La esquina

josé / aguilar

Aprobar al que no sabe

EN su tenaz e imparable afán de implantar una enseñanza igualitaria, social y solidaria con el débil, la Junta de Andalucía ha dado un paso más hacia el desmantelamiento de uno de los principios básicos de cualquier sistema de enseñanza: la autoridad del profesor. Es decir, el hecho de que en un proceso educativo hay quienes enseñan y quienes aprenden, y que no son iguales. Lo cual no quiere decir que los docentes tengan que ser autoritarios con los discentes. Simplemente, que saben más y que extienden su saber sin someterlo a votación de los que lo reciben.

Esto lo digo por la última normativa de la Consejería de Educación que regula las reclamaciones de alumnos de colegios e institutos contra algún suspenso. Conocemos la regulación gracias a mi compañero Diego J. Geniz, y es tan prolija como farragosa e innecesaria. Antes de que los modernos pedagogos tomasen el poder los alumnos que suspendían eran castigados con más o menos severidad por su padres. Ahora es frecuente que papá culpe al maestro del fracaso, la pereza o la torpeza de su chiquillo y acuda a la autoridad reclamando un reexamen. Eso es así desde hace años. Lo nuevo es que el curso que viene cuando las delegaciones de Educación reciban una de estas quejas los equipos directivos del centro en cuestión tendrán que aportar hasta dieciséis documentos justificativos del suspenso.

Los documentos van desde las actas de las sesiones de evaluación hasta la programación didáctica completa, procedimientos y criterios... Más tareas burocráticas para los enseñantes. Es decir, lo último que necesitan unos maestros y profesores con la autoestima por los suelos, la profesionalidad en entredicho y el prestigio social bajo mínimos. Si se fijan bien, esta norma pervierte la presunción de inocencia del docente: si un alumno suspende, es el equipo de profesores el que ha de demostrar su no culpabilidad y dar detalle, en dieciséis documentos, de que ha cumplido todos los requisitos para suspender al reclamante. Con lo fácil que es, en muchos casos, comprender que el suspenso se lo merecía: basta con leer las cosas que escribió en su examen. Un día les contaré algunas de estas barbaridades.

Eso sí, con los aprobados de despacho que se darán con este procedimiento de reclamación se reducirán las cifras de fracaso escolar. Saldrán más analfabetos y estarán más destinados a la frustración personal y laboral, pero serán más en número. Quizás se trate de eso.

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