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Sevilla despide a Rafael Amador, el hombre que desobedeció a los géneros

RAFAEL AMADOR | Obituario

El guitarrista sevillano que inventó un territorio entre el flamenco y el blues se marcha dejando una música adelantada a su época y una forma libre, indomable y luminosa de entender el arte

Su guitarra seguirá sonando donde el compás quiera ser libre

Muere el guitarrista y compositor de Pata Negra, Rafael Amador, a los 66 años

Rafael Amador en el documental 'Dame veneno'

Rafael Amador Fernández nació en Sevilla en 1960, y desde pequeño supo que la música era su forma de respirar. Excepto para dejar este mundo ayer, antes de tiempo, nunca tuvo prisa por llegar a ninguna parte. Quizá porque, sin saberlo del todo, siempre iba por delante. De su tiempo, de las etiquetas, incluso de su propia leyenda. Tampoco creyó nunca en las fronteras. Ni en las de los estilos, ni en las del tiempo, ni siquiera en las de su propia biografía. En un mundo empeñado en ordenar la música en estanterías limpias, él prefirió vivir en un lugar donde el flamenco se manchara de blues y el compás se volviese eléctrico. Refiriéndose a su hermano y a él mismo, la Pata Negra, decía, con una mezcla de convicción y sorna, que “nuestra música estaba 25 años adelantada a su tiempo”. Era un diagnóstico sin nada de postureo. Veneno primero, Pata Negra después, fueron tormentas con fuertes lluvias que nos calaron de sonidos que entonces parecían herejía y hoy son patrimonio. La famosa blueslería no fue un invento intelectual, sino la música natural que salía cuando un gitano de Sevilla escuchaba a B. B. King sin dejar de oír a Camarón. Decía que le gustaba lo antiguo: Camarón, Miles Davis, Paco de Lucía; tres nombres que, como él, supieron mirar atrás para empujar el futuro.

Rafalillo tenía algo profundamente jondo cuando tocaba la guitarra y, al mismo tiempo, una ligereza casi infantil. En el escenario, y también fuera de él, huía del gesto solemne. “Está feo que yo lo diga, pero sonamos muy bien”, soltó una vez, riéndose un poco de sí mismo y mucho de los demás. Ese humor era también una forma de elegancia. Su trayectoria ha estado marcada por silencios largos, desapariciones sin comunicado y regresos sin épica. Nunca jugó a ser un personaje. Cuando volvió a los escenarios tras un tiempo apartado, lo explicó sin dramatismo: “Llevaba mucho tiempo sin tocar y a uno le entra el gusanillo”. Y añadió algo todavía más revelador: “Fue como volver a descubrir mi propia música”. Como si incluso para él, lo que había hecho siguiera siendo un territorio por explorar.

Presentación del rodaje del documental Las Tres mil, de la directora francesa Dominique Abel. En la imagen de I a D: Pepe El Quemao, Rafael Amador y Dominique Abel, junto a otros artistas

En estos últimos años, le llegaron reconocimientos desde lugares siempre ajenos a la industria musical, menos ruidosos, pero más sinceros. No concedió entrevistas ni buscó focos. Pero hace unos meses recibió el Premio Punjab, un reconocimiento tardío pero justo a una trayectoria que había cambiado la música española. No hubo grandes discursos ni alfombras rojas, solo la certeza de que su nombre ya estaba escrito donde no se borra. Con el respeto callado de los músicos que sabían que sin Rafael Amador el mapa sería otro. Y eso que siempre ha sido un hombre atravesado por su tiempo y sus excesos, aunque sin regodearse jamás en ellos. “La juerga ya se ha acabao. Estoy muy bien”, dijo en una entrevista que ya queda lejana, cerrando así una puerta sin necesidad de portazo. No buscaba redención pública ni ajuste de cuentas con el pasado. Prefería mirar hacia adelante, incluso cuando el cuerpo y seguramente las ganas ya no acompañaban. Su relación con Raimundo, su hermano, fue siempre leída desde fuera como conflicto, cuando en realidad fue tan compleja y viva como cualquier otra cosa importante de la vida. Él no necesitaba dar explicaciones ni alimentar relatos amarillistas ajenos, siempre decía que hablaban, que se llevaban bien. Al final, la sangre y la música siempre son más fuertes que cualquier distancia.

Rafael Amador se ha ido dejando una forma de entender la música como territorio libre, una lección silenciosa sobre la fidelidad a uno mismo y la incómoda certeza de que los verdaderamente modernos son los que llegan demasiado pronto. Él pertenecía a esa rara estirpe de artistas que llegan antes de que el mundo esté preparado para escucharlos. Y, aun así, tocan y cantan. Aunque duela. Aunque no vendan. Aunque no los entiendan. Ayer su guitarra calló, pero solo en sus manos. Porque seguirá sonando en cada músico que entienda que el flamenco no se protege encerrándolo, sino dejándolo salir a la calle, mancharse, mezclarse y volver distinto. Como hacía Rafael.

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