Estados Unidos en clave Kebyart
Kebyart | Crítica
La ficha
KEBYART
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Música de cámara en Turina. Kebyart: Pere Méndez Marsal, saxofón soprano; Víctor Serra Noguera, saxofón alto; Robert Seara Mora, saxofón tenor; Daniel Miguel Guerrero, saxofón barítono.
Programa: An American Counterpoint
Steve Reich (1936): New York Counterpoint, para cuarteto de saxofones y cinta pregrabada por Kebyart [1985]
William Albright (1944-1998): Fantasy Etudes [1993-1995]
Johann Sebastian Bach (1685-1750): Allein Gott in der Höh sei Ehr BWV 662 [1747-1748; arreglado por Kebyart]
Caroline Shaw (1982): Entr’acte [2011]
Dani López Pradas (1994): Echoing Rhapsodies - Homage to Gershwin [2025]
Lugar: Espacio Turina. Fecha: Martes, 10 de febrero. Asistentes: Unas 60 personas.
Formidable presentación sevillana del cuarteto de saxofones Kebyart en un programa concebido como celebración del 250 aniversario de la declaración de independencia de los Estados Unidos. Desde el primer compás quedó clara la solidez del conjunto: un sonido compacto y sustancioso, brillante sin estridencias, de gran claridad interna y con un control técnico que les permitió afrontar repertorios diversos sin perder su propia identidad (reforzada por la impecable uniformidad indumentaria del conjunto) ni la necesaria cohesión camerística de un programa como este. A ello se sumó una escucha atenta entre sus miembros, decisiva en un programa en el que el contrapunto, en sus múltiples acepciones, funcionó como eje estético y conceptual.
En New York Counterpoint de Steve Reich –homenaje oportuno a un compositor que cumple 90 años el próximo mes de octubre– resultó ejemplar el dominio del pulso y del engranaje rítmico, así como la precisión en el diálogo con la cinta pregrabada, siempre fluido y orgánico. Kebyart supo subrayar la lógica del proceso minimalista sin convertirla en mero ejercicio mecánico, manteniendo la tensión a través de la articulación, la graduación dinámica y una gestión muy medida del timbre. La superposición de líneas, la ambigüedad acentual y la sensación de movimiento continuo se resolvieron con una claridad que permitió percibir la arquitectura interna de la obra sin sacrificar su poderosa energía física.
Aunque en principio estaban programados cinco, de los Fantasy Etudes de William Albright se interpretaron finalmente cuatro números, suficientes para mostrar la riqueza de un lenguaje marcadamente poliestilístico. Brillaron especialmente los contrastes de carácter: los refinados juegos dinámicos de “Pypes”, con su escritura incisiva en imitación de las gaitas, inluidos esos complejos bordones de las voces internas (saxos alto y tenor); la suavidad casi contemplativa de “Harmonium”, sostenida por un empaste cuidadosamente equilibrado; y un final vertiginoso (“They only come out at night”) que evocaba, con ironía y energía, el imaginario de las series policiacas de los años cincuenta y sesenta, como si todos fuéramos en un coche patrulla botando por las calles de San Francisco en persecución de una banda de ladrones. Kebyart supo asumir ese cruce entre virtuosismo, humor y tradición sin caer en la caricatura, poniendo en valor la imaginación sonora de un compositor muy poco conocido fuera de su ámbito más local.
Bach ejerció de adecuada cuña en el inicio de la segunda parte. El arreglo del coral Allein Gott in der Höh sei Ehr permitió apreciar la limpieza de las líneas y la diafanidad del contrapunto logrado por el conjunto, sirviendo así admirablemente al fundamento histórico del programa. Bach situó al oyente ante la raíz de una forma de pensar la música basada en la independencia horizontal de las voces y su entramado, la idea que atravesó todo el concierto. Esa herencia reapareció transformada en Entr’acte de Caroline Shaw, quien partió de un guiño a Haydn (el minueto de uno de sus cuartetos), convertido aquí en un juego de distorsiones sutiles, que el Kebyart llevó a su terreno, pues la obra original es para cuarteto de cuerda, convirtiendo los silencios en columnas de aire sin afinar, en un discurso continuamente quebrado entre lo familiar y lo extraño.
Cerró el concierto una obra de Dani López Pradas encargada por el propio conjunto. El compositor catalán, él mismo saxofonista, imaginó el Gershwin pianístico –la Rhapsody in Blue, los Preludios, el Concierto en fa– revisitado a través de la mirada de un rapero actual (Kendrick Lamar), lo que derivó en una escritura muy idiomática para el conjunto, pero también exigente, permitiendo a Kebyart desplegar todo su abanico tímbrico hasta sonoridades cuasi sinfónicas. Un final expansivo, en punta, coherente para un concierto que entendió el contrapunto no solo como una técnica compositiva, sino como metáfora de una cultura musical diversa, permeable y en permanente diálogo consigo misma. Así la fueron presentando los distintos miembros del conjunto, que se alternaron en la explicación concisa y eficaz de las obras. Por cierto, siempre es buen momento para celebrar la riqueza de la cultura estadounidense (sí, también la política). Ellos, en uso legítimo de la sinécdoque, se llaman a sí mismos América. Bien está, porque América somos nosotros.
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