Las vanguardias de Diego Rivera

La Casa de la Provincia exhibe hasta final de octubre una treintena de obras que ilustran la asimilación del cubismo y otras corrientes europeas de principios del siglo XX por parte del pintor mexicano en su juventud

El comisario mexicano Luis-Martín Lozano, junto a una de las obras incluidas en la exposición, 'Retrato de M. A. Voloshin'.
Francisco Camero / Sevilla

08 de septiembre 2011 - 05:00

No es su etapa más conocida, y sin embargo no sólo representa un tercio de su obra artística sino que puede considerarse "definitoria". En 1907, el mexicano Diego Rivera, algo asfixiado por las expectativas que despertaba ya en su país y con una beca del Gobierno de Veracruz, llegó a Europa necesitado de estímulos nuevos, y los encontró en el balbuceo de las vanguardias, las cuales no tardarían ya en convertirse en un grito brutal sin el que no se podría comprender el arte en el siglo XX. Hasta el 30 de octubre, la exposición Diego Rivera, cubista. De la academia a la vanguardia (1907-1921) propone en la Casa de la Provincia un recorrido por una treintena obras concebidas en aquellas dos primeras décadas del siglo.

Procedentes de colecciones privadas de México y Estados Unidos, y de museos e instituciones públicas de diversos puntos del mundo, entre ellos el Museo de Arkansas, el Voloshin de Ucrania o la National Gallery de Washington, los cuadros han sido seleccionados por el historiador Julio Niebla y Luis-Martín Lozano, exdirector del Museo de Arte Moderno de México y una de los mejores conocedores del trabajo de Rivera y de la que fue su esposa, Frida Kahlo. Ambos son los comisarios de esta muestra patrocinada por Unicaja y que pudo verse este verano en Málaga.

Paisajes, bodegones y retratos componen un catálogo que ilustra el impacto que provocaron en el joven pintor las obras de Toulouse-Lautrec, Monet, Degas, Renoir, Picasso, Ingres y, en menor medida, Cézanne. Rivera se dejó empapar por un amplio arco de corrientes, desdel impresionismo al post-impresionismo, pasando por los neoclasicismos de vanguardia, el futurismo o el puntillismo. Pero fue con el cubismo con el que estableció una relación más fructífera. Muchas de estas obras -previas a la eclosión y la enorme repercusión internacional del muralismo, la faceta por la que es más conocido- no habían sido accesibles hata ahora a la mirada del público, por no haber sido cedidas antes por sus dueños.

Esta "primera exposición dedicada al arte europeo de Rivera", así hablan de ella sus organizadores, permitirá al visitante apreciar el "cubismo nada ortodoxo" de Rivera. Julio Niebla lo define como "diferente, fresco, salvaje y con un aire misterioso", así como bañado en una "maravillosa paleta de colores única y distinta a la de las obras del resto de los pintores" que frecuentaron esta estética.

"Fue un periodo entrañable para él. En esos primeros años en Europa su mirada se posaba en tantas cosas nuevas... También entonces se empezó a gestar su nostalgia de México", afirma Lozano sobre esta etapa de formación del artista. Su etapa en el Viejo Continente -que incluyó residencias de diversa duración en París, Brujas, Roma, Londres, Madrid y Gante, y que le deparó además su primer matrimonio, con la pintora rusa Angeline Beloff- supuso también para él en cierto modo la resolución exitosa de una apuesta personal de largo alcance.

Desde que contaba 11 años Rivera era alumno de la Academia de San Carlos, una de las más antiguas y prestigiosas del país americano. En ella afianzó pronto su reputación, hasta el punto de que había recibido en su adolescencia tantos premios, tantos halagos de críticos y colegas, que llegó a parecerle al artista, señaló el comisario, que "no había mucho más que hacer" en México. Y Europa significó, en este sentido, una elección: entre permanecer en su país y disfrutar de su promisorio futuro como pintor académico o recorrer Europa y perfeccionar y ampliar los lenguajes estudiados, eligió lo segundo.

España tuvo un peso muy importante en esta etapa. Vivió en Madrid y Barcelona, visitó múltiples ciudades. Ávido de triunfos, intentó colocar en la Exposición Universal del 29 La casona de Vizcaya, un óleo que ha tenido que esperar hasta estos días para poder ser visto en la ciudad, pues aquel intento no cristalizó. Y se interesó a fondo por el contraste entre la modernidad de muchos de los creadores españoles -también literarios, como Gómez de la Serna o Valle-Inclán-, y el pugnaz tradicionalismo del país donde se desenvolvían. En España aprendió, dice Lozano, que "un artista puede estar moralmente implicado" con su realidad, pero "expresar estéticamente ese compromiso desde la vanguardia".

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