La ventana
Luis Carlos Peris
Lección de buen gusto
Recuerdo aquella televisión con dos rombos sobre la esquina izquierda de la pantalla y me suena inmediatamente aquel "niños, a la cama". Incluso la voz hace eco en mi memoria en blanco y negro, cosas del cerebro. Un rombo para mayores de catorce años y dos para mayores de dieciocho. Era el Código de Regulación de Contenidos de TVE: censura para los amigos. Duró desde 1963 a 1983. Veinte años, que no es nada en un tango, pero mucho para estar sin libertades. Series como Misión Imposible, El Fugitivo, El Santo, Los Intocables... estaban avisadas de un contenido no apto para menores. Se llegó a censurar a Georgi Dann. Y no era la canción de "Mami, qué será lo que quiere el negro" del WhatsApp. Da risa, ¿verdad? ¿O pena según se mire? Pero menos mal que teníamos La casa de la pradera y el bulling de la malvada Nellie Oleson. Hoy día hubiera tenido tres rombos. Porque la vida, ya desencantados del sueño de la democracia, parece seguir teniendo rombos y censores, con más tijeras que las de Chicho en Historia de la frivolidad. Tarzán, hoy sería acusado de violencia de género, unos ocho rombos. ¡Mira que llevar por los árboles a Jane medio en bolas! Los de Bonanza acusados de machismo. Los dibujos animados se podían ver todos. Claro que el Correcaminos estaría en prisión por omisión del deber de socorro al collote y maltrato animal. "Sálvame" sin rombos. Ya tiene eso del naranja y limón, una especie muy ecologista de código de regulación de contenidos. "Aquí no hay quien viva" prefiero ni pensarlo, por aquello de los okupas, hipotecas e impuestos de sucesiones. Gran Hermano Vintage, perdón Vip, estaría libre de pecado. ¡Viva el sexo libre en comuna y la exaltación de la vagancia! "Mujeres y hombres y viceversa" catalogado como programa cultural de interés social. Siempre después de asegurarnos de que sus concursantes saben el significado de la palabra "viceversa", que no es que la Vise haga versos. La 2 sería de pago, codificada. Total, ¿para qué? Si no la ve nadie, reconocedlo.
Al cabo de los años, de aquellos años en los que te conformabas con la torre inclinada de Locomotoro, todo pareciera haber cambiado de nombre para acabar siendo lo mismo en un país de falsas libertades. Ahora no hay oficinas ni circunspectos y graves inspectores de la moral. Ahora ni siquiera se da la cara por mantener una Edad de piedra española. Ahora se censura desde el sigilo de una llamada desde arriba a abajo. La libertad se roba con guante blanco, la nueva versión del color de aquellos rombos en tiempos de tantas prohibiciones. Esos dos rombos de la televisión oficial que me parecían pegados con Imedio al cristal de una España oscura. Los mismos rombos que una y otra vez, como en aquellas noches de mi infancia, a veces creo que se me aparecen, como una pesadilla sobre el mapa de una democracia que no acaba de serlo.
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