Bandera blanca

El golpe y la guerra quisieron acabar con el sueño identitario. Acabaron, ciertamente, con el hombre, pero no con la idea

27 de febrero 2023 - 01:48

Hace un año de la guerra de Ucrania. Mañana es 28 de febrero. A la humanidad, a nuestros semejantes escribía Blas Infante cuando le puso letra al himno que arregló el maestro Castillo y que era un canto religioso, oído en las escuelas y en los campos de la infancia del notario de Casares. En la Casa de la Alegría puede verse una imagen de Infante al piano, ensayando, antes de que se interpretara por primera vez un 10 de julio en el Ayuntamiento de Sevilla. Una semana después el golpe y la guerra quisieron acabar con el sueño identitario. Acabaron, ciertamente, con el hombre (emociona tanto verlo en el museo de Puebla-Coria salir por la puerta para nunca más volver) pero no con la idea. En eso se insiste en esa casa -haciendo honor al nombre que le puso su propietario-, en la alegría de la pervivencia de los símbolos y las ideas de quien se había comprometido con la causa del pueblo andaluz. Y sí, pueblo como cultura, pero también pueblo de trabajadores y jornaleros. Infante era un ateneísta, de espíritu krausista e influido por la masonería republicana que, sin ser un Pi i Margall ni un ensayista de la enjundia de Azaña, tuvo la enorme sensibilidad de dotar a su tierra de rasgos y símbolos que, años después de su asesinato, recobraron la vida en manos de una generación que los hizo suyos. En ese conjunto del museo de la autonomía, con el rigor de los historiadores que han trabajado en su relato, aparecen los inicios del regionalismo del XIX, del que deberíamos presumir los andaluces (por ejemplo, de la nonata constitución de Antequera, que en su artículo 4 proclama la igualdad entre hombres y mujeres muchos años antes del voto de la mujeres en Finlandia, el primer país de sufragio universal) y están su mesa y sus papeles, el escudo, la bandera y también muchos rostros anónimos que cogieron el testigo de Infante y de todos aquellos que han defendido para Andalucía derechos y libertades. Hay una silueta dolorosa en el suelo, la del sindicalista Manuel García Caparrós y alguna foto de momentos históricos: la primera asamblea de parlamentarios, la junta preautonómica, el pacto de Antequera con once partidos apoyando la autonomía plena, las marchas de los que se enfrentaron al centralismo mediático y político. Pero sobre todo figuras sin rostro. De nuestros abuelos, nuestras madres y de aquellos que aún sentimos encoger el corazón un día como mañana. Sin esencialismo ni victimismo autocomplaciente. Porque cada vez que se pregunta a los andaluces para qué la autonomía, hablan de salud y escuelas, de igualdad y de libertad. De paz. No la paz de los cementerios, los silencios y las humillaciones. La paz de la igualdad. Porque sin igualdad y libertad -que de eso hablamos cuando hablamos de Andalucía- algunos han ganado una guerra que les permite mantener privilegios. Conviene no olvidarlo.

Con toda la gratitud al maestro Antonio Ramos.

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