Como hay gente para todo, un propietario de pisos me alerta: ¿y por qué no crean en Sevilla una plataforma contra los okupas? Es decir un colectivo antiokupación, o algo así. Lo dice porque un grupo de asociaciones de vecinos de ciertas zonas del casco antiguo han formado un colectivo contra la turistización, que se denomina Cactus (con lo que pincha un cactus, ¿no podían haber elegido algo menos incómodo?), y que ya organizaron un encuentro de afectados en la Casa del Pumarejo, al que acudieron colectivos contra la turistización de Madrid, Barcelona, Palma de Mallorca y San Sebastián. Son precisamente las ciudades donde se empezó a hablar de la turismofobia, una casualidad.

Sin embargo, según dijo el alcalde, Juan Espadas, en Sevilla no hay turismofobia. Y según afirmó el portavoz de Cactus en este Diario, "no tenemos fobia al turismo". En Sevilla no se conoce a nadie que sea turismófobo, sino que están hasta las narices de los turistas, y de los pisos donde duermen los turistas, y no los tragan, pero por lo demás no tienen nada contra ellos.

El propietario de pisos me dice que mientras en Sevilla está bien vista la turismofobia (porque de ningún modo hay turismófobos), no sucede lo mismo con los okupas, como los que le han inutilizado un par de pisos. Alquilar pisos puede ser un negocio, como otros; para eso pertenecen a sus propietarios, que no necesariamente los han conseguido robando, sino que puede ser el fruto de su trabajo. Una inversión. Eso que llamamos la cultura del esfuerzo. Bueno, lo que sea. El caso es que los dos pisos son suyos. Y le fastidia enormemente que no los pueda alquilar (a la espera de la nueva ley) por culpa de unos okupas, cuyas circunstancias habría que examinar, para ver si tiene justificación moral esa okupación a las bravas.

Las dos Sevillas, como las dos Españas de siempre. Unos contra los turistas en los pisos; y otros contra los okupas en los pisos. Y, por medio, los sevillanos y las sevillanas que no son turistas ni okupas, pero que las pasan canutas para alquilar un piso. Y, por otro, los propietarios de pisos, a los que se supone ricos y capitalistas, por lo cual que se jodan, pero que empiezan a estar hartos de que se les trate como a delincuentes sin que hayan cometido ningún delito.

El asunto de los pisos se está poniendo calentito, y peor que se puede poner todavía; y menos mal que en Sevilla no hay turismofobia, ni ninguna fobia.

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