Alta intrahistoria

Koljós | Crítica

El nuevo libro de Emmanuel Carrère se sumerge en la genealogía de la familia para trazar un ambiguo y emocionante homenaje a su madre, la historiadora Hélène Carrère d’Encausse

Emmanuel Carrère (París, 1957).

La ficha

Koljós. Emmanuel Carrère. Trad. Juan de Sola. Anagrama. Barcelona, 2026. 448 páginas. 23,90 euros

Con Emmanuel Carrère nos pasa algo curioso: su personaje –porque el escritor, sin llegar a los extremos de su coetáneo Houellebecq, ejerce también de personaje– resulta a veces irritante, en parte por su impudor y sobre todo por su egomanía, pero al mismo tiempo es la decisión de convertir su vida e incluso su vida íntima en literatura lo que le da a sus libros una cualidad especial, que por encima del morbo y de las eventuales polémicas lo ha convertido en uno de los grandes narradores de nuestro tiempo. Al margen de la opinión que tengamos del género de la autoficción, del que estamos un poco saturados, hay que conceder que la prosa magnética de Carrère se impone por sí misma. Lo ejemplifica bien esta espléndida nueva entrega, Koljós, que continúa y amplía una de la historias contenidas en Una novela rusa (2007), la referida a su abuelo materno Georges Zurabishvili, desaparecido en el 44, de quien el nieto contaba entonces su oscuro pasado como colaboracionista –trabajó para los alemanes como intérprete– durante la Ocupación nazi en Burdeos, una revelación mal acogida por su madre que tardó en perdonarle que difundiera un “secreto” indecible. Y es su madre, la célebre historiadora Hélène Carrère d’Encausse, fallecida en 2023, la gran protagonista de esta fascinante investigación que abarca “un siglo y cuatro generaciones”, recorridos en busca de una verdad que no se alcanza del todo.

Por una parte, dicho con palabras de Carrère, el libro quiere ser un “monumento de piedad filial” que bebe del “amor sin límites que nos unió en mi infancia” y de una deuda inextinguible que se hizo aún más patente tras la pérdida. Por otra, el retrato de la madre no puede decirse que resulte favorecedor, dado que la prestigiosa experta en la Unión Soviética aparece como una mujer soberbia, mentirosa compulsiva, demasiado apegada a los honores y peligrosamente afín a las veleidades imperiales de la nueva Rusia. Su indulgencia hacia Putin sólo se rompió, recuerda su hijo, cuando el tirano, frente a los pronósticos de la propia Carrère d’Encausse, decidió invadir Ucrania. El escritor ofrece un retrato por lo tanto ambiguo que reconoce y celebra la severa grandeza de la madre, hasta su mismo final cuando recibe la muerte –el libro comienza con el funeral de Estado en los Inválidos, presidido por Macron– con una serenidad extraordinaria. En el intento por comprender su psicología arrolladora, Carrère no deja de mencionar los defectos, pero estos no disminuyen la admiración hacia la valía intelectual y el merecido ascenso de una hija de inmigrantes nacida en la precariedad, apátrida hasta que adoptó la nacionalidad francesa a los 21 años, convertida en una personalidad de referencia que ejerció con rigor y brillantez la secretaría perpetua de la Academia Francesa. Más tierno y conmovedor es el retrato del padre del escritor, Louis Carrère, felizmente opacado por su mujer, a la que adoraba, y cuyo trabajo de minucioso documentalista de la historia familiar ha sido para el hijo una ayuda inestimable.

El talento de Carrère convierte la pesquisa familiar en un viaje de autoconocimiento

Los orígenes rusos y georgianos nos sumergen en la azarosa constelación de expatriados que integraron la emigración de la Rusia Blanca, representada por personajes desarraigados, cultos y problemáticos, obligados a empezar de cero y no siempre con éxito. Si el propio padre de Hélène, Georges, encarna al inadaptado, su madre, la aristocrática Nathalie, será un ejemplo de dignidad viviente, pero están también los abuelos Zurabishvili, el hermano de Hélène, Nicolas, compositor y cómplice predilecto de Emmanuel, o la prima Salomé, presidenta proeuropea de Georgia. Un material humano impresionante, pero es el talento narrativo de Carrère lo que convierte la quête o pesquisa familiar en un viaje de autoconocimiento –“importa el lugar de donde venimos y lo que ha formado a quienes nos han conformado a nosotros”– que es también, por su profundidad y sus derivaciones internas, una meditación sobre las vicisitudes del siglo y un alto ejercicio de intrahistoria. En el aspecto puramente emocional, la imagen del título, una palabra del léxico familiar con la que la madre designaba el ritual de reunirse para dormir juntos, ella y sus tres hijos, durante los viajes de trabajo del padre, recoge aquel “amor sin límites” que a la vuelta del tiempo, pese a las imperfecciones y las diferencias, se ha vuelto invulnerable.

Emmanuel Carrere y Hélène Carrère d'Encausse.

Un cuarto Reich

“Mi madre siempre consideró que el yo era algo odioso, y el uso que yo hice de él no mejoró las cosas, por decirlo muy suavemente”, escribe Carrère. A la previsible inclinación por la tercera persona, “objetiva y académica”, se sumaba en el caso de la estudiosa la renuencia a mostrar su intimidad, un fondo que pese a su apariencia rocosa estaba dañado por el recuerdo de la tragedia de su padre, a quien la formación en economía y filosofía –“vivió como un paria y murió como un paria”– no le sirvió de mucho. En el fondo, sin embargo, y el escritor tiene la honestidad de reconocerlo, ambos, madre e hijo, compartieron el estatuto de celebridades, con muy diferentes estilos. En el último tramo del camino, la actual guerra de Ucrania –que obligó por fin a Hélène a tomar distancia del autócrata ruso– se sobrepone a la muerte de la madre y poco después del padre. El comienzo de la traicionera “operación militar especial” le coincide a Emmanuel con un viaje a Rusia, para participar en la adaptación cinematográfica de su otra novela rusa, Limónov, que contiene también páginas muy lúcidas sobre la deriva autoritaria de la nación postsoviética. En este punto, hay pasajes cercanos al reportaje que de hecho son reportajes, compuestos de vivencias sobre el terreno, opiniones contundentes –“La Z es la esvástica del putinismo”– y testimonios interpolados. La soñada tercera Roma, dice Carrère, sería más bien un IV Reich.

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