La verdad desnuda no está de moda, esa que sin esperarla provoca sacudida y hace sentirnos vulnerables al sorprendernos. La verdad desnuda no es indiferente, inunda de todas las formas posibles, y llena de zozobra porque además es sublimemente bella. La verdad, aún a oscuras, ilumina, engancha, nos hace torpe de reacción y deja evidenciar nuestras debilidades, dejando al descubierto nuestra imperfección de hombres de alma corta.

Por ello solemos huir de ella, de su perturbación. Por eso preferimos en muchas ocasiones elegir lo que no complica la vida con cambios bruscos que alteran nuestra forma de percibir las cosas y de sentir.

La Verdad real se escribe con mayúscula y no necesita luces ni música, no requiere palios, ni bullas, ni flores, ni calles engalanadas, ni estreno, ni olores distintos, aunque estemos acostumbrados a eso y a creer como válido lo que plasmó la memoria desde una sola perspectiva, un mismo ángulo, una misma posición. El factor sorpresa, la Verdad, mira de frente cuando menos preparados estamos, y no importa el lugar ni la luz que la envuelva.

A mí me sorprendió la mañana de enero en la que las nubes rompieron filas dejando asomar un resquicio de impaciente primavera. Ocurrió en el instante en que deseé cambiar el color de la plaza, que cada domingo regala en forma de lienzo, por la belleza del arte que guarda celoso su museo. Me atrapó por la espalda, me cogió desprevenida esa Verdad escondida en una talla distinta, desconocida, oculta en la penumbra, disimulada en la divina madera que supo esculpir con precisión y mimo el genial escultor barroco.

Me di de bruces con ella, me estremeció su rostro hundido, la humilde muerte de sus ojos, la imponente cercanía, y me arrodillé bajo la luz tenue de un foco mal colocado, en la soledad y el silencio para sentir la fuerza envolvente del entendimiento absoluto.

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