Restauración

27 de febrero 2026 - 03:08

Llegas a los cultos de estos días con el ánimo fatigado tras ese tiempo de restauración de tu imagen. Hay una Semana Santa única: la tuya, la mía, la de cada uno. Más o menos variada, concisa, amplia, acaso inacabable. Una íntima experiencia de vida, que puede estar en el beso al titular, la visita solitaria, o debajo del antifaz, en el abrazo ante los pasos, en una esquina… Sólo cada uno lo sabe. A esa clausura del espíritu pertenece también la relación con la imagen y la huella que nos deja en el corazón. Y por eso su rostro es, a la postre, el de nuestra Semana Santa.

Te costó cuando la retiraron del culto, que no de tu devoción, que quedó desvalida a la intemperie, en esa orfandad repentina y fría de la ausencia. Y qué desgarro cuando, a su regreso, no era el mismo rostro que iluminaba tus días y calmaba las llagas. Volvió la imagen, pero no su manera de mirarte, de decirte, de quererte. Y es que, cuando el restaurador intervenía en ella, tocaba también todas esas fibras que la vinculan con sus devotos.

Por eso, quizás lo primero que vemos tras una restauración no son las veladuras o la tonalidad de la policromía, sino si siguen depositadas en ese rostro nuestra memoria, nuestras heridas, las huellas de los nuestros. Porque esos son los rasgos que identifican a nuestras imágenes más veneradas. Ahora que es tiempo también de restauración personal, cuaresma para limpiar lo que nos sobra y acercarnos más a lo que nuestro Autor había concebido, acaso sea bueno acercarnos a nuestra bendita imagen, dar gracias por tenerla entre nosotros, dejarnos restaurar por ella y que su rostro vuelva a brillar en nuestra vida.

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