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Sin alarma no tendrá usted paz

el poliedro

El ciclo de vida del sector de la seguridad de los domicilios particulares es acelerado y está vinculado al miedo en el hogarLa publicidad transita de la creación de la necesidad a la competencia de marcas

16 de enero 2021 - 02:37

Todo en la vida, y en particular en la de los humanos y en sus actividades, está sujeto a ciclos: en la biología, en las modas, en los sectores de actividad económica, en la propia empresa y sus productos. En el esquema clásico y teórico, cualquier ciclo de vida comprende varias fases: nacimiento, crecimiento, madurez, declive, desaparición. Puede que, tras el nacimiento o surgimiento de una industria, ésta desaparezca prematuramente. Puede también que, tras su madurez y declive, el sector sea capaz de reinventarse, y así el ciclo se defina en un nuevo esquema de su oferta y su demanda: que se recicle. Sucedió, y sucede, en actividades productivas como el automóvil, o el turismo, o la agroalimentación. En el sector de las alarmas de seguridad, de los dispositivos para prevenir y detectar robos, este esquema evolutivo estándar ha conocido una aceleración y una dinámica de cambios vinculada, como no puede ser de otra manera, a cambios en las circunstancias sociales, e incluso a la creación de nuevas necesidades por parte de los fabricantes. Hasta hace, como quien dice, dos días o una década, la demanda de este tipo de dispositivos era fundamentalmente empresarial o institucional, no sólo por la amenaza de la delincuencia, sino por la seguridad de los procesos de producción o la protección ante accidentes o fallos humanos: sedes de empresas, instalaciones industriales, bancos, joyerías, hospitales, otros. Una demanda menor, aunque también lucrativa para los oferentes, provenía -y proviene- de particulares y familias con alto poder adquisitivo, de protección de sus patrimonios y sus personas. La domótica es un área de expansión e innovación productiva en la que la seguridad -las alarmas, dicho en corto- es en buena medida el corazón de la propuesta de valor de la oferta hacia la demanda.

Desde hace, ya decimos, pocos años, ciertas amenazas más o menos ciertas o exageradas, como la llamada okupación, han ido de la mano de una eclosión publicitaria de las alarmas en las viviendas privadas; primeras, segundas o terceras. El sector se ha democratizado, popularizado. La necesidad se ha hecho más amplia. De tal manera que se da el efecto emulación en la clientela potencial de estos dispositivos, basado en parte en el miedo a que te roben a ti en vez de a tu vecino, que sí tiene alarma: el ladrón o el canalla criminal nativo o extranjero iría a por ti y tus seres queridos antes que por quien paga 50 euros al mes por tener una sirena que haga huir a los chorizos o asegure los plazos judiciales de expulsión del okupa. La publicidad de las alarmas combinaba en la radio tonos siniestros con frases de tono zozobrante de una mujer a su marido, o viceversa. Las operadoras de telefonía, por aportar un dato significativo, ya te ofrecen a la hora de la siesta más megas, un smartphone extraordinario... y también una alarma en tu casa. Los bancos hechos vendedores de todo, o el Gran Hermano Amazon, intermediario universal, otro tanto. El sector de las alarmas está en una prematura fase de madurez -tempus fugit a lo bestia, siglo XXI ultratecnológico digital-. En esa fase, antes y ahora, la competencia entre las marcas acude al panal de rica miel, a la demanda masiva. Las marcas y empresas de la oferta muestran síntomas típicos de esta etapa del ciclo: esta semana hemos podido ver que la publicidad transita del mensaje sectorial -del producto genérico- a la leña con nombre entre los agentes productivos (y más que probablemente, a la desaparición de los más débiles en un proceso inexorable de concentración empresarial). "Nuestras alarmas, familia Fulana o Mengana, no fallan como esas otras; no se fíe de cualquiera, llámenos a nosotros, estamos comprometidos con su seguridad y la de sus hijos, no sea irresponsable".

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