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Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

Bendito sentido del humor

El adulto civilizado sonríe afrontando la vida con la elegancia que da el saber estar después de haber vivido

Dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos. Pero hace tiempo que creo que, en estos tiempos de radicalismos, ceños fruncidos y maximalismos ideológicos, lo es el sentido del humor. Desde que lo leí hace años, unas veces atribuido al filósofo Francis Bacon y otras a mi admirado Winston Churchill, coincido plenamente en esa idea de que el humor nos consuela de lo que somos, como la imaginación lo hace de lo que no podemos ser. Pero hoy, al parecer, la mayoría prefiere revolcarse en el fango entre quejas e hipidos en lugar de disfrutar del chapuzón y divertirse un poco.

Saber reír es saber vivir. Hasta en los momentos más duros, no hay mejor remedio que una sonrisa. Toda tragedia se torna en drama y a veces hasta en comedia, gracias a la disposición de quien la sufre. El dolor será inevitable, pero el sufrimiento no solo es que sea optativo, sino que publicitarlo es absolutamente vulgar y detestable. La actitud ante la vida es ese pequeño ingrediente que diferencia al niño del adulto. El niño ríe a carcajadas igual que llora desconsolado. En su inocencia, no mira más allá de lo cercano, ni en el espacio, ni en el tiempo. El adulto civilizado sonríe afrontando la vida con ese toque de elegancia que da el saber estar después de haber vivido. Porque vivir es caer y levantarse; ni quedarse inerte en la lona, ni desconocer el sabor amargo de un descalabro. Unos, por mero derrotismo y otros, porque quizá la suerte aún no les fue esquiva y les hizo desconocerlo.

El éxito -bendito Churchill- es ir de fracaso en fracaso sin perder nunca el entusiasmo. Por eso, la madurez es sublimar los contratiempos sabiendo reírse de uno mismo. Y no se extrañen, somos el mejor material para lanzar una humorada. Reírse del otro es fácil y en muchas ocasiones, grotesco, vulgar y desconsiderado. Hacer de la propia realidad motivo de diversión es la mejor defensa ante cualquier acontecimiento vital. Y a lo más, reírse con el otro de esa tristeza común que nos une mucho más que la alegría. El humor es empático, elegante, racional y profundo. No es el mero chiste, es la exquisitez de la reacción flemática ante lo que para otros es una hecatombe. Nos iguala en la desgracia casi mejor que en el triunfo. Pues ni uno ni otro son nunca definitivos. Es más, que no lo sean es el mayor acicate en la vida. Si no practicamos el sentido del humor, difícilmente podremos llamarnos civilizados.

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