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Análisis

José Ignacio Rufino

Cárcel para Rato: cuatro años y medio

Las tarjetas 'black' son el símbolo doloroso de la destrucción política de las cajas de ahorro de toda EspañaBajo la mirada de Rato y Blesa, Bankia hipotecó a todos los españoles para muchos años

La sentencia, como buena sentencia española y a pesar de juzgar asuntos de primera relevancia social y política, se ha hecho esperar. El miércoles la conocimos: Rodrigo Rato ha sido condenado a cuatro años y medio de prisión por su responsabilidad en la rapiña de las tarjetas black de CajaMadrid/Bankia, uno de los grandes símbolos del acoso y derribo de las que fueron -y ya no son ni nunca serán en este país- un modelo de banca de cercanía y responsabilidad social con el territorio: las cajas de ahorro.

Doce millones de retribuciones opacas a directivos y consejeros, muchos de ellos políticos colocados sin pajolera idea de banca -ni falta que les hacía-, que se urdieron y se pagaron mayormente, todo en plan muy oscuro, durante la presidencia de Miguel Blesa, compañero de pupitre de Aznar. Que acabó pegándose un tiro, abandonado y abochornado, esquivado por sus colegas de caviar y montería, y también por los de partido; deprimido y aterrorizado ante la perspectiva de la cárcel segura y el oprobio.

Blesa se llevó a la tumba, acompañado camino de la sepultura por apenas cuatro fieles, tres cuartas partes de la condena: 9 millones de trinque a costa de una entidad semipública (ni aunque fuera completamente privada, oiga, dirá usted).

El resto, hasta 12 millones, se perpetra ya en la presidencia de Rato: un sistema retributivo, dice la sentencia, "pervertido en su origen y en su traslado a la práctica -con el que Blesa y Rato actuaron- como si fueran dueños del dinero, en cuya cuantía se perjudicó al patrimonio de la entidad".

Siempre habrá un gil que aducirá que, "¡bah!, 12 millones de nada: el chocolate del loro". Pero no sólo es un pastizal para pagar a más a más de los suculentos salarios de estos no-banqueros todopoderosos, enseñoreados y arruinadores, sino que es todo un símbolo de la gran golfada nacional que tuvo lugar en una España negra, y no como la que dibujó Goya, sino del mangazo bajo cuerda, muy black.

Rato pasó por ser un gran ministro de Economía, según los crédulos y los afectos, cuando ni siquiera era economista, sino licenciado en Derecho con un máster en Administración de Empresas (economista, y hasta doctor en ello, vino a hacerse en 2003, con un doctorado realizado en pleno ejercicio del cargo de ministro y vicepresidente).

Con el motor de a la postre fatídica ley del Suelo del Gran Aznar, con las orejas de burro del viento de la burbuja ladrillo-financiera, España crecía tan acelerada como ficticiamente.

Ya todo esto se sabe; entonces era objeto de alarde en el foro capitalino repleto de carrazos negros y pelucos de a kilo. Rato le hacía sombra a Aznar, por lo que éste, que ya quería hacer cosas que no fueran política visible, lo mandó de jefazo al FMI con el apoyo del buen amigo Bush Jr., el que dejaba a Ansar poner los zapatos en la mesa: el más tejano de Valladolid.

Rajoy era mucho más manejable como presidente. Los atentados del 11-M torcieron la estrategia. Rato alegó morriña y amores para -en un acto de oprobio a la nación sin precedentes: su cargo era impensable para un español- mandar al fresco al FMI, y volver a hacer fortuna a Madrid con Lazard, con Bankia después, con Telefónica más tarde: en cohete franqueando puertas giratorias.

Los estudios y previsiones del FMI bajo la gerencia de Rato no olieron ni de lejos la que se le venía al mundo y a España encima: lo que ha acabado por llamarse la Gran Depresión.

No investigaremos si va a cumplir tanto o cuánto de cárcel, si ya lleva algunos deberes hechos o si se merece más condena su desahogo, quizá por encima de su incompetencia para dirigir el banco… una caja de ahorros, que ha hipotecado a España a largo plazo por una descomunal cantidad de dinero. Dinero público, claro. Bien clarito, nada de opaco, nada de black.

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