limpieza del sonido y la exquisitez en la articulación fueron rasgos dominantes, al servicio de una construcción arquitectónica muy bien perfilada. Comesaña evitó cualquier tentación sentimental, apostando por una lectura sobria, casi ascética en algunos pasajes, que si bien pudo resultar algo seca en ciertos momentos, permitió que emergiera con claridad la lógica interna de la obra, magníficamente articulada por Lapaz. El control rítmico fue excepcional, especialmente en la Sinfonia, donde la precisión del engranaje entre violín y piano sostuvo el discurso con admirable fluidez.

La Sonata de Poulenc era acaso el momento expresivamente más delicado del concierto, por la compleja combinación de lirismo y épica que atraviesa una obra que pretende ser una especie de recreación de la muerte de García Lorca. Los movimientos extremos fueron abordados con energía y brillantez, subrayando los elementos descriptivistas insertos por el compositor –los disparos, la caída del cuerpo– sin veleidades sentimentales de ningún tipo, con un final más seco que dramático, apostando por el control más que por la teatralidad. El Intermezzo aportó el necesario contraste, con un canto más recogido y una atmósfera de honda melancolía.

Como cierre, la Tzigane de Ravel permitió al violinista desplegar un brillante virtuosismo con exquisito control de todos sus recursos (bariolage, trinos, dobles cuerdas, armónicos, pizzicati de mano izquierda...) y una amplia paleta de colores que empleó también con eficacia en la Habanera de Ravel de la propina.

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