Análisis

José Ignacio Rufino

Cateto a estribor de españa

Los Premios Jaume I se "dan el pisto" científico y progresista a costa de los topicazos sobre lo rancio y españo Los que se definen por su rechazo a España usan el flamenco o la siesta para atacarla

Atribuiremos a Luis Miguel Dominguín una memorable negación de un dicho popular: "Que hablen de ti, aunque sea bien", sostenía el torero en su cinismo preclaro. El espigado matador era sobrado y desafiante, y daba por hechas las habladurías sobre su persona, algo descontado de antemano. Lo raro es que hablaran bien. A la publicidad, y a su inquietante versión de nombre Marketing Político no les obsesiona la verdad, sino el eco y la oportunidad del mensaje y, en plata, la coba al cliente, a la audiencia, al electorado, a tu nicho y segmento de mercado: a tu target, que dicen los que de esto saben.

Que hablen de ti, que tenga tirón el mensaje, que aporte tráfico en internet, que tu mensaje resuene. Aunque éste sea ofensivo para algunos… y por ello apetitoso para otros, los contrarios. Siempre recordaré a un profesor que nos dejó claro que la publicidad no busca la venta, sino un estadio anterior eminentemente comunicativo y no de compraventa final: la notoriedad. La palanca, el gancho, el automatismo ante el lineal, la fidelidad del cliente (paciente, votante). Apelando a motivaciones más inconscientes que puramente racionales. Ordeñar a la vaca una vez gorda y predispuesta. También, claro, en la publicidad política: en la propaganda.

A estribor de esta nave descuadernada y en permanente riesgo de motín, en el este mediterráneo de España y al sur de expansión de Cataluña está Valencia. Uno, reo del encabronamiento al que estamos todos amarrados, no debe despistarse y debe concluir que los carteles que en el centro de esa ciudad señalan al flamenco -junto con la paella, las tapas o la siesta, esas cosas tan retrógradas- como símbolos del atraso español son sólo parte de una campaña publicitaria. De las que estimulan la ofensa, el escándalo y el morbo (¿recuerdan aquella de Benetton en la que un caballo negro montaba a una yegua blanca?)

Lo ha clavado el publicista de esta edición de los Premios Jaume I de Valencia, concebidos para promover la ciencia. "Si tienes que ofender para conseguir notoriedad, hazlo", dijo el anunciante a su comunicador: "Nosotros somos la ciencia, en las antípodas de la caspa española", respondió el creativo, y a todos se les llenó el pecho de pálpito.

Líbrele Dios al flamenco de contarme entre sus aficionados y no digamos entre sus intérpretes de escenario o cocina. Pero el menosprecio de su cante y baile que nos viene esta vez desde el estribor valenciano da la razón a quienes consideran alta la densidad de horteras en esas tierras, desde los clásicos con pata de elefante, tipo Juan Bau, hasta los arrebatacapas peperos de Ricardo Costa y otros pijos periféricos (también sucedáneo, su pijerío). Y donde esté un cateto de capital, que se quite uno de boina.

Todo esto me huele a un esnobismo ensoberbecido que se podría adscribir al gafapastismo de la Cataluña de las cuatro provincias y otras aspiracionales, incluida Valencia, lugar donde conviven símbolos y costumbres españoles netos con otros indepes: al modernillo le interesa ver caspa en el hombro ajeno para autoafirmarse. Propondremos una definición amplia de gafapatismo, así a vuelapluma: "Corriente social y no necesariamente cultural que consiste en coger el rábano intelectual por las hojas de la apariencia; en concreto, ostentar gafas de pasta de todo color, se tenga o no defecto visual. El hábito gafapastero -o el del antisistema- no hace al monje culto y desarrollado, ya que en no pocos casos bastaba rascar un poco al individuo/a para toparse con un mediocre cuya valía parece basarse sólo en la diferencia y en sus certezas sobre el contrario, considerado atrasado y rancio". Yo, sin in más lejos, me enfundo por la mañana mis gafas de pasta negra y me siento mucho más leído, dónde va a parar.

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