En el año 2011 Portugal era rescatada. Era un país económicamente fallido, sumergido en una profunda crisis de insolvencia financiera. Había perdido la confianza internacional y su prima de riesgo era de las más altas de Europa. El bienio 2012-2013 fue muy duro para los portugueses. El plan de austeridad impuesto por la troika exigía un gran sacrificio social. En 2013 el paro alcanzó el 18%. El plan de austeridad de Bruselas implicaba fuertes reducciones del gasto público en salarios de funcionarios, en sanidad, en prestaciones de desempleo y en pensiones. El plan de consolidación fiscal se acompañó de reformas estructurales: flexibilidad del mercado de trabajo, aumento la eficiencia de la administración pública y lucha contra el fraude fiscal. Se inició una reforma fiscal orientada a la mejora de la competitividad. Se crearon incentivos para la mejora de la competitividad de las empresas y se redujo el impuesto de sociedades y la fiscalidad de los autónomos. En definitiva, una devaluación interna acompañada de reformas estructurales. El descontento social se disparó, pero sin violencia, dentro de cierta moderación, aceptación y resignación.El año 2014 fue del inicio de la recuperación. La devaluación interna de los salarios impulsó las exportaciones. La política monetaria expansiva del BCE y la reducción del precio del petróleo dinamizaron el crecimiento. Pero el descontento social iba en aumento y la confianza de ciudadanos y empresarios no se recuperaba.

El cambio definitivo se produce en 2015 con un Gobierno de centroizquierda liderado por António Costa. El nuevo paradigma es crecer con más gasto público . Muy importante es que el nuevo modelo de crecimiento tiene que ser compatible con la ortodoxia presupuestaria, con reducir el déficit público. El nuevo Ejecutivo retrotrae alguna de las medidas del Gabinete anterior, aumentando los salarios de los funcionarios, el salario mínimo y las pensiones. Para compensar se reduce drásticamente la inversión pública en infraestructuras y en educación. El gasto público continuó reduciéndose desde el 48% hasta el 43,7% del PIB. Durante estos años Portugal atraviesa el periodo de mayor crecimiento de la última década con una tasa media que supera el 2%. Los motores son el turismo ,el sector inmobiliario y la inversión exterior. Portugal reduce el paro desde el 18% en 2011 hasta el 6,7% en 2018. El déficit público desde su máximo de 11,2% hasta el 0,5% en 2018.

Hoy Portugal se enfrenta al fin del ciclo económico más fuerte, pero con asignaturas pendientes. Su nivel de paro es envidiable, pero con una gran precariedad salarial. La productividad y la competitividad son frágiles como consecuencia del abandono de la inversión en infraestructuras. Y sobre todo, su nivel de deuda pública es de los más altos de Europa(123% del PIB).

España tiene cosas que aprender de Portugal: su decidida apuesta por el capital humano y las nuevas tecnologías, su impulso a la internacionalización, la reformas estructurales y su política fiscal ortodoxa compatible con el crecimiento. Y sobre todo, la capacidad de pacto y consenso de las fuerzas políticas lusas y su envidiable estabilidad política.

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