Los jóvenes piden su sitio en el Barroco
JOVEN ORQUESTA BARROCA DE SEVILLA | CRÍTICA
La ficha
****Programa: Concierto para clave, cuerda y continuo en Re mayor BWV 1054 y Concierto de Brandeburgo nº 5 en Re mayor BWV 1050, de J. S. Bach; ‘Passacaille’ de la suite para clavecín en So, menor HWV 432, de G. F. Haendel; Concierto para violín y orquesta nº 5 en La mayor K 219, de W. A. Mozart. Violines solistas: Leonardo Waflar e Inés Maro Burgos Babakhanian. Clave: Guido García. Flauta: Pablo Fernández. Director: Valentín Sánchez. Lugar: Espacio Turina. Fecha: Domingo, 22 de febrero. Aforo: Lleno.
Tras diecisiete años de trayectoria, la Joven Orquesta Barroca de Sevilla ha pasado de ser un proyecto de esperanza a una realidad gozosa, a la vista de conciertos como el de hoy. Valentín Sánchez, incansable en su lucha por insuflar a los adolescentes estudiantes de música el virus del Barroco, ha conseguido en esta ocasión unos resultados magníficos. El empaste conseguido en las cuerdas en los dos conciertos de Bach fue excelente, con un sonido terso, aterciopelado, homogéneo, atento a los acentos y a los contrastes dinámicos, mediante una articulación exacta y una acentuación homogénea. En el concierto de Mozart, con un orgánico más nutrido en la cuerda, el sonido ya no fue tan igualado, con desencuentros entre los violines y con unas trompas y oboes de afinación variable. Guido García mostró ser ya más que una promesa: es un clavecinista de sólida técnica, de una claridad en el fraseo y de una madurez musical sobresalientes. Su cadencia en el Brandeburgo nº 5 fue espectacular, así como su “Passacaille” de Haendel. Hace unos años escuchábamos la misma cadencia a Irene Roldán, hoy una espléndida profesional nacida de las becas de los Amigos de la OBS y hoy la volvimos a oir en las manos de quien está llamado a ser un gran clavecinista, capaz de una lectura personal, detallada, clara y brillante de uno los momentos estelares de la escritura para clave.
Excelentes asimismo Waflar (otro talento en ciernes, con una articulación plenamente barroca y un sonido brillante) y Fernández (fraseo muy cuidado, controlando siempre el vibrato), además de García, capaces de sumirnos en un idilio bucólico en el Affettuso de Bach. Pero el asombro vino de una chica de dieciséis años, Inés Burgos, de una soltura y una madurez al violín asombrosas. Madrileña, formada inicialmente en el Pupitre Labde Córdoba y en la actualidad en la prestigiosa Menuhin School de Londres bajo la férula del gran maestro Robin Wilson. Su desparpajo y la naturalidad de su manera de tocar son desarmantes, se la ve disfrutar con la música, habla literalmente con su violín, la sonrisa siempre en su cara, feliz de tocar. El sonido está perfectamente definido en todos los registros y la técnica es soberbia, como se pudo comprobar en las diferentes cadencias del concierto de Mozart. Vibrato contenido, legato en sus justas dosis, trinos perfectamente definidos, riqueza de colores con sonido nítido en todos los registros. Su paso de la languidez controlada del minué a la energía del momento alla turca fue soprendente, con ataques enérgicos y cambios de cuerda límpidos. Atentos a su nombre: Inés Maro Burgos Babakhanian. Dará que hablar.
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