la tribuna

Manuel Ruiz Romero

Blas Infante y el islam

POR repetir las cosas no parecen antes que sean verdaderas. Sencillamente, suenan más. Y es que al Padre de la Patria Andaluza se le ha investido en no pocas ocasiones del título fácil, pero siempre respetable, de islamista. El océano digital está lleno unas referencias que no hacen sino un flaco favor a dicha creencia y al notario andaluz, máxime, cuando son hábilmente manipuladas desde un integrismo católico de ultraderecha que, como demuestra, puede llegar también a convertirse en talibán. Por si fuese poco, sorprende que Manuel Pimentel, patrono de la misma Fundación Blas Infante, no se recate en defender en público esta posición. Sin embargo, el tema es serio y denso, poliédrico y lleno de sugerencias: tanto para el vecino de Casares como para las legítimas creencias de Mahoma. Algo tengo publicado más allá de titulares fáciles. El reduccionismo simplón hace un flaco favor a ambas instancias, y poco ayuda la imaginación cuando es enemiga de la Historia.

Aun con las limitaciones de esta tribuna: analicemos juntos y bienvenidas sean todas las hipótesis como toda ciencia social. Pruebas en concreto en sus publicaciones o manuscritos: ninguna. Y eso que Infante nunca se recató en la defensa de sus posiciones. La perversión de los hechos está llevando -incluso- a difundir que adoptaría un supuesto nombre en árabe. La ignorancia es atrevida y pone alfombras al descrédito. Evidentemente, a Infante, como personalidad librepensadora, heterodoxa y contracorriente en su época, poco le hubiera importado defender o explicitar su adscripción religiosa como hiciera siempre con sus puntos de vista. Sin embargo, su permanente actitud de búsqueda en todos los órdenes de la vida y su dimensión colectiva, identitaria e histórica, no pueden reducirse a una mera conversión religiosa ni tiene por qué pasar por ella. Desde la libertad que siempre ejerce y defiende, es como necesitan interpretarse las aspiraciones sincretistas o ecumenistas de Infante.

La visita a la tumba de Almutamid en Agmat (1924) fue un particular viaje iniciático de don Blas del que nos regala muchas intuiciones. Entre otras, el flamenco como expresión socio política. Visita los restos del último rey poeta de Sevilla víctima de una intolerancia islámica, que rechazará tanto como la cristiana, no para convertirse mediante una profesión de fe expresa. Entiendo que para homenajearle en su lenguaje simbólico dado que es sabido que el islam no permite adorar a los muertos. Además, podríamos objetar que Infante es bautizado como también reciben este sacramento sus propios hijos, que se casa por la Iglesia y que recibe la visita de un sacerdote horas antes de su patíbulo. Pero todos sabemos que la inquietud, la trascendencia así como sus fundamentadas, íntimas y profundas convicciones superan terrenos convencionales y fácilmente sometidos a dogmas.

Hay más. Su percepción de Al Ándalus le hace cuestionar la historiografía convencional que exalta el rápido paseo militar extranjero del 711 (¿) como justificante de la guerra civil, reconquista y expulsión posterior. Tras el singular esplendor de una época tartésica, bética y califal, entiende Infante que las invasiones integristas norteafricanas siembran un escenario inquisitorial igualmente intolerante, propicio para una conquista castellana impuesta a cruz y fuego, y de la aparecerán elementos característicos de la Andalucía contemporánea: el latifundio caciquil y el jornalero como clase social perseguida y marginada. No hace falta mitificar nada, porque es otra lectura de las grandes infamias escritas sobre nuestra historia. La identidad andaluza se tornará entonces morisca como medida de resistencia ante medidas de limpieza étnica que también afectan a otros andaluces sefardíes. Desde entonces, dice él, Andalucía dejará de existir para pasar a ser un espacio subordinado y colonizado al que no se le permite ni su ser ni su genio. Por ello, la recuperación de nuestra identidad, dignidad social y presencia política formarán parte de su Ideal Andaluz.

A estas alturas, no debe confundirse la transcendencia religiosa de Infante con una sencilla identificación con la creencia de Mahoma. La recuperación y la exaltación de aquel esplendoroso periodo andalusí donde se fue luz del mundo medieval, implica abrazar la verdad, la razón y el bien como argumentos básicos de ese gran constructor masónico al que se siente vinculado en su síntesis. Esa sensibilidad es su primera guía: el dios común de todas las religiones. Por esta misma rigurosidad que invocamos, si Infante fuese musulmán no dudaríamos afirmarlo. Es más, muchos, incluso hoy, somos así etiquetados cuando hemos rechazado la celebración de la expulsión andalusí o de las conquistas castellanas cristianas.

No se trata de convertir a Infante en un elemento más de islamofobia. Defendemos que su percepción de Al Ándalus y el islam desbordan los hechos históricos o la legítima y respetable confesión religiosa. Infante es una llamada a la tolerancia, a la interculturalidad, a la superación de fronteras y al establecimiento de diálogos y puentes entre religiones y civilizaciones. No invita a su conocimiento descontextualizarlo como ya hicieron -políticos y periodistas-, que no merecen ser citados aquí. Con humildad y la invitación al debate que requiere todo análisis que se precie; con el deseo de un buen Ramadán a los amigos musulmanes, parafraseamos a Infante en el 75 aniversario de su asesinato: Andalucía es librepensadora. Con Blas, nos indignamos al ver cómo muchos siguen todavía tratando a Andalucía con la falta de respeto que los propios andaluces permitimos.

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