¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
HOY que la segunda vuelta de las elecciones generales francesas son actualidad, me permito la licencia de hacer un juego de palabras con la banda sonora de la tercera Copa del Rey bética, su particular Marsellesa, para transformar el “¡Betis, alé!” en un estruendoso “¡Betis, allez!”. ¡Betis, vamos!”.
Sevilla crujió en la madrugada de ayer por la torrencial euforia que desató un bético de cuna que nació en Olivares, a 16 kilómetros de donde ingresó en la mejor historia verdiblanca con su penalti de llanto. Y bien que siguió crujiendo durante todo el domingo con las riadas de gente que tomaron prestada la carcajada expansiva de Joaquín, el ídolo que muta a futbolista eterno. Por todas las calles de Sevilla hormigueaban béticos a carcajadas. Desde los béticos a machamartillo, de los que por nada del mundo iban a dejar de ver a su flacucho equipo ante la Llagostera, hasta esos béticos agnósticos y ocasionales, que ni saben cuándo y contra quién juega el equipo el siguiente partido y que sueltan un “a mí me da igual el fútbol” si pintan bastos y alguien llega con guasa.
Estos 17 años sin títulos se hicieron demasiado duros por los éxitos constantes del vecino. Y en tamaña explosión de alegría mucho tiene que ver esa rabia incubada. Demasiados niños y jóvenes lamentando el vacío en la rutina.
Ocurre que esa conexión anímica es recíproca y la bola que lanzas te puede llegar de vuelta como si la hubiera golpeado Carlos Alcaraz: el sevillista va a acabar esta temporada con un regusto amargo si su equipo acaba cuarto, a pesar de meterse tres años seguidos en Champions, porque su satisfacción mengua aparejada a la bética. Quien no vea estas morbosas reglas del juego no conoce esta maravillosa ciudad.
El Betis de 2005 vivió una primavera que ni soñada, pero su débil estructura de club y el aire caciquil de Lopera evitaron el impulso. Hoy, el andamiaje es mucho más sólido, tiene la mente de Pellegrini... y aún la carcajada de Joaquín.
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