¡Andalucía es mía! ¡No, tuya no, es…! ¡Mía, es mía!

Mientras la derecha proclama un andalucismo desacostumbrado que califica de moderno, la izquierda se revuelve reclamándolo como suyo.

María Jesús Montero y Juanma Moreno, en el Parlamento andaluz. María Jesús Montero y Juanma Moreno, en el Parlamento andaluz.

María Jesús Montero y Juanma Moreno, en el Parlamento andaluz. / Juan Carlos Vázquez

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Andalucismo es la palabra de la semana del Día de Andalucía. La derecha proclama un andalucismo desacostumbrado que tilda de moderno, y la izquierda se revuelve reclamándolo como suyo. ¿Habrá algo menos andaluz que esto? Ciertamente en 1977 y 1981 la derecha boicoteó el andalucismo, y todavía después, ejerció un andalucismo más o menos vergonzante mientras la izquierda daba la batalla. Eso sucedió hace cuarenta años. Los tiempos cambian, incluso una barbaridad como cantaba Don Hilarión en La verbena de la Paloma. También la izquierda de entonces era marxista y ahora no…. Parafraseando a aquel pensador francés, “si después de cuarenta años pensando sigues pensando lo mismo, es que no has pensado”. Ni la izquierda ni la derecha son lo que eran… afortunadamente.

El andalucismo, se dice, es una ideología y además de izquierda. Sí, ciertamente existe ese viejo andalucismo ideológico, que ahora puede defender el sector anticapi de Podemos, pero ese andalucismo, con hechuras de nacionalismo, no puede ser la coartada para patrimonializar Andalucía. El detestable espectáculo en Cataluña de buenos y malos catalanes, de autoridades dictando quién es o quién no, arrogándose el derecho a extender certificados de autenticidad como catalanes, debería servir de lección. Esa clase de nacionalismo difícilmente representa a Andalucía, y no por casualidad carece aquí de representación. Alguna lección debería proporcionar.

Existe otro andalucismo que no es una ideología sino un ideario, como existe el europeísmo. La actual derecha ha decidido disputar ese andalucismo, o al menos disputar que sea una bandera de la izquierda y no de todos. Es lo que debe hacer, aunque Juanma Moreno aún va a tener que animar a parte de su partido a asimilar bien esa idea. Y la izquierda va a tener que dejar de hablar de los años setenta para disputar el andalucismo del siglo XXI, no peleando por anhelos de hace 40 años sino por garantizar mejor los derechos de hoy en día. De hecho, los socialistas son responsables de grandes progresos después de tres décadas largas en el poder, pero exactamente por la misma razón son responsables de muchos lastres. Desde la oposición van a tener que reformular necesariamente su discurso.

Se intuye, de hecho, una ironía adversa para el PSOE: si Sánchez cede privilegios a Cataluña, estará atacando precisamente aquello por lo que Andalucía luchaba en 1980; y aún puede empeorar la cosa si Moncloa además ningunea o maltrata al Gobierno andaluz por ser del PP, y ya van varios desdenes al que se suma su viaje a La Rioja para demostrar que no sólo se va a Cataluña pero sin haber respondido aún ninguna de las tres cartas del presidente andaluz pidiéndole una reunión. El cambio de papeles estrecha el margen para la estrategia del PSOE.

De cualquier modo, el andalucismo es de todos. Un andalucismo genuino no puede ser excluyente, o no debería. Ya se sabe, “por Andalucía, España y la Humanidad”. Es mal síntoma que algunos cuestionen que los otros puedan tener su propio andalucismo, aunque no sea el mismo modo de entender éste. Para Andalucía no puede existir un pensamiento único, o un andalucismo único. Al andalucismo siempre hay que dar la bienvenida a quienquiera que se sume… o no será andalucismo.

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Las medallas son, desde hace décadas, parte del ritual del 28-F para reconocer el talento de la tierra. Es un buen punto de partida: se necesita talento y se necesita que éste sea reconocido por la sociedad. Siempre es un espectáculo alentador, y este año además la gala ha ganado ligereza.

Siempre, claro, habrá algo de polémica. Tal vez alguno de los homenajeados en 2020 no te guste, como podía suceder en 2018, o en 2007 o en 1996, o en 1985. Siempre podrá gustarte menos aquel banderillero, esta escritora o ese empresario; o pensar que había otro banderillero, otra escritora u otro empresario mejor. No pasa nada. El caso es que siempre se ha premiado el talento, y eso es bueno. ¿O alguien puede sostener realmente que alguno de los premios es injusto? Siempre se dirá que tal era afín o que tal era cuota, pero difícilmente negar su talento. De hecho, siempre hay algo miserable en esas rencillas.

Como dijo algún olímpico del pasado, las medallas no están hechas de oro sino de sudor. No hay un sólo premiado al que se la hayan regalado. Como decía aquel viejo y modesto aforista argentino, Narosky, un éxito inmerecido viene a ser como quien se encuentra una medalla… pero en las Medallas de Andalucía nadie tiene ésta como si se la hubiera encontrado abandonada en un contenedor o perdida en un parque. Vale, quizá haya demasiado flamenco y poco rock, demasiado cine y poca filosofía, demasiada ciencia por descubrir… como sucede en cualquier ranking, no digamos el Nobel sin ir más lejos. Pero no sobra nadie. Andar regateando méritos está feo. Al revés, hay que celebrar el talento y hacer meritocracia. Y además en vida. Si hay algo reprochable es tener que dar algunas, como a Chiquito o a Camarón, a título póstumo. Los honores en vida, como decía el maestro Manuel Alcántara, o ya solo son pompas fúnebres.

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La derecha, como categoría, al igual que la izquierda, puede ser inevitable pero siempre es reduccionista. ¿Es igual Ada Colau que Felipe González? ¿Es igual Ortega Smtih que Francisco de la Torre, alcalde de Málaga? Esas categorías se suelen usar como brochazos, sin trazo fino. Y por eso las enmiendas a la totalidad tipo la “derecha no...” o “la izquierda no…” casi siempre son una generalización tramposa. Es lo que sucede al negar a la derecha su derecho a su propio andalucismo. Claro que tan cierto es eso como que la derecha gobernante en Andalucía tiene, en este debate, un lastre: la extrema derecha. Vox sí que es hostil al andalucismo por ser hostil al autonomismo, toda vez que en sus guerras culturales imponen un discurso nacional que ningunea las identidades territoriales incurriendo en uno de esos dogmatismos típicos de las ideologías extremistas. Y aunque el Gobierno andaluz del cambio vaya sorteando la presión de Vox con equilibrios –es falso que se haya aprobado el pin parental o que se haya quitado el teléfono de violencia de género, pero es cierto que estos marcos han entrado en la conversación pública– Vox no deja de estar ahí con sus mantras y sus fetiches retóricos. Es el elefante en la habitación. En esa habitación llamada salón de plenos del Parlamento.

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